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  Edición 626
  Del Monte de las Cruces… a Culiacán
 
Juan Antonio García Villa
   
  El reciente 30 de octubre se cumplieron 209 años de un hecho histórico que hasta la fecha discuten los especialistas y que por estos días, con motivo de los sucesos de Culiacán del pasado 17 de octubre, puede ser útil tenerlo presente para la reflexión.

El hecho sucedió en el llamado Monte de las Cruces, sitio localizado a menos de 45 kilómetros de la capital en dirección a Toluca. Según don Lucas Alamán, tal sitio recibía ese nombre «porque siendo paraje en que eran frecuentes los ataques de bandidos, había muchas cruces que, según la costumbre del país, señalaban los lugares en que habían sido muertos por ellos algunos pasajeros».

Pues bien, en tal sitio se enfrentaron en célebre batalla las fuerzas insurgentes al mando del cura Hidalgo, a tropas virreinales. Estas últimas estaban integradas por alrededor de dos mil elementos, entre los cuales se contaban varios cientos de supuestos voluntarios aportados por hacendados del rumbo. Casi todos eran mexicanos, excepto los altos mandos, que eran españoles.

Por el lado de las huestes de Hidalgo, en número más o menos similar al de los realistas, se contaban soldados que se habían unido a la causa insurgente en Guanajuato, Celaya y Valladolid (hoy Morelia).

Ha de contarse también entre los insurgentes a un número indeterminado de indígenas: 40 mil de acuerdo con la estimación de Fray Servando Teresa de Mier, 80 mil según don Lucas Alamán, y más de 100 mil que «venían en tumulto», conforme al cálculo de Lorenzo de Zavala. Cualquiera que haya sido su verdadero número, la cifra era impresionante.

Las tropas insurgentes, al mando operativo de Ignacio Allende, obtuvieron una aplastante victoria, si bien el historiador Alamán introduce matices al respecto. Las primeras escaramuzas de esa batalla dieron inicio a las ocho de la mañana de aquel 30 de octubre de 1810. A las once se generalizaron las acciones. Cerca de la una de la tarde las tropas virreinales empezaron a replegarse y antes de las cinco de la tarde emprendieron la retirada rumbo a la gran ciudad, a la que entraron el día siguiente completamente derrotadas.

Ya se imaginará el lector la conmoción que causó en la capital del Virreinato —a la sazón con «más de 140 mil habitantes» según Teresa de Mier— la noticia sobre la estrepitosa derrota del ejército español, que se conoció desde la tarde del mismo día 30.

Se sabía, asimismo, que la gran ciudad estaba prácticamente sin defensa militar y que las tropas de apoyo, situadas en Querétaro y Veracruz, no llegarían tan rápidamente como para impedir la toma de la capital por los insurgentes. El propio día 30, Hidalgo llegó hasta Cuajimalpa, a escasas cuatro leguas de la Ciudad de México.

Escribe Alamán que los miles y miles de elementos que seguían a Hidalgo venían «armados de lanzas, piedras y palos, tan prevenidos para el saqueo de México, que (hasta) traían sacos para llevarse lo que coguiesen».

Los historiadores de la época nos han dejado descrita la situación que durante esos tensos días vivió la capital. Carlos Ma. Bustamante la narra así: «Veíase la agitación en la tarde del día 30 (de octubre) pintada en todos los semblantes; el rico ocultaba sus talegas donde sólo Dios y él supiesen de su existencia; los monasterios eran depósitos de las mayores preciosidades; oíanse coches que entre las tinieblas de la noche trasladaban arrastrándose pesadamente cuantiosas sumas a la Inquisición y conventos de frailes; las viejas chillaban, los monjes multiplicaban sus prácticas religiosas; los gachupines bramaban de cólera, y no cesaban de probar sus armas para cuando llegase el intento de la defensa».

Por su lado, José María Luis Mora dejó escrito que en cuanto se supo lo cerca que estaban de la ciudad las huestes de Hidalgo «empezó la alarma que se fue aumentando por grados y momentos. Todos los vecinos acomodados, así españoles como mexicanos, entraron en los más grandes temores por las pérdidas con que los amenazaban, fundamentalmente las masas indisciplinadas si los insurgentes llegaban a apoderarse de la capital, en la que indudablemente habrían cometido mayores excesos de los que hasta entonces habían dado tan funestos ejemplos en los otros lugares y poblaciones. Así es que cada cual ocultaba lo que tenía en los monasterios de frailes y monjes, y en otros lugares que se creían respetados por el furor popular; y se puede argumentar, sin temor a equivocarse, que ningún hombre medianamente acomodado, por mucho que fuese afecto a la independencia, deseaba la entrada de Hidalgo a México».

El cura de Dolores intentó negociar la rendición del virrey Venegas, pero no lo logró. De haberlo así resuelto, con la mayor facilidad habría tomado la capital del virreinato, lo que «hubiera sido –escribe Zavala– la señal del triunfo en todo el territorio». Aunque seguramente en medio de un baño de sangre, además del saqueo.

Para sorpresa de todos y gran disgusto de Allende, quien quería tomar la Ciudad de México, el 2 de noviembre Hidalgo ordenó la retirada.

«Muy poco –reflexiona Zavala– se necesitaba saber para aprovecharse de unos momentos tan preciosos, de una ocasión que (en el curso de la guerra) no se volvería a repetir».

El resto de la historia ya lo conocemos. Luego de esa discutible retirada siguieron once largos años de permanente derramamiento de sangre antes de alcanzar la independencia. ¿Se equivocó Hidalgo? ¿Estaba Allende en lo correcto? A la luz de esta experiencia histórica, ¿se tomó en Culiacán la mejor decisión el pasado 17 de octubre? El tiempo lo dirá.

 
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