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  Edición 624
  ¿Estamos solos?
 
Marcos Durán
   
  Nuestra soledad cósmica ha sido desde siempre una de las grandes dudas de la humanidad. Y es que la idea, la sola interrogante nos hace pensar en nuestro enorme vacío, reafirmando que la soledad es —como dijo el poeta Octavio Paz— el hecho más profundo de la condición humana. Por eso, muchos prefieren seguir con la duda: ¿Estamos solos en el universo?

Tan vasto, eterno e infinito es el universo que se cree que sus límites estén ubicados a 46 mil 500 millones de años luz y que en toda su inmensidad existan cerca de 100 mil millones de galaxias, cada una de ellas con millones de planetas con posibilidades de tener elementos como carbono, nitrógeno, oxígeno, azufre y fósforo e incluso aquí, a la vuelta de la esquina, Marte pudo albergar vida microbiana. Además, descubrimientos frecuentes de nuevas galaxias con planetas y sistemas solares similares al nuestro, nos animan y nos dan esperanza de encontrar vida allá arriba porque, como afirmó el físico Stephen Hawking, «la raza humana necesita un desafío intelectual pues le resulta aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir».

En estos esfuerzos por encontrar algo o a alguien, la ciencia trabaja con telescopios espaciales como el Kepler, que orbita alrededor del Sol y nos ha permitido detectar sistemas solares y planetas candidatos de tener las condiciones para desarrollar vida. Además, el Instituto SETI, una organización científica que se dedica desde hace décadas a la búsqueda de inteligencia extraterrestre teniendo a su disposición el uso de enormes radiotelescopios como el de Arecibo. Sume a eso las sondas espaciales Voyager I y II que salieron de la tierra en 1977 y siguen viajando por nuestra Vía Láctea recorriendo ya más de 18 millones de kilómetros con un disco de oro conteniendo fotografías, sonidos y un mensaje, grabado por el mismo Carl Sagan, dirigido a cuanto ser inteligente se les cruce en el camino. A esta búsqueda se unen todos los días con su trabajo astrónomos y científicos, todos con el mismo resultado: nada. No disponemos de pruebas que acrediten si existe o existió vida en algún sitio fuera de este mundo.

Por el contrario, los reportajes, películas, blogs y libros realizados siempre por curiosos y simpáticos investigadores, han pretendido que creamos absurdas teorías y ridículas hipótesis, basados siempre en cuestionables argumentos y borrosas fotos y videos de OVNIS y extraterrestres que, de acuerdo con ellos, han viajado millones de años luz con el sólo propósito de observarnos, pero sin contactarnos y sin dejar un rastro o prueba de su existencia.

En la década de los cuarenta del siglo pasado, el italiano Enrico Fermi, científico y Premio Nobel de Física, planteó una paradoja basada en si existen miles de millones de planetas capaces de albergar vida, si en algún lugar del universo la vida evolucionó y existen civilizaciones avanzadas y si —como se dice— las probabilidades de que existan son tan grandes y tal como suponemos el vasto cosmos en toda su inmensidad, debería o tendría que existir vida inteligente. Fermi preguntaba: ¿dónde están?, ¿por qué no tenemos ninguna prueba? O, mejor dicho, ¿por qué no están aquí?

Las respuestas, que pueden ser muchas, van desde que posibles civilizaciones no se han contactado porque al igual que nosotros no disponen de la tecnología para hacerlo; o tal vez no les interese hacerlo, o porque quizá están tan lejos que les resulta imposible vernos, escucharnos o mucho menos venir a visitarnos, pues a un vehículo viajando a la velocidad de la luz le tomaría 100 mil años para apenas salir de nuestra vía láctea.

Pero tal vez la respuesta a la paradoja de Fermi está en el Principio de Ockham, según el cual cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple debe ser la correcta. Esto podría interpretarse en que basados en la evidencia científica disponible, si no hemos observado o encontrado nada es por una razón muy sencilla: no hay nada ni a nadie a quien encontrar. De ser así, y una vez convencidos de que estamos irremediablemente solos y de que es éste el único mundo en donde ha florecido la vida, arrodillémonos ante el universo y veneremos su infinita oscuridad.

 
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