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  Edición 626
  Los guachichiles
 
Carlos Manuel Valdés
   
  Acaba de aparecer un libro que hacía falta para ir llenando huecos en la sabrosa historia de Coahuila y otros lugares del noreste. Nos habíamos acostumbrado a encontrar la palabra guachichil en decenas de manuscritos, crónicas coloniales y libros, pero fuera de nombrarlos y afirmar que eran bravos, salvajes, bárbaros, antropófagos y otras exquisiteces… no aportaban informaciones válidas. Por eso siempre dejamos de lado a los guachichiles. Describir a una sociedad milenaria con un epíteto negativo no interesa como información, porque no lo es. Queríamos saber quiénes eran.

El capitán Pedro Sámano de Ahumada los enfrentó en 1563 porque llegó al norte acompañado de un ejército de mexicas y tarascos, y no le fue fácil dominarlos. En ese hecho apareció la estrategia guachichil: ¡queremos acabar con la blancura! Un sacerdote ilustrado publicó en 1681, en Perú, un libro sobre los indios de América y colocó a los guachichiles entre las seis etnias más temibles del continente.

El padre José Arlegui en 1737 los presentaba como aliados del demonio. Más recientemente, el alemán Paul Kirchhoff dijo que era una etnia en la que la mujer tenía un papel preponderante. Así podría seguir revelando datos en que se les nombraba, pero no informaban sobre su lengua, organización social, territorios y alianzas. Se sabía que eran grandes tejedores: hacían un canasto que era impermeable, es decir, conservaba el agua sin filtraciones. Ya veo al lector pensando que soy bueno para inventar: lo conmino a visitar a los seris de Sonora, cuyas mujeres fabrican coritas con plantas del desierto en las que bañan a los niños y/o conservan el agua fresca.

Sabíamos que en el sur de Saltillo habitaron los guachichiles y al norte los rayados: dato sin consecuencias. Ahora bien, si empiezas a ponerle carnita a esos cabos sueltos vas llenando huecos. No ignoramos que en 1583, al poco tiempo de fundada Santiago del Saltillo, los guachichiles atacaron la villa, quemaron el recién inaugurado convento franciscano y mataron a Cristóbal de Sagastiberri. Se les persiguió, pero no se sabe que los hayan castigado porque se refugiaron en la montaña al mando de Zapalinamé.

La cuestión viene a cuento porque acaba de aparecer un estupendo libro de Lucas Martínez Sánchez, Guachichiles y Franciscanos en el libro más antiguo del convento de Charcas 1586-1663. El libro en mención (su traslado a letras legibles) sería valioso simplemente por ser un rescate, pero Lucas expone, acompañando al documento, valiosos comentarios, notas, referencias. Un libro sobre guachichiles pone sobre la mesa la historia de la orden de San Francisco y la organización de la economía regional y local.

Pensar que sólo se refiere a la región de Charcas es equívoco. Se descubre a los guachichiles en una buena parte de Nuevo León, Coahuila, Zacatecas y San Luis. Era una etnia belicosa, pero dentro de ciertos parámetros que hay que estudiar. Y Lucas lo hizo, y lo hizo muy bien. He aprendido no pocas cosas nuevas en el libro. Hacía mucha falta. En adelante deberemos tenerlo en cuenta para rehacer estudios territoriales, misionales, sacramentales…

Algo interesante es que aparecen cantidades respetables de guachichiles en actas de bautismo, matrimonio y defunción. Es claro que les impusieron nombres de santos: Pedro, Josef, Juachín, Jacinta, Lucía y así. Suplieron sus hermosos nombres con los de los santos y lo digo porque también los frailes de Charcas rescataron sus nombres propios, que son muy galanes: Aiguaname, Namecuayulu, Nicaopa (varones) y Hamaricuitima, Ximaquina, Muchicahuita (mujeres).

Creo que el libro transforma a ese grupo desaparecido en referente de una época y en sujeto de su propia historia alrededor de la cual emergen muchos españoles de su tiempo. De ser sólo los salvajes pasan a «los del bonete rojo», que es la traducción que hizo Faustino Chimalpopoca en 1845 de la palabra «guachichil», que es nahua. Lo del bonete rojo se debía a que embijaban con un ungüento de ese color su larga cabellera, la enredaban sobre su cabeza y era su disfraz de combate.

No digo más. Léalo, aprenda, reflexione. Es una obra que propone una nueva historia, nuestra historia.

 
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