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  Edición 625
  Una terrible pérdida de espacio
 
Marcos Durán
   
  Cuando era un niño, subía al techo de la casa de mi abuela con mi tío Manuel y mi primo Juan José a observar el cielo monclovense tachonado de estrellas. Intentábamos descubrir si en los planetas existía alguien parecido a nosotros y señalábamos astros e imaginarias naves preguntándonos si estábamos solos en el Universo.

Después conocí por Carl Sagan el «Cosmos» que él definió como «todo lo que es, todo lo que fue y todo lo que será». Sagan, astrofísico de la Universidad de Chicago fue un divulgador de la ciencia y el conocimiento como modo de vida y con su carisma personal capturó la imaginación de millones acercando las maravillas de la ciencia y explicando conceptos difíciles en términos comprensibles. «Cosmos», su obra más conocida, es una serie documental que hace un repaso del conocimiento humano generado a lo largo de la historia y que logró motivar a una generación entera que contemplábamos el Universo desde la perspectiva del conocimiento científico y alejado de los dogmas y la superstición de la astrología.

Muchos años después, mi amigo José María González Lara me obsequió una edición remasterizada de la serie original completa, la cual guardo como una de mis más caras posesiones y que formará parte de mi herencia a mis hijos.

Y es que apenas 400 años después de que que Galileo utilizara el primer telescopio, nuestra comprensión de la naturaleza y el Universo se está expandiendo en todas direcciones y las implicaciones sociales, culturales y espirituales son incalculables. Hoy, que la ciencia se plantea enormes desafíos a algunos de nuestros eternos supuestos, la divulgación científica ofrece una oportunidad sin precedentes, para proteger el medioambiente que nos sostiene. Parecería increíble creer que con un telescopio podemos observar aquellas galaxias y planetas que, como decía el maestro Borges, aun brillan sin que podamos distinguir si se trata de imperios que se apagan o se trata solo de luciérnagas.

Esa es la importancia del conocimiento, el único medio conocido para derrumbar muros y viajar con nuestra imaginación en los misterios de la vida y en la búsqueda de inteligencia en otros mundos, más como una forma de humanizarnos y respetar a nuestro planeta y semejantes. Ese entendimiento y estudio del cosmos, permitió que la Academia Sueca de Ciencias otorgara el Premio Nobel de Física a tres científicos «por desentrañar la estructura y la historia del universo y por cambiar nuestra perspectiva del lugar de la Tierra en él», en Resumen el estudio del Cosmos.

El canadiense-estadounidense James Peebles de la Universidad de Princeton recibió la mitad del Nobel «por descubrimientos teóricos en cosmología física». Los otros galardonados fueron los científicos suizos, Michel Mayor y Didier Queloz, «por el descubrimiento de un exoplaneta que orbita una estrella solar», dijo la Academia. Mayor es profesor en la Universidad de Ginebra en Suiza, y Queloz en Universidad de Ginebra y Cambridge en el Reino Unido.

Peebles fue clave para transformar el campo de la cosmología, el estudio del origen y la evolución del universo, de uno de especulación a la ciencia real, según la organización del Premio Nobel. Su investigación condujo a la revelación de que solo el 5% del universo es materia y energía normales, mientras que alrededor del 95% son cosas invisibles que los físicos llaman materia oscura y energía oscura.

Carl Sagan, uno de los más apasionantes estudiosos del cosmos y de la raza humana decía: «Es posible que el “Cosmos” esté poblado con seres inteligentes. Pero no habrá humanos. Solo aquí, en este pequeño planeta. Somos una especie en peligro, una especie rara. En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso y si alguien está en desacuerdo déjalo vivir, pues no encontrarás a nadie parecido en 100 mil millones de galaxias».

Fue un precursor del SETI, el programa que buscaba vida e inteligencia extraterrestre. Le preguntaron acerca de las posibilidades de encontrarla, este respondió: «A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa. Y si estamos solos en el Universo, seguro sería una terrible pérdida de espacio».

 
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