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  Edición 623
  Una historia que no debemos olvidar
 
Esther Quintana Salinas
   
  En el 80 Aniversario del Partido Acción Nacional, a todos mis correligionarios, con profundo afecto y respeto.

Entre el 14 y el 17 de septiembre de 1939 se fundó Acción Nacional, fue en la Ciudad de México, iniciaron a las 11:30 de la mañana en el piso alto del Frontón México. Había delegados mayoritariamente de cuatro ciudades de la república, Tampico, Monterrey, León y Morelia. No era cualquier cosa en el México de aquellos días el nacimiento de un partido político. Se necesitaban convicciones, determinación, voluntad, inteligencia, mucha humildad, conocimiento de la realidad y valentía… ah, y perseverancia, mucha perseverancia.

Se requería —todavía— una institución política democrática y defensora de las libertades ciudadanas frente al autoritarismo del Estado posrevolucionario. Había pasado el país de la dictadura porfirista, con un corto período democrático que culminó con el asesinato del presidente Francisco I. Madero, a otra dictadura, a la de los generalotes que se «resolvían» a balazos, con la postrer «pacificación» instaurada por Plutarco Elías Calles a través del advenimiento del PNR, abuelo del PRI.

La asamblea fundacional había sido convocada por un hombre excepcional. En la personalidad de don Manuel Gómez Morín se conjugaban tres virtudes de un político de esos que se dan cada mil años, era dueño de una inteligencia privilegiada, le fascinaba el servicio público y era humilde, a las que se sumaban su preparación académica y el conocimiento de la realidad de su tiempo. Con él, don Miguel Estrada Iturbide, don Jesús Guiza y Acevedo, don Isaac Guzmán Valdivia y don Carlos Ramírez Zetina.

Gómez Morín tenía una idea clara sobre cómo atacar la profunda crisis por la que atravesaba el país en aquella tercera década del siglo XX, la venía madurando desde la época del vasconcelismo, después de aquella derrota frente al partido en el poder. Él sostenía que los males del país debían resolverse con la participación ordenada y permanente de la ciudadanía. Por eso había que formarla. Y esto quedó plasmado en el artículo 1 del Acta Constitutiva, en la que se definía que era Acción Nacional: «una asociación de ciudadanos mexicanos en pleno ejercicio de sus derechos cívicos que se constituyen en partido político nacional».

Los objetivos del partido se desglosaban puntualmente: «a) La actividad cívica organizada y permanente. b) La intervención en todos los aspectos de la vida pública de México, para lograr la realización de los siguientes principios fundamentales: 1. El reconocimiento de la preeminencia del interés nacional sobre los intereses parciales y la ordenación y jerarquización armoniosas de éstos en el interés de la nación. 2. El reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana y la obtención de todos los medios físicos y espirituales requeridos para garantizar con eficacia esa dignidad. 3. La subordinación de toda actividad individual, social o del Estado, a la realización del Bien Común. c) La educación política de sus miembros en los términos que determinen los órganos de la agrupación. d) El establecimiento, sostenimiento y desarrollo de cuantos organismos, institutos, publicaciones, periódicos y servicios sociales y conexos, sean necesarios para la realización de los anteriores objetivos, en los términos que señalan los reglamentos. g) La celebración de todos los actos, contratos o gestiones que sean necesarios para la realización de los fines mencionados».

Don Manuel tenía con claridad prístina qué quería que fuera el PAN y su papel en el poder público. Les comparto: «Para el futuro, habrá que empeñarse en una organización constitucional (…) a un gobierno que sea representación genuina de la Nación entera, a un régimen político que impida el acceso al poder por medio del fraude o de la mentira, a un gobierno que sea democrático (…) el de no admitir que una persona, un grupo, decidan sobre los destinos nacionales que sólo pueden ser resueltos por la Nación entera (…) Una Administración de Justicia limpia, autónoma, decorosa, salvaría a México de algunas de las formas peores de vejación y de atropello que manchan y envilecen la vida de la Nación (…)».

Lorenzo Meyer en su Agenda Ciudadana expresa meridianamente qué significaba la presencia en el escenario de la política mexicana de aquellos días, Acción Nacional: «El PAN se presentó en 1939 no como una fuerza inspirada en el triunfo del franquismo en España sino como una nacida en el seno de la clase media para luchar en favor de la democracia electoral y en contra la izquierda del PRM (antecesor del PRI) y de la corrupción en la esfera pública».

El PAN fue oposición franca, frontal al régimen del presidente Lázaro Cárdenas, en su Programa Mínimo de acción se leían frases así: «La opresión y la injusticia son contrarias al interés nacional y degradantes de la persona (…) Sólo pueden ser evitadas mediante el recto ejercicio de la autoridad, que no es el capricho de un hombre o de un grupo, sino que tiene por fin la realización del bien común, que simultáneamente implica la justicia y la seguridad, la defensa del interés colectivo y el respeto y la protección de la persona (…) Necesidad de la Nación es la justicia social, no la lucha de clases, y el Estado debe enfrentarse a todo desorden de la sociedad y a toda injusticia en cuanto constituyan el motivo y la causa de las luchas sociales (…)».

Hay décadas de distancia de ese ayer a nuestros días. Han cambiado los tiempos y las formas de hacer política, pero a los panistas no se nos deben de olvidar nuestros principios de doctrina y la mística, porque fueron y siguen siendo los que nos dan identidad, sin ellos ocurre el desdibujamiento y prospera, como ha sucedido, el que allá afuera nos consideren más de aquello con lo que dijimos que no estábamos de acuerdo y que había que combatirlo para transformar a México en una patria ordenada y generosa.

¿Por qué se nos olvidó que la conciencia debe triunfar sobre la apariencia? ¿Por qué dejamos de entender que ser demócrata significa sentir la responsabilidad de todo cuanto nos obliga a trabajar en pro del bien público? ¿Por qué mandamos al último cajón del olvido la congruencia que debe estar siempre presente entre el decir y el hacer? ¿Por qué —y esta es una tragedia porque es la negación misma del gran objetivo del PAN— decidimos partidizar a la sociedad en lugar de ciudadanizarla? El partido no se debe al gobierno sino a la sociedad.

¿Por qué se ha consentido a los emanados de nuestras filas, que llegados al gobierno se comporten y actúen como amos y señores de la jurisdicción a su cargo, en lugar de gestores de la empresa social del bien común? ¿Por qué se ha dado manga ancha a alcaldes y gobernadores de extracción panista para que dejen sucesores al concluir su mandato? ¿Por qué hoy se brincan de senadores a diputados y viceversa, por la vía plurinominal, y el partido lo consiente, olvidándose de que la democracia se vive en la casa, a través de procesos libres, como ocurría en otros tiempos, y que eran motivo de orgullo de la vida interna de nuestro partido?

El PAN sigue teniendo retos vigentes, como bien los apunta Juan José Rodríguez Pratts en su libro La congruencia histórica del Partido Acción Nacional, entre otros: «Vigorizar su vida democrática interna. Escuchar voces críticas. Vencer la tentación de guiarse por lo electoral». Es Necesario, así con mayúsculas, como lo subraya también Juan José: «Sujetar conductas y actitudes a los principios panistas». El partido se volvió permisivo y eso nos ha debilitado como instituto político, adentro y afuera. Tenemos que resolver lo de la casa, o nos van a volver a rechazar los mexicanos. Ya probamos su desdén.

Ahora vamos al otro ámbito, porque ahí también tenemos desafíos por delante. México, hoy día, no sólo sigue teniendo problemas graves de corrupción e impunidad, ahora también tiene que lidiar con un presidente que tiene colmillo retorcido y negro y conoce los entresijos del sistema político imperante como la palma de su mano, porque él de ahí proviene, ahí nació, se formó y aprendió a ser lo que es.

Un hombre que conoce la mecánica del pensamiento de los mexicanos, de su actuar, de su sentir, y que «sabe» como decirles lo que quieren oír, de tal suerte que goza de sus simpatías y aquiescencia, para hacer cuanto se le ocurra. Y lo puede hacer con la mano en la cintura, porque no existen contrapesos institucionales para contenerlo.

Seguimos sin entender que el entorno político cambió y que necesitamos aprender a comunicarnos de otra manera con la gente. Necesitamos hablar con el lenguaje de la congruencia, hacer nuestras sus causas y buscar soluciones para resolver las que les duelen. Y sabemos qué les duele, la pobreza y la desigualdad. La pobreza quita todo lo que un ser humano necesita para sentir que lo es y que vive como tal, y estoy hablando de salud, de vivienda, de educación, de seguridad social, de empleos con pagas dignas, y lo peor entre lo peor, la violencia y la inseguridad. Y las multimencionadas gárgolas despreciables: la corrupción y la impunidad. Y esto no se resuelve ni con promesas, ni con discursos.

El 2021 tendremos la oportunidad de cambiarle el rumbo a México, es decir, de generar el contrapeso para equilibrar a un poder ejecutivo desbordado, soberbio, muy lejos del jefe de Estado que se requiere hoy día. Llegar al Congreso con mayoría no va a estar fácil, y menos, pero mucho menos, si no empezamos a trabajar de manera inteligente y ordenada, con unidad interior, con disciplina y sobre todo en congruencia con lo que decimos que somos.

Si un día perdimos la confianza y la credibilidad de los mexicanos llegó la hora de ponernos a trabajar en recuperarlas. Se los debemos, que no nos quede la menor duda. Y también se lo debemos a nuestros fundadores y a todos los panistas de ayer que sembraron para que nosotros cosecháramos.

 
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