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  Edición 624
  ¿Hay nuevos valores…?
 
Esther Quintana Salinas
   
  Me cuesta entender por qué la sociedad de nuestro tiempo no se da cuenta o no se quiere dar cuenta de la necesidad que tiene de salvaguardar la institución de la familia y sus valores. Cuando vemos, por ejemplo, la multiplicación de embarazos en niñas entre los 12 y 15 años, o el consumo de drogas en menores que trastoca su salud corporal y, obviamente, la mental… y que ni sus padres, en primerísimo lugar, o sus maestros, se dan por enterados y si se enteran, no pasa nada. No es asunto menor, atenderlo debiera ser impostergable. El ejercicio de la libertad mal entendido genera desarraigo familiar, familias fracturadas, violencia, fragilidad emocional y un hedonismo malsano.

Hoy se vive en la realidad virtual del Internet. Las redes sociales se han convertido en los oráculos del siglo XXI. Los etiquetados «sirven» como referencia histórica. Se encuentra usted perfiles de un mismo individuo, pero lo que se informa depende del foro en el que se publica. No hay explicaciones exhaustivas, ni comprensivas de un hecho, lo que abunda es la inexactitud, con abstracciones diferentes de la concreta realidad social. Y no hay puertos donde acogerse en ese mar de desorientación… ¿La familia? ¿La escuela? Los valores que eran los asideros que antes contenían el naufragio… ya no están de moda. Los registros existenciales se vacían por las rendijas de un barco que va a la deriva… Nos estamos quedando en un mundo de vaciamiento que a la larga hará a los humanos infinitamente infelices. Y quizá, quizá un día sea de tales proporciones la soledad interior, que se inicie la tarea de la recuperación de lo que hoy se está lanzando por la borda… ¿Habrá capacidad para la odisea?

La sociedad es un ente vivo y a lo largo de su historia ha estado en permanente transformación, pero los cambios ocurridos en los últimos 50 años han sido los más rápidos y profundos, tanto, que sus soportes, como lo he apuntado, se están erosionando. Esos soportes son los valores, son los que perfeccionan a los humanos. Me refiero a los valores morales, los que le dan sustento a la ética y fortaleza a la política. ¿Y qué son? ¿Cómo se definen? Son creencias, costumbres y normas que orientan la conducta de los hombres, componen la conciencia que una persona tiene del bien y del mal, por consecuencia inciden en las relaciones personales de éstos y conforman la calidad de las mismas en una sociedad.

Esos valores morales los aprendemos en casa, en el seno de nuestra familia. Ahí aprendemos la generosidad, lealtad, tolerancia, respeto, responsabilidad, honestidad y perseverancia, entre otros. A medida que crecemos y con ello vamos madurando, comenzamos a asumir los valores sociales, como la cooperación, la participación en los asuntos de nuestra comunidad, el respeto que le debemos al de enfrente, la vocación de servicio, etc. Pues todo esto, hoy día, está en estado casi catatónico, ha dejado de funcionar. Esta riqueza, porque los valores son riqueza, ha dejado de apreciarse, ya no tienen peso en nuestra conducta, por ende, ya no influyen en nuestras relaciones sociales. Y su ausencia nos está costando muy cara, de ello deriva el desfile de conductas poco éticas que abundan tanto en el ámbito económico como en el político, así como en las organizaciones públicas y privadas.

Más que su desaparición, lo que está ocurriendo es algo mucho peor, los valores se están «transformando», se están cambiando por otros que han ido «naciendo» de la forma en que actualmente se estila relacionarse con los demás. Me explico. Hoy los que privan son los basados en el individualismo, alimentado éste con la ferocidad de un materialismo y un hedonismo deleznables, que han ido generando una sociedad en la que lo más importante es tener y consumir, dejando de lado el valor intrínseco del humano y dinamitando el campo donde este puede ser cultivado. Pero igual que Janos, el fenómeno tiene dos caras, la otra la conforman los «domados», los esclavos del conformismo, resignados nomás a sobrevivir. Bajo este esquema las relaciones interpersonales se vuelven superficiales, no generan ningún tipo de compromiso, son levadura para las conductas antisociales. Metamorfoseadas nuestras referencias morales llegamos al terreno de la mezquindad: «nada importa excepto yo» y todo y todos los demás que se vayan al carajo. Los poderes, tanto los reales como los «fácticos» fomentan estos «nuevos valores», por ello, lo único que se salvaguarda son sus propios intereses. Esto atomiza a la sociedad y la divide, y en una sociedad dividida, los enconos, las envidias, los rencores, el odio, la violencia, la venganza, crecen y se multiplican. Y está más que claro hacia dónde se cantea la balanza. Se transmite una concepción de progreso equivalente a la destrucción del pasado; es decir, nada de lo de ayer sirve. La familia y la educación que eran los transmisores de los valores son el blanco a destruir. En nuestro país, el propio gobierno federal y su mayoría parlamentaria encabezan el movimiento.

Es descorazonador que sea hoy el interés y no la lealtad y el honor el basamento de la amistad. Que la generosidad, el respeto y la tolerancia hacia los demás se vayan antojando como algo cursi, obsoleto. Y que la solidaridad la vayan convirtiendo en «intercambio de favores». Y todo esto agravado por una indiferencia genética —eso parece— que se acentúa con la enajenación permanente con la que se torpedea a mañana, tarde y noche a través de los diferentes medios sociales para ir imponiendo un pensamiento único en el que se «enaltecen» los «nuevos valores»… ¿cuáles? los del individualismo feroz, aquellos en los que se da por sentado la afirmación del «mi mismo», en los que la única preocupación y ocupación son «mi bienestar», el de los demás es «su bronca». Y así se llega a la cúspide del «yo» en toda su deleznable insolidaridad, con un desapego, sin remordimiento alguno, del ente colectivo del que naturalmente soy parte, pero que renuncio a serlo por así convenir a mis intereses. Es el sacrificio de los valores humanos esenciales en aras de los «dioses» del consumo y la comodidad.

Y no obstante, siempre queda la esperanza de que el hombre al haber sido dotado de libre albedrío, reaccione y decida dar el cambio de ruta. Solo desde la libertad se accede al conocimiento, y es con el conocimiento con el que podemos cambiar la estructura social impuesta y reencauzar nuestra vocación social humana de integración y comunidad. Es esencial que reaprendamos a tratar a los demás como si se tratara de nosotros mismos. La transmisión de los valores se fortalece en la práctica consuetudinaria, se reafirma en la participación en el seno de mi comunidad como ciudadano crítico, propositivo y responsable, respetando la diferencia de ideas que se da entre una generación y otra, de un individuo a otro, de un grupo social a otro, y esto significa que le das sitial de privilegio al raciocinio y al diálogo, porque no hay mejor manera de llegar a acuerdos que anteponiendo el respeto. Yo soy una convencida de que aun en posiciones encontradas hay algún punto de coincidencia y con esto se empieza a construir el vínculo.

Necesitamos inculcar valores en los niños, «con egoísmo y con mentiras» —como decía la canción tema de una película española­— no vamos a llegar a ningún lado, bueno, al voladero, al abismo, seguro que sí. Las evidencias están a la vista. Se les tiene que preparar para que sean capaces de construir su propio comportamiento. Los padres y los maestros, tienen un papel sustantivo en este menester de vida. Respeto, responsabilidad y honestidad son los tres principales, y con el ejemplo es contundente el aprendizaje. Cuando se te inculca el respeto por ti mismo y por los demás tienes conciencia de que a tu cuerpo no lo debes envenenar con drogas o con alcohol, que no puedes someterlo —hoy es tan común, sobre todo por las jóvenes— a la anorexia o la bulimia, debes ejercer la sexualidad con responsabilidad. Cuando se tiene la vida colmada de valores difícilmente se sale por las puertas falsas del suicidio, la prostitución o la delincuencia. Respetas el mundo que te rodea y a quienes te rodean, independientemente de que sean distintos por asunto de religión, de sexo, de edad y modo de vida. Y entiendes el amor a la patria. La tolerancia es hija del respeto. Con el valor de la responsabilidad aprendes a cumplir compromisos y obligaciones y a hacerte cargo de tus actos y consecuencias. En el ámbito social la responsabilidad se traduce en el cumplimiento de nuestras obligaciones ciudadanas, tales como el ejercicio del voto, la crítica razonada en los foros de propuestas ciudadanas, en el cuidado del medio ambiente. Y en cuanto a la honestidad, sabes perfectamente que se extiende más allá de no tomar lo que no es tuyo, que abarca no inventarnos excusas para no cumplir con nuestro trabajo, con no engañarnos a nosotros mismos ni a los demás, con admitir nuestra ignorancia y darle a las personas y a las cosas el justo valor.

Esto no significa que vayamos a ser perfectos, pero sí mejores personas, y se va a reflejar de manera fehaciente en una sociedad con mejor calidad de vida. Nos haríamos un favor en todo sentido como comunidad. Estoy casi segura que a la política le empezaríamos a devolver su honrosa dignidad, porque tendríamos como gobernantes a personas comprometidas con los intereses de sus representados y no vulgares y cínicos ladrones como los que han robado a manos llenas del erario y siguen libres y encumbrados, protegidos por la impunidad.

 
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