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  Edición 625
  La encrucijada de la política
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En Summatheologiae, el sabio filósofo Tomás de Aquino asienta esta afirmación: «Un caballo ciego, cuanto más velozmente corre, tanto más fuerte y violentamente se estrella y se hiere».

Eso viene a cuento porque una obligada tregua en mi trabajo diario me hizo caer, como sin querer queriendo, en una mañanera del presidente. Después de ese trago amargo me puse a pensar. Y de ese sano ejercicio surgió esta sana idea.

Mientras oía al presidente hablar de portarse bien, de acusar a los malosos con su mamá para que les dé un jalón de orejas, pensé que hay una especie de ceguera en toda afirmación idealista de la finalidad como axiología.

El presidente no es un tonto, ¡ni quiera Dios que lo piense!, pero en la débil resonancia de su voz creí percibir una suerte de deslumbramiento intelectual ante la realidad del país que gobierna y cuyo impacto trastorna la razón y la conmina a refugiarse en sí misma, a primar ciertos valores por encima de la persona.

Es una ceguera, volví a pensar, y como toda ceguera es peligrosa, sobre todo si el ciego es la cabeza pensante que dirige los destinos de una nación desde una noción de valores personales a partir de los cuales se proyecta la vida del país.

El afán de obtener poder es una cuestión legítima que pertenece al individuo. Incluso cabe la creíble posibilidad de albergar un deseo noble de ordenar la convivencia de los seres humanos en una sociedad. También pudiera ser legítimo que desde ese deseo se pretenda obtener el poder necesario para ordenar y dirigir tal convivencia.

Pareciera, pues, que no hubiera nada qué objetar al deseo de poder, ni en la teoría ni en la práctica. Incluso pareciera también que el poder resulta necesario para la realización sana de la convivencia social. Más aún, y para reafirmar esta idea, la racionalidad que proclama la convivencia en el marco de lo humano, incluye la acción de un gobierno legítimo en y sobre la colectividad.

Reitero entonces: el deseo de poder puede ser legítimo, pero, naturalmente, como aspiración humana que es, el poder puede pervertirse. Existen muchas maneras en que se pervierte el poder, pero sin importar cuáles sean, todas participan de la misma depravación que supone la perversión del poder.

Tomemos una: el gobierno y sus acciones. La acción gubernamental que pretende desde su poder establecer los fines de la convivencia que quiere regular, no sirve porque se niega y se anula a sí misma al no entender que la finalidad de la convivencia viene dada por la naturaleza humana y que por eso, se manifiesta como algo muy sólido frente al relativismo con que se presenta la acción gubernamental, por más que provenga de una autoridad legítima.

Pretenderlo desde el poder es querer imponer un cambio en la finalidad, sin importar que su impacto sea la degeneración del hombre, de la convivencia misma y, también, del mismo gobierno entendido como un ejercicio del poder.

La vía más fácil y de mayor tránsito es precisamente la postulación de fines a modo para un gobierno. Pero eso desemboca en la corrupción del poder mismo. Eso es puro idealismo. Y la forma más perniciosa de idealismo es aquella que pretende afirmarse como rectora y correctora de un realismo que en la práctica no existe.

Todo idealismo que al considerar las deficiencias de la realidad entendida como mal pretende sanarla desde la configuración de un orden ideal perfecto y no desde la promoción de la persona, está llamado a fracasar porque toda realidad contemplada desde una posición puramente idealista, ya no es realidad sino un objeto cualquiera al que es posible hacerle las adecuaciones necesarias para ponerlo en la línea de objetivación que se desee.

Cuando eso ocurre se echa en el olvido que el primer objeto de la inteligencia es la realidad misma y no las ideas que sobre la realidad se tienen. Desde el punto de vista de la filosofía eso es una flagrante contradicción de términos que revela una ingenuidad pasmosa y testimonia, además, el abandono ontológico de la razón.

Pues bien, eso mismo ocurre cuando el pensamiento político postula una axiología como finalidad de la educación moral. Su ejercicio pone al descubierto una posición idealista destinada al fracaso, por más encomiable y venerable que sea.

Es fracaso porque una axiología que se propone como la finalidad educativa supone, de entrada, la concepción de la persona como un ente puramente ideal, como un sujeto lógico que está obligado a realizar el orden ideal.

Toda axiología, sobre todo si proviene desde el poder, armada desde el éxito, el placer o la fama, desemboca siempre en un sofisma que, como todo discurso fundado en la palabra vacua, contiene desde su origen el germen de la maldad.

Así pues, manteniendo la primacía del idealismo sobre la realidad, significa ir derechito a la construcción de un totalitarismo político porque se quebranta la condición única y personal del ser humano al quedar sometido a la idea de unos valores excelsos que terminan por violentar la libertad y la verdad mismas.

Si el presidente de la república no logra entender que la primacía de la realidad por encima de cualquier idealismo se traduce en una primacía de la libertad y de la verdad, entonces tenemos un problema grave.

La versión más chafa de querer educar con valores que provienen de un puro idealismo, se traduce en un discurso de muy bajo perfil político. Frases como: pórtense bien, fuchi, guácala contra los malos, o amenazas infantiles como acusarlos con su mamá para que les jale las orejas, son el testimonio más contundente de una ceguera que corre velozmente hacia el abismo.

¿Quién dijo que la sofística quedó enterrada para siempre hace veinticinco siglos? La política mexicana vuelve a estar nuevamente en una encrucijada.

 
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