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  Edición 624
  La lectura como proceso creativo
 
Edgar London
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  Usualmente, el proceso de escritura se relaciona con un ejercicio activo, mientras que la lectura se asocia con una tendencia pasiva. Nada más alejado de la verdad. La llamada «lectura activa», rica en matices y que exige un lector ávido de conocimiento, inquieto y voluntarioso, ni siquiera se puede tomar como un concepto original. Ya muchos se han adentrado con mayor o menor éxito en las argumentaciones que apuntalan esta definición y, sin duda, uno de los mejores precursores del debate lo representa Ralph Waldo Emerson, estadounidense nacido el 25 de mayo de 1803, quien muy pronto se afilió al movimiento trascendentalista, una alternativa, en principio, intuitiva, para alcanzar la verdad a través de la conciencia individual.

Fue Emerson quien aseguró: «No importa por dónde empieces, si lees cinco horas por día muy pronto dispondrás de conocimiento». Por supuesto, en buena medida se refería a la puesta en práctica de una lectura, hasta cierto punto, interactiva. Donde el lector cuestiona al escritor y no se deja llevar pasivamente de la mano atado a una trama novelesca –si se trata de un texto ficticio– o aceptando como axioma cada propuesta o enunciación –si se trata de un texto investigativo–.

Esta especie de diálogo recuerda inmediatamente la polémica tesis cortazariana sobre el lector-macho y el lector-hembra. Donde el primero personifica una suerte de co-creador junto con el autor. Activo, entonces, y que sabe renegar de la obra, que no es dócil, y que su complicidad radica en platicar con el autor. Mientras el segundo implica todo lo contrario. La persona que se queda con la fachada, y solamente percibe lo bonito o feo de la obra, sin entrar a polemizar con ella.

Al margen de los evidentes rasgos sexistas en esta tesis, los cuales le valieron múltiples críticas al argentino, lo que está claro es la distinción, no diría yo de lectores, sino de formas de asumir la lectura.

Algo que, por demás, se refleja dentro de las distintas circunstancias que influyen en la comprensión lectora y que viene justificada por múltiples rasgos que van, desde el acervo cultural del lector, hasta el momento o el lugar en que éste practica la lectura. De hecho, no resulta extraordinario aseverar que un sujeto, hoy, puede asumir una lectura pasiva y, mañana, arriesgar, incluso con la misma obra, una entrega más dinámica y creativa.

Advertía Emerson, «ningún libro tiene valor en sí mismo, sino que tiene peso por la relación que establece con lo que has extraído de muchos otros libros». Por lo tanto, el conocimiento se enriquece a partir del ejercicio de la lectura, lo cual resulta evidente, sino trivial, pero al mismo tiempo, impulsa nuevas maneras de hacer, nuevas maneras de entender… en pocas palabras, nuevas maneras de leer.

Desde esta perspectiva, cobra más veracidad otra sentencia de Emerson: «Un hombre debe enseñarse a sí mismo». Eso sí, siempre y cuando ese hombre total y arquetípico sea auxiliado por los múltiples otros hombres que, mediante los libros, compartieron con aquel sus conocimientos.

 
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