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  Edición 625
  Fracaso sin atenuantes
 
Gerardo Hernández G.
   
  El fracaso del operativo en Culiacán para detener a uno de los hijos narcotraficantes de Joaquín Guzmán, el Chapo, no tiene atenuantes. Anteponer la seguridad de la población y de las familias de los militares en peligro a la conquista de un «trofeo» es plausible. Sin embargo, el argumento, utilizado por el gobierno para evadir su responsabilidad y lavarse la cara se derrumba cual castillo de naipes, pues exhibe grietas en un gabinete de seguridad pasmado y en una presidencia gelatinosa. Pudo haberse protegido a los culichis sin quedar en ridículo.

Andrés Manuel López Obrador necesita dejar de hacer campaña y sentarse a gobernar. El uso de la violencia, por parte del Estado, debe estar legitimado, y México cumple esa condición; por tanto, AMLO está obligado a aplicarlo. Es jefe de Estado, no predicador. En los presidentes fuertes y sin contrapesos anida su propia némesis. Nada ni nadie había puesto contra las cuerdas al líder de la cuarta transformación como el fiasco en la capital de un estado (no el único) donde los autoridades locales encumbraron al narcotráfico y dieron a los criminales categoría de héroes sin medir las consecuencias.

La federación debe asumir los costos de la ignominia, aprender del error y realizar los cambios que la emergencia demanda en vez de recurrir a la táctica de avestruz. Una situación así de seria no puede afrontarse con sermones o como si lo de Culiacán hubieran sido fuegos fatuos y no una declaración de guerra. Es la continuación de doce años de políticas fallidas y gobiernos (los de Felipe Calderón y Peña Nieto) cuya consigna era matar, nunca averiguar ni mucho menos castigar (Allende y Piedras Negras son ejemplo irrefutable). Del exterminio se pasó a la rendición. La fórmula puso a Colombia de rodillas frente a Pablo Escobar, capo, político y «empresario», abatido después sin clemencia por el Bloque de búsqueda integrado por la Policía Nacional, el ejército y agencias de Estados Unidos.

Cegado por la hibris, Escobar dirigió la violencia y el terror contra la población, donde tenía su principal sustento. Masacrar a inocentes para doblar a los presidentes Belisario Betancourt, Virgilio Barco y César Gaviria e imponerles condiciones sobre su entrega y el Tratado de Extradición, marcó el final del líder del Cartel de Medellín. Con su esposa e hijos bajo asedio quiso negociar, pero ya estaba acabado. Escobar, como el Chapo, apareció en la lista de los multimillonarios de «Forbes». El capo antioqueño murió a los 44 años; el Chapo (65) pasará el resto de su vida en el infierno. Ese es el destino de los narcotraficantes.

Los juniors de Guzmán cometieron el mismo error. «…el jueves pasado los culichis vivimos algo inédito: nunca el cártel de casa había amedrentado a la comunidad desde la que construyó su imperio y en la que todavía vive y viven sus familias. Salvo excepciones de violencia con fines específicos, los sinaloenses aprendimos a convivir con una mafia que buscaba pertenecer a la sociedad antes que expoliarla. Nos creímos el mito del “narco bueno” y el jueves nos enseñó los dientes. Aprendamos». (Adrián López, director de Noreste en Sinaloa, Reforma, 21.10.19).

Los críticos de AMLO están de fiesta. El fracaso en Sinaloa lo ostentan como triunfo personal. Sacan el pecho, nutren sus fobias. Todavía no le perdonan haber ganado con 30 millones de votos. Sin embargo, el caso de Culiacán sigue abierto, aún falta mucho por aclarar. El presidente no ha jugado sus ases.

 
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