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  Edición 626
  Alcaldes, ¿nuevos líderes?
 
Editorial
   
  Andrés Manuel López Obrador debe su éxito mediático a su perseverancia, intuición y capacidad para atraer la atención. Sin poder económico, demonizado por el gran capital, boicoteado por sectores de la prensa y estigmatizado por algunos intelectuales, el líder de izquierda pudo, desde la oposición, construir, sostener y adaptar, contra viento y marea, una narrativa que le permitió ganar la presidencia en su tercer intento a un PRIAN desprestigiado por la venalidad, arrogancia e impericia de sus gobiernos. Hoy, desde el montículo de Palacio Nacional, AMLO lanza curvas y sliders para mantener la cuenta a su favor.

En cuestión de protestas, bloqueos y manifestaciones, AMLO marcó la pauta. La ventaja es que siempre se enfrentó a gobiernos autoritarios, débiles o ilegítimos y a políticos distraídos, frívolos o pusilánimes. La mayoría de los mexicanos identificaba en ellos el origen de sus males: corrupción, violencia, impunidad, pobreza. AMLO capitalizó el enfado social y se erigió en líder indiscutible. El respaldo de las urnas lo utiliza hoy para imponer su voluntad al país y a los poderes Legislativo y Judicial.

Los alcaldes del PAN, el PRD y el PRI —socios de Peña Nieto en el Pacto por México— que el 22 de octubre acudieron a la presidencia a solicitar fondos federales usaron la táctica del AMLO opositor: presionar, atraer reflectores y saltarse las formas por una causa «justa». ¿Quién no quiere para sus ciudades mayor seguridad, bienestar y mejores servicios? Las autoridades municipales no solicitaron audiencia ni acudieron a otras instancias para plantear sus demandas, como el Congreso, los gobiernos locales y la Secretaría de Gobernación. ¿Para qué, si AMLO todo lo controla?

La 4T cayó en el juego de los alcaldes al rociarlos con gas lacrimógeno, y López Obrador, al justificar la acción, exhibió una vez más su talante absolutista. Comoquiera que sea, torpes o eficientes en su desempeño, los presidentes municipales son autoridades legítimas y representan a comunidades donde Morena también tiene seguidores y votantes. Los alcaldes, como los gobernadores y los organismos autónomos, viven hoy la otra cara de la moneda. Del reparto sin control de recursos federales en los sexenios de Fox, Calderón y Peña Nieto, se ha vuelto al centralismo exacerbado.

Sin embargo, la población no ha sido culpable del desorden financiero y la rapiña en las alcaldías y los gobiernos estatales, sino víctima. La política de la 4T tomada del peñismo, de no investigar ni castigar siquiera atracos evidentes —megadeuda y empresas fantasma, en el caso de Coahuila— y múltiples casos de enriquecimiento ilícito —hoy mismo se construyen fortunas bajo el blindaje de la impunidad—, causa desencanto e indignación en un país históricamente agraviado y engañado por sus máximas autoridades.

Los electores castigan con su voto a los gobiernos rapaces y a sus partidos; de lo contrario, AMLO no sería hoy presidente ni habría alternancia en la mayoría de los estados y municipios. Empero, la movilización ciudadana debe ir más allá de las urnas y expresarse en las calles cuantas veces sea necesario, como sucede en otros países; solo así podrán lograrse cambios inaplazables. La protesta de los alcaldes en Palacio Nacional envía un mensaje irrefutable al presidente: no puede gobernar solo ni de espaldas a la sociedad. La competencia es desigual, pero de otras de su tipo han surgido nuevos liderazgos.

 
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