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  Edición 623
  El primero
 
Marcos Durán
   
  ¿Ha imaginado a Isaac Newton sin documentar e imprimir su estudio acerca de la gravedad?, ¿o a Hipócrates sin sus tratados de medicina?, ¿y a Galileo sin el Diálogo sobre los principales sistemas del mundo? La difusión del conocimiento ha sido tan importante como su creación y muchos siglos antes de la invención de la imprenta y los libros tipográficos, se reproducía en forma oral o en grabados en arcilla, madera, piedra, hueso, metal, piel y en papiros utilizados por egipcios, griegos, romanos y los chinos que inventaron el papel.

Se cree que los primeros libros fueron elaborados por los romanos que cosían papel doblado entre tapas de madera; lo que fue llamado códices. Siglos después los libros se escribían a mano, lo que impulsó la vida cultural, científica e intelectual en Europa, aunque con fuertes limitaciones debido a los bajos volúmenes y escasos libros disponibles sólo para reyes y gente con recursos económicos. Las bibliotecas se contaban con las manos, destacaba la de Alejandría, que ardió según la leyenda a manos de los musulmanes alrededor del año 646.

Pero en el año 1449, una gran innovación tecnológica cambió el curso de la humanidad cuando Johann Gutenberg montó la primera imprenta e imprimió el primer libro tipográfico de la historia: El Misal de Constanza. Desde ese momento, los libros provocaron una gran revolución cultural y científica, pues los grandes tirajes facilitaron a un mayor número de personas acercarse al saber que dejó de ser un privilegio de ricos y poderosos.

El conocimiento acumulado por siglos tuvo entonces un acelerado proceso de divulgación, lo que motivó acelerados cambios en el desarrollo de la humanidad y los libros fueron, como muchos años después hizo referencia Kafka, el «hacha que rompió nuestra mar congelada».

Se estima que antes de la imprenta existían alrededor de 30 mil libros en toda Europa y 50 años después de su invención la cifra alcanzó los 12 millones. Antes del año mil 500, tres cuartas partes de todos los libros estaban escritos en latín, cifra que se revirtió rápidamente cuando se imprimieron en italiano La Divina Comedia, de Dante, y en inglés LosCuentos de Canterbury, de Chaucer. La impresión en idiomas locales provocó la disminución del uso del latín y el Vaticano lo vio como un desafío. La censura llegó cuando el papa Inocencio VIII impuso su aprobación a cada libro antes de su publicación.

Pero Roma poco pudo hacer para controlar la impresión de libros en toda Europa, incluso el éxito de la revolución de Lutero jamás pudo haber triunfado sin la invención de la imprenta.

Los libros derrumbaron mitos y muros permitiendo que millones de personas descubrieran La Ilíada y La Odisea, de Homero. El mundo conocido descubrió a través de la literatura y la imaginación el lejano oriente por Los viajes de Marco Polo y El Libro del Millón; Sherezada y Oriente Medio con Las Mil y Una Noches, y Bernal Díaz del Castillo contaba lo sangrienta que fue la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Mientras tanto, Cervantes y su Quijote soñaban y luchaban contra gigantescos molinos de viento al tiempo que Shakespeare relataba grandes romances y tragedias y, 200 años después, el hombre descubrió por Darwin la brutal selección natural en El Origen de las Especies. Fue gracias a la imprenta que gran parte del mundo pudo conocer la vida y muerte de un carpintero de Nazaret, que en su historia había muerto y resucitado al tercer día: la Biblia, el segundo libro impreso de la historia, también por Gutenberg.

Arruinado económica y socialmente, el inventor alemán moriría el 3 de febrero de 1468. Durante muchos años nadie reconocería que el hombre, cuyo Misal de Constanza imprimió una lluviosa tarde de septiembre del año 1449, provocaría un profundo cambio en la producción de libros y, con ello, las posibilidades infinitas en la difusión del conocimiento. Leer, aprender, descubrir y conocer se convertirían en la gran posibilidad de cambiar nuestra realidad y dejar atrás la oscuridad, buscando a través del conocimiento el remedio en contra de esa terrible enfermedad a la que hizo alusión Sócrates como origen del mayor mal del mundo, y origen también de todos las demás: la ignorancia.

 
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