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  Edición 624
  De liderazgos y otros males
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Mi trabajo académico pasa a veces por momentos de grandes bondades. Entre otras cosas, me permite mantenerme activo en la lectura, me conduce por caminos de la crítica y, ya en ese terreno, me planteo preguntas que tienen que ver con el entorno de realidad que vivo a diario.

Y de ese repertorio de preguntas que me planteo a diario, rescato algunas que tienen que ver con un hecho que me desconcierta. Se mueven en mi cabeza cuestionamientos como estos. ¿Siendo un hombre propio del sistema político mexicano, es AMLO un personaje con características de líder? Si es así, ¿qué clase de liderazgo? ¿Es carismático?

La sociología suele usar el término carisma para referirse a las relaciones de dominación en el contexto de las instituciones políticas de la sociedad donde se aplica. En ese sentido sólo pueden ser carismáticas aquellas personas que mantienen claramente una relación de líder con una asamblea de seguidores.

Esa relación se caracteriza por una total y absoluta devoción personal de parte de los seguidores hacia el líder que los comanda. Cuando eso de verdad ocurre, el conjunto de los individuos constituidos en los seguidores a como dé lugar, forman una especie de comunidad carismática en la que cada uno de sus miembros se hallan vinculados entre sí con lazos de indisoluble fortaleza.

En su expresión más profunda, el carisma se presenta como un acto no racional por parte de los seguidores, libre de toda valoración y cuestionamientos a la autoridad, investida casi de una noción de santidad aplicada al líder, quien se siente poseedor de una misión qué realizar. Es decir, con una imagen normativa del mundo a partir de él mismo.

En teología eso se llama carisma profético, pues el líder siente que está llamado a llevar un mensaje nuevo a los que se han afiliado en torno a su figura.

En términos de generalidad, y sobre todo en política, son los dirigentes quienes asumen los roles centrales directivos. Pero no todos los dirigentes son líderes para conducir, para administrar, para marcar rutas, porque el liderazgo no depende, en realidad, del individuo sino de los logros conseguidos a favor de un grupo del que saldrá el empuje para elevarlo a la categoría de líder.

En su versión más auténtica concreta, el liderazgo es la forma de afrontar con éxito las crisis que resultan en el contexto de la realización de empresas decisivas y movimientos marcadamente decisivos para el grupo de apoyadores del líder.

Es así porque el liderazgo no es una cualidad del individuo; en realidad es sólo un rol que se desempeña y que depende a su vez de la presencia de una serie de variables entre las cuales, y quizá la más importante, sea la existencia de una necesidad de grupo muy específica.

Así pues, un líder carismático sería aquel que, por sus cualidades para actuar en las crisis surgidas de empresas decisivas, son resaltadas, transformadas y reconocidas como extraordinarias por un grupo cohesionado o no que luego percibe que tales cualidades son una fuente de movilización hacia la consecución de grandes cambios radicales y sustanciales para beneficio del grupo.

Es decir, el líder en esta concepción, es un hombre de inclinación autoritaria que, en una situación de vacío político —como es el caso de AMLO cuando asumió el poder—, se vuelca por entero en la consecución de un cambio apoyado en el grupo cohesionado que lo sostiene.

Lo importante es que el liderazgo tenga y sostenga un corpus de autoridad que lo fortalezca en momentos de penuria, autoridad que lo confirme en su papel de líder. Así pues, la autoridad legítima es un derecho que le es reconocido por el grupo y que queda sancionado por una serie de normas que constituyen la ley.

Bueno, entremos en materia. El clima social que caracteriza al México contemporáneo es la desmesura del poder. Los otros datos que siempre tiene AMLO constituyen una característica del tipo de liderazgo que ejerce y que está encaminado a crear poder a su alrededor y donde él mismo es la encarnación de dicho poder.

No creo que AMLO sea un líder carismático; es, ciertamente, un líder con legítima autoridad que le viene desde las urnas. Pero cuidado, los millones de votos a su favor no significan necesariamente confianza ni deseo meditado por un cambio necesario.

Mi percepción personal es que estamos ante la presencia de un líder que, durante casi veinte años, fue cultivando y generando apasionadas lealtades hacia su persona. Ese líder hoy siente que ha sido llamado por la historia a cumplir una misión social. Eso se puede confirmar en las mañaneras, en donde el hombre rebosa confianza en sus capacidades personales para llevarla a cabo.

Por hoy está bien. Pero —y sólo para estar a tono con la cuestión de liderazgos carismáticos— ¿y si consideramos la historia de los fieles discípulos de Jesús de Nazaret? Recuerde que uno de ellos lo traicionó por unas cuantas monedas; otro lo negó tres veces antes que cantara un gallo; y el resto lo abandonó en los momentos de mayor apuro.

¿No le parece, apreciado lector, que esos son extraños síntomas de apasionada fidelidad?

Bueno, lo digo porque hoy existen apasionados fieles al liderazgo del presidente, ¿habrá que esperar a ver quién lo traiciona en el momento de las grandes verdades? ¿Cuándo aparecerá el que niegue su filiación con las ideas de renovación? ¿Cuántos lo abandonarán en los momentos de mayor apuro que, seguramente vendrán en el futuro más próximo?

Quedémosnos con la idea de un líder con legítima autoridad. En la vorágine de todos los males que nos acechan, y a los que no les veo salida, mantengo, aunque sea en el lugar más profundo y oscuro de mi alma, la esperanza de que el liderazgo de AMLO sea un liderazgo verdaderamente conductor, que nos lleve a buen fin.

Un nuevo fracaso en el liderazgo político mexicano, por supuesto que no me gustaría testificarlo, aunque cada mañana mi esperanza se vuelve más mínima de lo que ya era de por sí.

 
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