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  Edición 623
  De eufemismos cubanos y coyunturas peores
 
Edgar London
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  Si algo podíamos aplaudirle al gobierno cubano, desde el año 1959 hasta principios del actual milenio, era su creatividad semántica y el uso de constantes figuras retóricas para endulzar las variopintas crisis políticas, sociales y económicas que atravesó —y aún atraviesa— o para reforzar sus posiciones más radicales.

A algunas nos acostumbramos tantos que terminaron por mudar su significado. No extraña entonces que para los cubanos de mi generación, hablar de «gusanos», por ejemplo, esté más apegado a los emigrantes que a larvas de insectos. Otros vocablos resultaron realmente originales. Las «microbrigadas» con que se nombraron los equipos de trabajo dedicados —y no siempre especializados— a la albañilería. O los minimax, esos pequeños supermercados de barrio obrero que hoy parecen escenarios para fantasmas.

¿Alguien olvidólas «medallas de la dignidad» con que regresaban las delegaciones deportivas cuando comenzaron a escasear las medallas verdaderas? O, esta otra, una de mis favoritas, ¿recuerdan el término con que Fidel Castro acuñó las consecuencias de la perestroika en la extinta Unión Soviética y el desplome de la izquierda en la Europa oriental? «Desmerengamiento», sí, justo así. Se hablaba del desmerengamiento del campo socialista. Nada de cambio de régimen. Nada de capitalización progresiva. Ambos términos demasiado objetivos. Se necesitaba algo más plebeyo y denigrante. Tanto mejor si despertaba la hilaridad.

Pero el mejor, por amplio margen, fue el uso del sello «período especial» para calificar la más aguda crisis económica en el archipiélago, a finales de los ochentas del pasado siglo. Nadie que haya sufrido en carne propia esa etapa trágica podrá desprenderse de ese par de palabras que, una vez aunadas, significaron recortes de energía eléctrica por más de doce horas —en zonas rurales, por días enteros—; ausencia de combustible y, por consiguiente, fallas en el transporte urbano, desaparición notable de alimentos que conllevó a la proliferación de alternativas que, difícilmente, podrían calificarse de nutritivas; exacerbación en los índices de represión; y una proliferación abusiva de exhortaciones al sacrificio propio en aras de preservar un bien mayor —la Revolución— y que, a la postre también terminó por desgastarnos no sólo como seres humanos sino como cubanos.

Acabo de presenciarlo el 16 de septiembre, en México, Día de la Independencia para esta nación que me ha acogido como un hijo. Basta salir a la calle ese día para atestiguar casas que izan la bandera tricolor, carros que circulan por las calles con el águila devorando la serpiente, personas ataviadas con prendas simbólicas —la más común, vale decirlo, el pulóver de la selección nacional de futbol— o con las mejillas surcadas por el verde, blanco y rojo alegórico. ¿Y adivinen qué? Nadie lo hace por compromiso. No es para quedar bien con el jefe o el vecino chivato. Es por puro patriotismo y, lo mejor, es que ninguno de quien lo hace piensa en hacerse llamar patriota. Sencillamente, les gusta saberse mexicanos, les encanta demostrar que son mexicanos. Y no tienen reparos en hacerlo con una botella de cerveza en la mano mientras se marcan el pecho con su escudo nacional.

En Cuba —me duele admitirlo, pero negarlo sería sinónimo de bajeza moral— colgar una bandera del balcón usualmente pasa por un gesto de conveniencia o compromiso, rara vez por verdadero patriotismo. No sé en qué momento se distorsionó nuestro sentido de la idiosincrasia, pero la realidad es que somos una nación extraña en este sentido. Para muchos —y hablo de millones— defender una actitud anticubana es la mejor seña de patriotismo. La explicación resulta simple y posee bases semánticas. La ideología promovida por el gobierno se erigió a partir de un chovinismo extremo, donde la retórica oficial hace uso de los símbolos patrios. Si aceptamos que para esos millones antes referenciados, el gobierno es el primer y más importante enemigo de los propios cubanos, aun por encima de Washington y sus sempiternas fauces abiertas apuntando al archipiélago, entonces se comprende ipso facto el rechazo de cualquier alusión a un sentimiento pro-cubano, especialmente si éste se sustenta desde la lógica de la resistencia, el sacrificio, la abnegación, la austeridad y el próximo sinónimo que apuntale la estrategia propagandística gubernamental.

Por tal motivo me llama la atención la más reciente y absoluta falta de concordancia —insisto, desde una perspectiva semántica— y diría más, carencia de perspicacia, del discurso oficial, capaz de denominar como «coyuntura energética» el actual desabasto de combustible que sangra al país desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí.

Cada palabra, cada frase, cada desafortunada junta de la Mesa Redonda frente a las cámaras televisivas, indica que esa habilidad semántica se ha ido al carajo con Miguel Díaz-Canel o, vale decir, con Raúl Castro, porque sería demasiado iluso asumir, a estas alturas, que Díaz-Canel es quien realmente lleva las riendas del gobierno.

Si, realmente, el gobierno cubano quiere mantener, con efectividad, la vetusta estrategia de la «batalla de ideas» —a propósito, otra figura retórica usada hasta el hartazgo— le urge encontrar nuevos derroteros. Y, advierto, no se trata de encontrar palabras más frescas sino de darle un sentido, una intencionalidad, que se aparte de la relación sacrificio social-éxito personalcon que han intentado convencernos, porque ya nadie se lo cree. Si algo hemos aprendido los cubanos luego de sesenta años de revolución, es que el llamado a la resistencia a toda costa, el consabido «aquí no se rinde nadie» para defender las «conquistas del socialismo» —sí, sigo enumerando frases— sin que nos quede claro siquiera cuáles son esas conquistas, no conlleva a la felicidad individual, excepto, quizás, las de sus gobernantes.

Suelen decir en México, «verbo mata carita» para referirse al presunto éxito que un hombre puede tener al momento de enamorar a una mujer si sabe hablar bien, más allá de que sea bien parecido o feo como el demonio. A partir de esa misma lógica, el gobierno de La Habana intentará poner en práctica la versión cubana: «verbo mata hambrita»… bueno, hambrita, fastidio, enojo y decepción ante la miseria que se extiende y la promesa de un bienestar que se mantiene tangible sólo en un futuro que jamás ha de llegar, idéntico a los carteles que, en algunas cafeterías, reza: «no fío hoy, mañana sí».

Sólo cuando el gobierno cubano comprenda que su retórica ya dejó de ser convincente y el discurso político, lejos de alentar, incomoda y aburre, podrá modificar su único recurso para persuadir al pueblo y, de camino, aletargarse en el poder. Y aunque hacer es la mejor manera de decir, desafortunadamente, el anquilosamiento político en el archipiélago no permite augurar cambios así. Seguirán abusando de la retórica, la oratoria, el discurso político y social para camuflar la desidia e inoperancia que prevalece en el Consejo de Estado. Habrá que esperar a ver si lo usan con mejor tino porque este desafortunado caso «coyuntural», evocado por Díaz-Canel, lejos de aplacar el ánimo cubano, lo ha enardecido. Pésima situación para alguien que no solo ha de convencer a una nación entera de que las cosas van a mejorar sino que, realmente, es un presidente y no un títere como antes lo fueron Fulgencio Batista o Gerardo Machado.

 
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