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  Edición 625
  La espera…
 
Gerardo Moscoso
   
  Todo el que persevera sabe que la victoria es suya. Pero el que muere esperando muere vencido, y tal vez ni le sirve siquiera de alivio lo que dice aquel poema de Salvador García Bodaño: «Yo sé que para aquella derrota, hay una victoria, aguardando». Le importa a nuestra vanidad, a nuestro deseo legítimo de reconocimiento, aunque los dos suelen encontrarse tan mezclados que casi nunca es posible distinguir el uno del otro. Algunas veces los mejores sueños se cumplen, los anhelos que parecían más imposibles: sólo que quién deseó y soñó ya no llega a saberlo, porque en la espera, por ejemplo del emigrante para regresar a su tierra, se le fue la vida, y porque el futuro es demasiado largo para la brevedad de la existencia humana. Kafka, Stendhal, Van Gogh, Elena Garro, Manuel Acuña, Cervantes y muchos otros aguardaron sin saber que la victoria era suya y que el porvenir los veneraría.

En vida, a Cervantes, por ejemplo, lo despreciaron las figuras más selectas de la intelectualidad de Madrid. Seguramente murió pensando que no habría logrado gran cosa, que le había faltado tiempo para escribir lo que soñaba y, en lo personal, recuerdo con algo de lástima y solidaridad la vida de aquel hombre del que sabemos tan poco y a quien admiramos tanto, muerto y enterrado en su pasado lejano, en las vísperas del grandioso futuro que ni siquiera llegó a vislumbrar, y que quizá, en el fondo, al final de su vida, no le habría importado tanto. Una novela editada, aunque tenga pocos lectores, es algo, existe de una forma tangible. Pero una obra de teatro que no se representa está tan muerta como una música que nadie ha tocado, tan muerta en una pausa de vida latente que puede durar para siempre. Así, de esa manera, se han quedado enterrados muchos proyectos literarios, teatrales o musicales importantes para trascender con la esperanza de que algún día se les reconozca

Las mesas de análisis sobre temas que a todos nos atañen, brillan por su ausencia. Se convoca, cuando las hay, a quien no incomode. Hay recursos para que lo inmediatamente mediocre se difunda.

Al prestigio se opone la rentabilidad

La cultura entendida como conocimiento, se aleja cada vez más de su función de explicar y entender el mundo al ser penetrada sin el menor escrúpulo por el consumismo y la industria.

La cultura entregada a la comercialización complaciente, sometida a los gustos de un público desinformado e ignorante, destinada a un éxito inmediato, al consumo como una mercancía más, donde los creadores son transformados en «asalariados de servicios» y la gente en voraces consumidores, ha generado las causas de los efectos que como sociedad estamos padeciendo. La muerte de Francisco Toledo, la de nuestra paisana, la gran actriz Beatriz Aguirre y la del filósofo, historiador, antropólogo y maestro, Miguel León Portilla, han pasado como una ventisca desapercibida ante el huracán generado en los medios de comunicación por la muerte del cantante José José.

El desaliento en el saber profetiza un castigo: la cultura humanista está siendo abandonada por los jóvenes atrapados en las redes de comunicación; cualquier respuesta la buscan y creen que la encuentran en el poder cada vez más grande de la información sobre el conocimiento.

La distracción y el entretenimiento aplastan y dominan hoy los valores del espíritu y coartan la reflexión. Es el éxito: lo lucrativo sobre lo que los mercenarios de la economía consideran inútil. Ahora todo es show, espectáculo, distracción. El poder de la inteligencia subordinado a los materialistas de los medios de comunicación masivos. Al prestigio se le opone la rentabilidad; a la reflexión, la maña. Se le presta más atención a un cantante pop, a un deportista o a una estrellita del mundo de la televisión, que además, se la pasan opinando desde su ignorancia como si fueran ilustrados, que a un intelectual destacado o a un científico. Estamos en camino de echar abajo el mundo de las ideas a causa de la supertecnificación, el individualismo y el hiperconsumismo.

Y ahora nos sorprendemos por el actual escepticismo y desconfianza, por la falta de participación de la sociedad y por el desmadre violento reinante. Sufrimos una crisis de valores de graves proporciones.

¿La solución?

 
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