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  Edición 626
  Jugando a ser Dios
 
Marcos Durán
   
  En algunas décadas, cuando volteemos hacia atrás, recordaremos que en el pasado la gente enfermaba y moría de cáncer, diabetes, hipertensión y otras enfermedades que podían ser prevenidas, pero que en el año 2016, nació la tecnología CRISPR, una forma para modificar de forma permanente el ADN de un embrión humano. Si usted no ha oído hablar de CRISPR (Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats), en español: «Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente interespaciadas», se trata de una tecnología verdaderamente transformadora que permite la edición de genes o corrección del genoma de cualquier célula, incluyendo las humanas.

Editar, cortar, corregir o agregar algo al genoma de cualquier célula, podría servir para enfermedades hasta ahora incurables como cáncer, sida, diabetes, cardiovasculares y hasta obesidad. Además, se podrían solucionar enfermedades genéticas como el labio leporino y el paladar hendido, la hemofilia y el Síndrome de Down.

Con una especie de tijeras moleculares, cortan cualquier molécula de ADN, modificando su secuencia y eliminando o insertando nuevo ADN; algo muy similar a lo que hacían los genetistas del laboratorio del la película Parque Jurásico, pero ahora con seres humanos.

Eso fue lo que se hizo hace un año con las gemelas chinas Lulu y Nana, que recientemente celebraron su primer aniversario de vida. Ellas fueron las primeras humanas en ser modificadas genéticamente, en este caso, para minimizar la susceptibilidad de las niñas a infección por VIH. El experimento horrorizó a buena parte de la comunidad científica. El responsable científico del caso fue acusado de «deshonestoy organismos gubernamentales se apresuraron a reunir grupos de expertos para desarrollar pautas regulatorias que pudieran evitar acciones similares.

Pero como siempre, todo podría tratarse de dinero, pues se pronostica que el mercado mundial de productos de edición de genes CRISPR como medicina, para desarrollar nuevos cultivos —como tomates picantes u hongos de larga duración— y otros usos, será de 5 mil 300 millones de dólares para el 2025. Ahora imagine esto en el mercado de seres humanos modificados, en donde los padres, algún día, podrán personalizar genéticamente la salud, las características físicas y las habilidades de sus hijos. CRISPR será las tijeras genéticas que adapte el acervo genético humano.

Con tal poder en la mano, debemos preguntarnos: ¿Qué visión del futuro estamos tratando de crear? ¿Estaría algún científico jugando a ser Dios? Un dios que cura la sordera o que aumenta la inteligencia o la fuerza muscular. Que cambia el color de ojos de un niño o su sexualidad. ¿Es demasiado importante esto para dejarlo en manos de los científicos que ya en el pasado han fallado a la humanidad? Y es que con estos argumentos, el futuro se vuelve ominoso cuando las aplicaciones de CRISPR van más allá del tratamiento de la enfermedad para perpetuar las percepciones subjetivas de normalidad o supremacía.

Que algunos niños puedan ser editados genéticamente como seres superiores porque sus padres pudieron pagar el costo de la tecnología, puede hacer que el mundo sea más inequitativo y que aquellos que ya son vulnerables, lo sean más y afianzar la visión dominante de los privilegiados. Ése es un futuro que debemos evitar.

Los expertos en ciencia, ética y gobernanza están haciendo algunos esfuerzos para garantizar que los investigadores de CRISPR presten atención a estas preocupaciones sociales. Y es que la ciencia ficción suele quedarse corta, y con esta tecnología de las alteraciones genéticas en un futuro quizás no muy lejano, los padres podrán pedir que sus hijos nazcan más fuertes, más inteligentes —tarde, muy tarde por estos rumbos—, y más altos. Después, a editar los genes para características superficiales: color de los ojos, cabello y piel, súper soldados o gobernantes de élite. Hitler y el doctor Josef Mengele y sus sueños de la raza aria estarían felices.

Sin embargo, lo que ha quedado claro a lo largo de la historia es que no se pueden detener los avances de la ciencia y que la ciencia es lo que es, y ahora mismo es una forma de trasladar el poder a la gente. Y el poder es impredecible.

 
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