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  Edición 626
  Los gobiernos son de paso
 
Esther Quintana Salinas
   
  «La causa real y determinante que ha hecho perder el poder

a los hombres ha sido siempre el haber llegado a ser indignos de ejercerlo».

Alexis de Tocqueville

¿Qué es lo que está sucediendo en México y que no va como debiera? Pues nada más y nada menos que aquello que se tiene que realizar por parte del gobierno y que constituye parte sustantiva de sus funciones. Pareciera que crear condiciones para el advenimiento de un bienestar generalizado, no es relevante para la administración encabezada por el presidente López Obrador. Hay un listado de hechos que están evidenciando la incapacidad, la ineficiencia, la ineficacia y sobre todo la soberbia cerrazón del titular del Ejecutivo, para cumplir con esta obligación.

El presidente se niega a entender que hay situaciones que si no se atienden con oportunidad dan lugar a que sus efectos negativos se multipliquen, se agraven o adquieran proporciones no contempladas que pueden llevar en el mediano, corto o en el largo plazo a convertirse en verdaderos obstáculos para generar bienestar, paz o progreso para la población. Hace unos días, la ceguera del Ejecutivo, producida por su cortedad en el análisis de la situación, dejó a la vista el actuar irresponsable que ocasionó los desastrosos eventos vividos en Culiacán, y unas semanas antes lo sucedido en Aguililla, en el estado de Michoacán, por citar los más recientes. Hay omisiones fatales. Pero el presidente todo lo minimiza y lo justifica… y/o culpa a las administraciones anteriores, que según sus «sabias cavilaciones», son quienes tienen la responsabilidad. Nada más que hoy él gobierna, y tiene que encontrar las soluciones a cuanto acontece en el país y que la norma jurídica estipula que le corresponde atender.

Su proclama de «amor y paz, porque no somos iguales que los conservadores», le va dejando el campo libre a los violentos, que a la hora que quieren y gustan se echan a la calle y cometen cuanto desmán se les ocurre, dañando propiedad pública y privada, pero no les pasa nada. Obviamente están de plácemes. El Estado está investido de autoridad para utilizar la fuerza pública contra cualquiera que violente el orden jurídico, de modo que hacer uso de ella en esas circunstancias no constituye abuso alguno por parte del gobierno. ¿Y qué ha hecho? Ha colocado al ejército en una posición muy endeble frente a los delincuentes, los manda a enfrentarlos prácticamente con las manos atadas, y las consecuencias ya las conocemos: militares asesinados. Y su Guardia Nacional ni se ve, ni se siente. Pareciera que la lanzó nada más acicateado por las exigencias del gringo que aborrece a México, pero ante quien se cuadra como manso cordero. A que a ese no le dice fifí, ni conservador, aunque sea el presidente del país más capitalista del orbe.

El presidente se empeña en dividir a la población, se le olvida que en una democracia, aunque sea tan enteca como la nuestra, la libertad de pensamiento se respeta, las diferencias se dialogan, los consensos y los acuerdos se construyen a partir del respeto al adversario, eso es hacer política. En su calidad de jefe del Ejecutivo tiene el deber de procurar la unidad de su pueblo, no de fracturarlo. La separación entre malos y buenos, traducida a que si no estás conmigo estás contra mí, es factor de división y polarización, y López Obrador la remacha a mañana, tarde y noche. Hoy día, México está inmerso en una batahola de dimes y diretes, en la que campean las verdades a medias mezcladas con las mentiras, así no llegamos a ningún lado, y necesitamos como mexicanos confiar en quien hoy gobierna y administra la república. Bajo el esquema que ha elegido, se fomentan el fanatismo y el dogma, no hay reflexión de por medio, se propicia el no pensar y aferrarse a una postura política como si se tratara de preferencias por un equipo de futbol… ¿Cómo? No es sano cancelar la libertad de pensamiento. La rigidez mutila la autocrítica, no permite la retroalimentación, y al no darse todo se vuelca en la descalificación reiterada a quien tiene una posición distinta. Y así nacen las agresiones y los insultos que vemos volcados en las redes sociales. México necesita personas pensantes, reflexivas, abiertas al diálogo, con disposición a escuchar, que no arrastren a cuestas lastres generados al amparo del odio y el resentimiento. Las personas con este perfil no saben construir, sino todo lo contrario. México necesita puentes, no muros infranqueables.

Tenemos un presidente que ganó las elecciones, pero que no entiende que ahora tiene que gobernar para todos, para el bien de todos, incluso para quienes no votamos por él. Tiene que domesticar su ego crecido por la alta votación que recibió. Dicen que para ganar el cielo hay que levantar la mirada y no perder piso. Tiene que comprender que ser cabeza de gobierno no lo autoriza a apropiarse de la administración, incluyendo a aquellas instituciones que tienen que actuar con total objetividad e independencia, y menos, pero mucho menos, extender sus tentáculos para controlar al Poder Legislativo y al Judicial, porque el Poder Constituyente los ubicó al mismo nivel, pero con funciones distintas, e incluso al Legislativo lo concibió, y así está plasmado en la Constitución, como el contrapeso del Ejecutivo.

¿Y qué estamos viendo? Que el presidente se extralimita en sus competencias y va convirtiendo a su mayoría parlamentaria en las dos Cámaras, en representantes suyos, no del pueblo de México ni de las entidades federativas, como lo dispone nuestra Carta Magna. Y eso es más de lo mismo. Es deleznable lo que sucede en el Congreso de la Unión, no hay debate, porque para que éste exista hay que estudiar y conocer los temas. Ahí sólo se hacen leyes a modo de lo que manda el Ejecutivo y se aprueban nombramientos que el señor palomea, y abundan los insultos y las descalificaciones a la minoría. Repiten el esquema de sus primos hermanos los priistas. Tener mayoría no es sinónimo de tener la razón… ¿Y qué? Hay mayorías que perjudican la marcha del país, hoy tenemos una de las más perniciosas.

Y en el Poder Judicial también el presidente hace lo propio, se cocina la reforma de aumento en el número de integrantes del órgano de más envergadura de este poder, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así también podrá hacerse de mayoría y obtener ejecutorias a modo de sus intereses y conveniencias. Por lo pronto ya es ministra la esposa de uno de sus más fieles colaboradores.

Y si entramos al terreno en el que él es cabeza, pues está a la vista cómo se conduce. Sus secretarios son incondicionales de sus caprichos, son simples ejecutores de sus instrucciones, esa es la condición para estar y permanecer en su gabinete. Son, cuando les toca, parte del séquito que lo acompaña a su conferencia mañanera. No les guarda ningún respeto, si hay declaraciones de alguno de ellos, y no son las que él tiene en mente, los desdice con la mano en la cintura. Un estadista se rodea de gente brillante, incluso más brillante que él mismo, dialoga y delega, confía en su expertise, y da seguimiento. Le renunció un hombre que sí sabía, de una de las carteras sustantivas de un gobierno, y dijo con claridad por qué entregaba el cargo… ¿y qué?

Tenemos a un experto en manipular emociones, que todos los días le aporta al enfrentamiento, pero que es incapaz de confrontar ideas, y esto no es invento mío, ahí está su historial político. Sus inicios, su activismo, sus entrevistas, sus declaraciones, sus hechos. Un manipulador abomina la individualidad, le fascina la estandarización, lo que pueda encerrar y mover a modo. Ofrece sueños, y los platica tan sabroso, como decía mi tía Tinita, que se los compran, y lleva a sus seguidores al convencimiento de que quien o quienes no estén de acuerdo, son enemigos de la causa y dañarlos por ello puede hasta convertirse en deber. Entre los seguidores de un manipulador hay una amalgama variopinta de personas que auténticamente están casados con la promesa de cambiar el mundo, pero también abundan los resentidos, los que tienen sed de venganza de una sociedad a la que culpan de todos sus males, entre ellos los gobiernos, y sin duda que el caldo es muy ad hoc para que militen idealistas apasionados, iluminados violentos y hasta fanáticos narcisistas.

Debemos, como sociedad, ir construyendo una especie de malla de contención para atajar el desbordamiento de un gobierno dirigido por un hombre que no tiene entre sus virtudes la tolerancia, que estriba en primerísimo lugar, en escuchar al otro y, en segundo, admitir que cabe la posibilidad de que tenga razón e incluso su punto de vista puede hacerme ver aspectos que ni siquiera había considerado y que coadyuvarían a tomar mejores decisiones.

Asimismo, vale la pena recordar que la vida humana es el bien mayor a tutelar, por ende no puede ser sacrificada ni violentada por ninguna idea, ni proyecto político. Que no obstante que vivimos en un sistema democrático muy imperfecto, es prioritario defenderlo porque es el que tenemos para proteger la vida y las libertades de los ciudadanos. Y que todos los ciudadanos, al margen de nuestras ideas y preferencias políticas distintas, somos seres humanos con los mismos derechos y obligaciones.

Nuestros derechos son irrenunciables, no lo perdamos de vista, y el Estado es el primer obligado a respetarlos.

 
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