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  Cultura, industria... realidades
 
Edgar London
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  No resulta ninguna novedad considerar la cultura o, para decirlo correctamente, el producto artístico como mercancía. Sin embargo, la renovación de algunos conceptos que maneja George Yúdice, profesor de estudios latinoamericanos y director del Observatorio de Industrias Creativas de la Universidad de Miami, debemos considerarlos bastante interesantes.

Mucho se ha comentado sobre la influencia de las nuevas tecnologías en las relaciones que se han establecido desde siempre entre el creador y el capitalista (cuando no coinciden en una misma persona) encargado de sacarle dividendos a tal o cual obra. Yúdice destaca que, la intervención de la tecnología en este delicado proceso no se puede medir en términos absolutos. «Si uno está con las grandes empresas está preocupado de que el intercambio que se hace en Internet menoscabe el negocio. Si uno está del lado de impulsar la libre circulación de información y de todos los bienes culturales, se celebra la llegada de Internet».

Pero no todo se reduce al impacto de la red de redes. Si bien ésta representa el mejor conducto para comentar los efectos de la globalización, no puede abarcar un fenómeno que sobrepasa por amplio margen cualquier medio de comunicación pues, como bien indica Yúdice, «la globalización tiene sus conductos, como si fueran rieles. Al principio eran las estrategias de diseminación que tienen las grandes empresas, y cuando surge la Web se ve una posibilidad de circular otras cosas. La verdad es que con el sistema imperante toda la riqueza cultural del mundo no ingresa de igual manera».

Sin embargo, posiblemente, el elemento mejor esgrimido por el catedrático apunta a la simbiosis, cada vez más grotesca, pero ineludible entre la cultura (ahora sí, tomada como cúmulo de creaciones) y la industria que la rige para, posteriormente, comercializarla.

Para Yúdice «está todo el impacto económico de lo que se considera cultura y los impactos sociales, los organismos internacionales y gobiernos, tratando de promover lo cultural en dos sentidos, qué ofrece económicamente y qué ofrece para el bienestar de la sociedad. El hecho de que estemos hablando cada vez más de industria y economía creativa hace que ya no se pueda pensar exclusivamente en un bien social que provenga de lo cultural porque ahora se suele pensar en un rendimiento económico y un rendimiento social».

Temo que sólo sea cuestión de tiempo. El término economía creativa muy pronto se convertirá en un lugar común entre empresarios y artistas. Tendremos que esperar para comprobar en qué lugar nos posiciona esta suerte de neologismo a cada uno de nosotros.

 
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