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  Edición 625
  Un «octubre» para no olvidar
 
Carlos Manuel Valdés
   
  El malestar de la justicia

Cuando sucede que uno le desea mal a alguien siempre emerge un sentimiento de culpa, y la culpabilidad es inherente al humano. En no pocas ocasiones se discutió sobre la necesidad de que existan las religiones porque en ellas se incuba la noción de pecado. Pero fuera de las creencias religiosas existe la culpa. Sigmund Freud enseñó que las personas tenemos necesidad de ese sentimiento y que es parte de la cultura. Lo tienen también los agnósticos. La ausencia de sentimiento de culpa sería patológica.

Hace tiempo, unos tres o cuatro años, deseé que el señor magistrado de la Suprema Corte de Justicia Eduardo Medina Mora fuese encarcelado. Todavía no sucede y mi deseo todavía prevalece. Pero su renuncia a esa corporación —uno de los tres poderes de la nación— ya se dio. Me alegré sobremanera y no porque él sufra sino por lo que sus acciones significaron para la salud de la nación. Quizás no le pase nada, pero renunciar a ese puesto y a los 333 mil pesos mensuales que ganaba no es algo menor. Doble golpe: al bolsillo y a la honra, ambos muy fuertes. El concepto del honor existe en el mundo entero; su contrario también: la infamia. Y él es inteligente para saber que su nombre quedará en un listado de corruptos. En la Europa medieval y, en parte, en la Nueva España la infamia era muy temida porque se heredaba a los hijos. Eso ya no existe ni tiene sentido. Ahora cada individuo responde por sus actos.

¿Cómo me atrevo a decir que es corrupto si siempre se debe presumir la inocencia de un acusado? Bueno, tal vez porque los actos son tan evidentes que no hay posibilidad de error. Enviar dos millones de libras esterlinas a una cuenta y otros dos millones de dólares a otra no son datos sueltos, sino parte de las marañas de Enrique Peña Nieto y otros expresidentes. No sé si este proceso judicial a uno de los más altos jerarcas del sistema judicial se lleve a cabo o si será sólo un castigo pasajero, una tragedia o una comedia. Al despedirse de sus colegas se veía contento, reía; y sus compañeros de la Suprema Corte lo abrazaban efusivamente. ¿Solidaridad?, ¿buena educación? o ¿lástima?

Ya se habla de que es un acto de venganza del Presidente. Puede ser, no se descarta nada, pero si es culpable debe pagar como están pagando pequeños vendedores de mariguana, borrachines que hicieron algún daño, golpeadores, defraudadores, abusadores de menores. Medina Mora debería ser un espejo de justicia por los cargos que ha ejercido relacionados al tema y no un pillo. Debería demostrar una ética sin fisuras.

Las sorpresas están sucediendo cada día con mayor frecuencia. Ésta fue realmente inesperada. Y volviendo la vista al 2 de octubre del 68, también desearía cárcel para Luis Echeverría Álvarez. Él es un cínico. Ya se le enjuició y Fox le perdonó su participación en los homicidios del Jueves de Corpus y en los asesinatos selectivos de la Guerra Sucia por su provecta edad. Mal hecho. Creo que Echeverría es culpable de múltiples crímenes. Uno muy cercano y sensible para los saltillenses es la manera como se condujo en «el trenazo». Ocultó todo para que el sindicato ferrocarrilero quedara exento de culpa. Mil muertos lo acusarían, de poder hacerlo. Y los vivos esperamos su castigo —que no se dará, pero la esperanza es lo último que muere—. Me gustó que en la película «Roma» se hiciera notar, sutilmente si se quiere, que Echevarría era un delincuente.

Junto a esta pareja de perversos (Medina y Echeverría) hay muchos otros grandes y pequeños, de los estados y los municipios. Tenemos informaciones de muchos de ellos, pero es utópico creer que pagarán por sus culpas. En no pocos casos se corrompieron porque esa era la forma de progresar en el medio político, pasando dinero más arriba. Muchos lo hicieron, pero quien perfeccionó la técnica fue Peña Nieto. Jamás se dio una corrupción tan sistemática y ordenada como en su equipo y entre los gobernadores que lo encumbraron. ¿Irá a pagar Peña Nieto? Algo está pagando cuando es testigo de que a colaboradores cercanos les está llegando la lumbre a los aparejos.

Mientras tanto las noticias nos dejan temáticas novedosas que nos hacen pensar: ¿qué país tenemos?, ¿qué país queremos?

Los indios de Miguel León-Portilla

Por años me pregunté si el historiador León-Portilla había estado en la Compañía de Jesús. Su estampa y forma de expresarse eran jesuíticas. En sus múltiples entrevistas conocidas no tocó el tema. Ahora que murió leí una en que habla de su etapa en la Compañía. Estudió filosofía, latín y griego; fue «maestrillo» en el Seminario de Montezuma, Nuevo México. No vea en la palabra maestrillo un término despectivo, los jesuitas lo daban a quien sin ser todavía sacerdote impartía clases en instituciones religiosas. Dijo que casi salió ateo de la Compañía.

Fue hombre con suerte. Se le pegó al padre Ángel María Garibay, el gran nahuatlato, traductor de los cantares de los mexicas, del cual tomó los poemas que lo hicieron famoso a él más que a Garibay. León-Portilla publicó su famosísimo «Visión de los Vencidos. Relaciones indígenas de la conquista» en la UNAM, libro leído por no menos de un millón de personas y traducido (que yo sepa) al menos a siete idiomas. Como curiosidad menciono que un gran historiador francés, Nathan Wachtel, publicó en francés su propia «Vision des Vaincus», pero con documentos sobre los pueblos andinos. Un bello libro. León-Portilla se enojó muchísimo afirmando que era un plagio… y no, no lo era. Wachtel lo admiraba demasiado y no era tonto para exponerse a un pleito legal. El título completo es: «La visión de los vencidos: los indios del Perú frente a la conquista española, 1530-1570».

León-Portilla vino a la Feria del Libro de Saltillo cuando todavía se celebraba en el Museo de las Aves; había carpas en el estacionamiento y ese día cayó un chubasco. Mal que bien impartió su cátedra, con poca audiencia. Al terminar estaba solo con su esposa. Me acerqué a platicar y fue muy amable. Malamente le hablé de Wachtel porque todavía no le pasaba el coraje a pesar de que aquello sucedió 20 años antes.

No creo necesario repetir lo que tanto se dijo estos días: León-Portilla fue grande entre los grandes. No sé cuántos doctorados honoris causa recibió, pero no fueron pocos. Recordaré uno en particular, el que le otorgó la Universidad de Toulouse, Francia. En la ceremonia tomó la palabra el gran mexicanista Georges Baudot, especialista en Nueva España colonial y uno de los franciscanistas más reputados. Baudot, frente a un público culto y ávido, lanzó un discurso en náhuatl que al final atemperó con un resumen en francés. Respondió León-Portilla haciendo que la hermosísima lengua mexica retumbara en el recinto.

Admiro mucho a este historiador que dio a conocer la poesía y filosofía de los nahuas. Estudió a los primeros cronistas de la conquista y a quienes rescataron la vida y cultura de los mexicas, como fray Bernardino de Sahagún. Instaló en el mundo el pensamiento indígena de la manera más sugerente y atractiva. Gracias a él surgieron cátedras de náhuatl en universidades alrededor del mundo. Se estudia esa lengua en no menos de 25 países: merece la gloria.

Debo declarar que uno de sus últimos libros, «Francisco Tenamaztle, primer guerrillero de América. Defensor de los derechos humanos» es el único que no me ha gustado. Tenamaztle fue un dirigente cazcán que organizó la ofensiva contra los españoles en el norte de Jalisco y sur de Zacatecas. Se hicieron fuertes en un monte: el Miztón. El conquistador Pedro de Alvarado, nombrado por los aztecas «Tonatiuh» (el sol), ahí murió apedreado por los indios desnudos. Éstos no fueron derrotados, más bien los españoles dejaron el campo. Luego, con engaños, llevaron a Tenamaztle a México y de ahí a España a la cárcel de Valladolid, donde el padre Bartolomé de las Casas lo visitaba y de cuyas entrevistas generó un largo escrito en defensa de los indios. El dirigente murió de hambre y frío.

León-Portilla atribuyó el valioso texto a Tenamaztle, cosa errónea: era analfabeta. Decir que era guerrillero es un desatino; atribuirle la defensa de los derechos humanos un yerro (no existía tal preocupación). Pero León-Portilla dio a conocer el manuscrito y hay que agradecérselo. Tiene otro desliz en ese libro: de manera sutil, pero clara, deja saber que los indios que más cerca están de los mexicas son mejores y más cultos que los que se aproximan a los chichimecas (opinión racista). Mas el libro es bello.

 
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