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  Edición 623
  La verdad sobre nosotros mismos
 
Jaime Torres Mendoza
   
  A lo largo de muchas de mis colaboraciones en este espacio, he tratado ciertos asuntos que retomo con cierta regularidad, como si no tuviera más remedio que hacerlo. Pero no es así, lo hago porque la vigencia de ellos así lo exige.

Y lo hago también porque las discusiones en torno a ellos, muchas veces han dado lugar a calificaciones y descalificaciones a granel. En todo caso me gustaría afirmar lo que he dicho en otros momentos y hacer una revisión, aunque sea muy somera, de mis propias aseveraciones en lo que se refiere, en este caso, a la democracia, entendida como teoría y práctica del Estado moderno.

También porque, a partir de una actitud humilde y sensata, deseo ofrecer una actualización de mi propio pensamiento sobre este asunto que ha retomado antiguos callejones sin salida ofreciéndolos como promesas de soluciones definitivas a los problemas que plantea una sociedad y sus modos de gobernarla.

Bien, comienzo entonces.

El ambiente político del México actual, y de hace muchos años, no puede considerarse esperanzador. Al parecer (evito citar estadísticas y me apego a mi propia percepción basada en la observación cotidiana de los hechos), hay más gente que, participando de la política, sea como servidores, votantes o simple observadores, se aleja de esta categoría relacional que tanto privilegió Aristóteles.

Su distancia se debe, creo, a que la política se halla deficientemente vinculada a una ciudadanía a la que solo se le convoca con fines aclamatorios cuando así lo requiere porque hay una elección en turno. Es decir, esa ciudadanía apenas desempeña un mínimo papel en la vida pública del país, más allá del sufragio.

A mi juicio, lo que es perennemente inerrable (permítaseme el uso de este término propio de la teología para referirse a lo que no está sujeto a error, defecto o degradación) no es tanto la política en sí misma, como afirman tantos y tantos críticos, sino lo que tiene que ver con la verdad pública.

No me cabe la menor duda de que, con independencia de las muchas presiones externas (entre las cuales se destacan las gringas) sobre la política mexicana, es la falta de correspondencia entre los discursos en que trata de sostener sus argumentos de gestión, y la verdad a la que dicen aludir. Se nos miente demasiado y eso, por supuesto, mina la credibilidad en esa actividad, hoy tan desacreditada.

Entre los políticos, digamos de carrera, imperan muchas concepciones falsas sobre qué es lo constitutivo de la política. Hay quienes piensan que la política tiene que ver con la administración pública legitimada después de una elección. Es decir, puros elementos meramente litúrgicos de una democracia mal entendida que basa su razón de ser sólo en el sufragio.

Y no, por supuesto. La democracia debiera ser un ejercicio ciudadano para construir la vida y la percepción humanas, renovando en cada instante su propia percepción de la democracia a través de la cual construye su vida en sociedad.

El pensamiento político en general y la democracia en particular, deberían verse en el desafío de esas nuevas perspectivas que ofrecen una oportunidad sin par para unificar la búsqueda de sentido a la vida a través de la política.

Por “razones” históricas, la política mexicana está dominada por una megalomanía de proporciones inauditas y a partir de la cual es fácil asumirse como la poseedora de la verdad absoluta. Desde esa perspectiva entonces, es fácil crear escenarios artificiales donde caben todos los portentos. Naturalmente, en el fondo es una mentira construida con fantásticas estructuras de ilusión. Sin embargo hay algo que la sostiene en pie: numerosos adeptos y hábiles divulgadores, generalmente hostiles a la figura ciudadana.

La exigencia hacia la política es emplazarla a satisfacer la legítima demanda de una sociedad insatisfecha y urgida de verdades.

Semejante exigencia lleva a abogar por una política abierta que busque concepciones integradoras, que acentúen de manera renovada exaltar la presencia del hombre en el mundo. Este tipo de práctica conduciría a percibir el mundo prácticamente como un sacramento y al que, por eso, no se le podría mentir.

Pero en la política de nuestra época, siento que hay demasiada mentira. Lo sé porque el discurso oficial no se corresponde con la realidad que vivo a diario.

No es campaña contra AMLO, que quede claro, pero sospecho que me miente cuando el problema de los migrantes dejó de ser una cuestión humana y se convirtió en una práctica de exclusión; siento que hay mentira cuando se aborda la violencia apelando a cuestiones de sospechosa moralidad y no a decisiones de Estado; creo que hay mentira cuando el castigo a la corrupción es selectiva y adquiere viso más de venganza personal que intención de hacer justicia; no creo que sea verdad que el presidente vea una sociedad feliz, feliz, feliz…

Yo no veo tan esperanzador el panorama. El hecho de que tengamos un presidente que, según opinión de los críticos, llegó con la mayor legitimación de la historia de este país en virtud del número de votos obtenido en las urnas, no garantiza ni la existencia de una democracia (en su más estricto sentido de significación) ni la práctica de una política creíble.

El sufragio es sólo una condición de la democracia; de hecho la verdadera democracia se construye en virtud de la existencia de un ciudadano que posee, entre otras cosas, conciencia de que lo es, conciencia de los problemas vitales de su entorno, conciencia de que su participación razonada constituye el eje sobre el cual gira la rueda de la democracia, de la política y del bienestar posible.

Así las cosas, se trata entonces, de que la administración de AMLO nos hable con verdades, sin promesas ilusorias, sin discursos triunfalistas, sin ataduras al pasado. Es mejor tomar el desafío de mirar el horizonte del futuro con una concepción renovada a fin de tomar los mejores caminos desde esa percepción para contemplar a México tal como es, para situar a México en el proceso de una épica del crecimiento, para que México interactúe con la humanidad entera, sobre todo cuando se trate de reafirmar un nuevo discurso sustentado en la verdad sobre nosotros mismos.

 
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