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  Edición 624
  Una actitud de libertad
 
Gerardo Moscoso
   
  El optimista no posee una naturaleza definida, no puede definir su generación ni su edad, tampoco habla lenguas ni necesita viajar de un lado a otro para sentir cualquiera que sea el corazón que tiene enfrente, sea de la orientación sexual, religión, raza o partido político que sea. Al optimista también lo define su capacidad de adaptación, su universalidad, su rapidez para ofrecer soluciones en las circunstancias más variadas y con la gente más dispar. Siempre genera una solución posible, y a diferencia del charlatán o del pesimista, cada decisión tomada va acompañada de la persistencia y la conducta íntegra y congruente al precio que sea.

El optimista no se detiene hasta encontrar la mejor solución posible; la planea, la sigue y la persigue hasta obtener resultados satisfactorios. El optimismo no depende de nada ni de nadie; es, por su propia esencia, «una actitud de libertad».

Nuestra mente necesita hoy generar esperanza, ilusión y unas cuantas descargas de felicidad que puedan producir la lucidez necesaria para no resbalar y partirse la madre en estos tiempos cívicamente menesterosos.

El optimismo también tiene la habilidad para transformar con lo mínimo espacios cerrados y obscuros en amplias habitaciones llenas de aire fresco. Reparte y comparte por igual éxitos, y puede disminuir el impacto del fanatismo ciego y temible que polariza a la sociedad. Al sufrimiento le otorga la atención necesaria, pero ni un milímetro más; no se deja vencer por la adversidad porque tiene la certeza de que nada es para siempre.

El optimista es agradecido, recuerda todas las ayudas recibidas, a los amigos leales, las situaciones divertidas, los techos para refugiarse durante las tempestades. Sin embargo, extrañamente olvida con sorprendente facilidad aquello que ensombrece el horizonte, los pasados y las traiciones que pueden afligir su presente. Y singularmente, en este olvido selectivo, el optimista no padece ansiedades ni angustias: transforma el veneno en medicina. Se ríe constantemente de sí mismo, y también de aquellas cosas consideradas serias en esta vida. Se carcajea hasta de sus contradicciones, de sus defectos, casi sin problema, por ello y más, el optimismo es una medicina milagrosa.

 
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