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  Edición 624
  El pozo invisible
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  Para Emilio, que ve con el corazón.

Invisible para los ojos, me repetía a mí mismo mientras caminaba

la larga explanada de Place Bellecour, en Lyon, en búsqueda de un

monumento que tenía que estar por ahí, como tributo de Francia

a uno de sus hijos más queridos y celebrados, tanto que el aeropuerto

local lleva su nombre, recuerdo de quien fuera piloto aviador y

escritor, profesiones que de alguna forma convergen, pues escribir es

una forma de viajar por el aire mientras arrojas letras.

Finalmente lo hallé en el extremo oeste, más cerca del Saône que del Rhône,

brazos de agua que enmarcan parte de la ciudad y que, a diferencia de

muchas ciudades en México, son ríos vivos, no los secaron o entubaron, los

asumieron como parte de su patrimonio urbano. Detrás de unos árboles se

levanta una columna de mármol blanco de unos diez metros de altura en

cuya cúspide están dos figuras humanas, la del piloto que luce sentado, como

en una barda muy alta admirando el paisaje a sus pies, y la de un niño de pelo

ensortijado con cara de dibujo infantil cuya mano izquierda posa en el hombro

derecho del aeronauta. A pocos metros está la calle que lleva su nombre.

Enfilé por Rue Antoine de Saint-Exupéry en búsqueda del número 8,

un portón de madera en cuyo dintel un medallón de cantera dice que ahí

nació, el 29 de junio de 1900, el autor de uno de los libros más vendidos y

más traducidos de la historia. Mi búsqueda fetichista me recordó —valga

la insolente comparación— los recorridos que Fernando Savater ha

hecho en las ciudades icónicas de grandes escritores y cuyo testimonio

está narrado en sus libros Lugares con genio y Aquí viven leones, reseñas

biográficas donde el filósofo español, amante de la literatura y de los

viajes, marida y devela la Lisboa de Pessoa, la Ciudad de México de Paz,

el Buenos Aires de Borges, la Viena de Zweig y así, de varias figuras más

como Poe, Reyes, Flaubert, Shakespeare, tejiendo pistas de cómo aquellos

espacios inspiraron la obra de esos genios de la pluma.

A falta de erudición sobre la vida del autor de El Principito, veo aquellos

espacios y los lleno de especulación ociosa; sabemos, eso sí, que su profesión

de piloto lo llevó a viajar constantemente, por lo que no es descabellado

pensar que los sitios que le sirvieron de musa fueran quizá esos momentos

de soledad entre las nubes, viajes reflexivos y diálogos interiores.

En el otro extremo de la plaza llega una manifestación bastante grande

y ruidosa, pero pacífica, de la Confederación General de Trabajadores de

Francia, que gritan consignas socialistas contra la reforma de jubilación

que promueve el gobierno. Agitan sus banderas rojas, algunas con figuras

mitológicas del comunismo. Una de sus mantas dice: «Juntos por la

conquista de un mejor futuro». Días después vi las imágenes de los actos

vandálicos en el Centro Histórico de la Ciudad de México —durante la

marcha conmemorativa de los acontecimientos en Ayotzinapa— donde

un grupo de presuntos infiltrados hizo apología de la violencia mientras el

gobierno de la ciudad y el federal hicieron apología de la impunidad. Una

cosa es respetar el derecho a la manifestación pacífica y otra es tolerar actos

delictivos de esa magnitud. ¿Quién pondrá límites en México?

Buscar mejores condiciones de vida es un asunto que trasciende culturas,

religiones y filosofías. La obra emblemática de Saint-Exupéry debería

ser motivo de reflexión y análisis para toda la población. Encierra

símbolos que son un tratado existencial, la forma de encarar adversidades.

Más allá del sabio consejo de un zorro, más allá de la posibilidad

de ver corderos en una caja o imaginar un elefante dentro de una boa,

discutir si esa figura es un sombrero o no, de encontrar nuestra rosa y

cuidarla, tal vez necesitamos abandonar un poco al adulto que nos complica

para regresar al niño que fuimos. Quizá sólo así nuestros motivos

para protestar y destruir desaparezcan.

Viendo el grado de violencia e impunidad que tenemos en México,

se siente uno como extraviado en un desierto. ¿Dónde si no en los libros

está el futuro? Recordar a Saint-Exupéry nos viene bien: «Lo hermoso

del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo».

Quienes amamos vivir en paz estamos llamados a encontrarlo, aunque

no lo percibamos con los ojos.

FUENTE: REFORMA

 
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