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  Edición 623
  Los símbolos y el poder
 
Gerardo Hernández G.
   
  El uso de los colores de la bandera nacional en el logotipo del PRI, desde su fundación en 1929, menoscabó en el subconsciente el símbolo patrio más visible; los otros son el himno y el escudo. Mientras ese partido y las autoridades emanadas de él se apegaron a los postulados de la revolución, las cosas marcharon más o menos bien, pero a medida que la clase política pervirtió los principios y corrompió el servicio público, el apoyo popular se convirtió en repudio. Esa realidad, irrefutable, se expresó en las urnas el año pasado, con el entierro del «partido tricolor» y el surgimiento de una nueva fuerza política. Morena es el sucedáneo del PRI.

Los últimos mandatarios contribuyeron también al deterioro del símbolo. Sobre todo Peña Nieto, en cuyo gobierno la corrupción y la impunidad adquirieron categoría de política de Estado. Ver los colores del pabellón y el escudo en la banda cruzada sobre el pecho de uno de los presidentes más frívolos, cínicos y venales, representaba un insulto para el país. Cada 15 de septiembre, Peña, su esposa y sus hijos, cual familia imperial, salían al balcón central del Palacio Nacional para saludar al pueblo, reunido en el Zócalo; no por ellos, sino por el significado de la fecha.

Policías armados controlaban el acceso a la Plaza de la Constitución; las revisiones eran arbitrarias e indignantes. El gobierno del Estado de México enviaba acarreados para ocupar las zonas más próximas al Palacio Nacional y aclamar a su líder. Inútil, pues las rechiflas y consignas contra Peña siempre superaron a las porras. Las protestas eran por los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos («¡Fue el Estado!»), la corrupción (por la casa blanca y otros escándalos) y el mal gobierno (¡«Peña, renuncia»!). Como la presidencia estaba a cargo de la transmisión, apagaba el audio.

El entusiasmo por las fiestas patrias decayó mucho antes de Peña. En el pasado, las ciudades y los pueblos se adornaban con banderas y pasacalles; en las casas y comercios ondeaban telas tricolores; los autos, camiones y bicicletas lucían rehiletes y banderines verde, blanco y rojo. La política se apropió del símbolo y alteró su contenido. El presidente, con la banda, personalizaba a la patria, pero la nación no se identificaba con él ni con otro representante popular.

Hoy los modelos son el cantante, el artista y el deportista de moda o, en el peor de los casos, el capo de la nueva narcoserie. Hoy se ondean las banderas de equipos y se celebran triunfos tan efímeros como irrelevantes. Sin embargo, México está por encima de la política y de cualquier partido o interés. Se necesitan ciudadanos, instituciones y líderes que lo respeten y sirvan de inspiración a las futuras generaciones. El país no es culpable de sus crisis recurrentes; somos nosotros, por descuidarlo, y por nuestra falta de compromiso con la patria.

La decisión de Andrés Manuel López Obrador de limitar el uso de la banda presidencial, para descontaminar el símbolo, es positiva, pero sería más importante respetar el pluralismo político y buscar la reconciliación nacional. Si persiste en sembrar vientos, no dejará de cosechar tempestades. La legitimidad obtenida en las urnas puede perderla en el ejercicio del poder. Si AMLO desea transformar el país, debe empezar por contenerse a sí mismo y no tirar por la borda la oportunidad de pasar a la historia como estadista, no como charlatán.

 
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