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  ¿Periodismo local o foráneo?
 
Edgar London
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«Lo más importante para los periodistas y editores de hoy es (que su trabajo debe) partir desde el convencimiento de que todo el mundo importa y debe importarnos, no solamente lo nuestro. Su reto es hacer de lo ajeno algo tan interesante a sus lectores como lo que es familiar, lo local».

Las palabras son de Jon Lee Anderson, periodista estadounidense, colaborador del New Yorker, a quien se le ha llamado incluso «el heredero de Kapuscinski». Durante sus múltiples viajes alrededor del mundo se ha nutrido de experiencias de primera mano que le han ayudado a escribir los libros «Guerrilas: Journeys in the Insurgent World» y «The Lion’s Grave: Dispaches from Afganistan». Su trabajo no ha pasado inadvertido para la crítica especializada que ya lo reconoció con el Premio Reporteros del Mundo 2005 por la crónica «La caída de Bagdad».

Sin embargo, lo que pide Lee no resulta del todo sencillo. Basta conocer las entrañas de un periódico para reconocer que las noticias locales siempre gozan de preferencia por encima de aquellas que se distancian, ya sea geográficamente o en el tiempo. Lo próximo, la inmediatez… vence muchas veces a la maestría periodística.

Las razones son lógicas. Por difícil que sea aceptarlo, más nos interesa la muerte del perro de la vecina que los cientos de miles de víctimas que provocó un terremoto al otro lado del mundo. Al perro lo conocíamos, quizás un día le dimos de comer o movió la cola para saludarnos; los fallecidos del cataclismo, en cambio, no pasan de ser una estadística demasiado general para tocarnos el corazón.

Pero, además, está otro detalle. Pragmático e inevitable. La mayoría de las ocasiones los acuerdos comerciales se establecen con entidades de la localidad (municipal, estatal, nacional), rara vez se nutren las páginas de un periódico con aportes económicos provenientes del otro lado del mundo.

Por lo tanto, si un periodista quiere seguir el consejo de Lee debe, de la mano de un buen trabajo, lograr vencer la agenda editorial del medio de comunicación per se. Otra vez, el intelectual moderno tiene que vencer trabas que van más allá de su oficio en la forma más pura y ha de lidiar con elementos que circundan su trabajo, pero que responde a las más disímiles naturalezas. En este caso, comercial.

La suerte, considero, es que este reto no implica un descalabro a priori. Sí puede lograrse. Jon Lee es el mejor ejemplo. Claro, no todos contamos con el talento del periodista estadounidense, pero, siguiendo las palabras de Faulkner, aún nos quedaría echar mano del trabajo cuando la musa nos falla.

 
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