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  Edición 622
  Escritores, personajes, ¿o todo da igual?
 
Edgar London
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  Que el personaje de una obra no es el autor de la misma, es un apotegma que no siempre resulta bien asimilado. La traslación de caracteres entre el protagonista de la obra y su creador suele convertirse en un fenómeno bastante común, donde el subconsciente de más de un lector tiende a confundir personalidades y, de camino, mezclar la realidad con la ficción.

De esta fusión no es extraño que surjan los desencantos. Un buen amigo y escritor cubano, Ángel Santiesteban Prats, refería una anécdota bastante graciosa que le sucedió durante cierta presentación literaria. En uno de sus excelentes libros, cuya base retrata y moldea la vida carcelaria —para quienes no lo conocen, Santiesteban ha estado en prisión más de una vez por cuestiones políticas— aparecen de un modo muy bien tratado y nada ortodoxo, advierto, las relaciones homosexuales entre los reclusos. Pues bien, durante una presentación de este mismo título, un hombre se le acercó para pedirle que firmara un ejemplar. En palabras de Santiesteban, el susodicho se comportaba como toda una damisela de la alta sociedad. Intercambiaron, además de libro y firma, un par de comentarios y, al finalizar, el visitante ya no pudo ocultar su desencanto. «Uy, pensé que usted era… diferente». Donde la palabra «diferente» demoró en aparecer y su pronunciación se extendió más de lo normal. Y sí. Es de imaginar. Santiesteban está más cerca del estereotipo vikingo que de la mademoiselle francesa.

No todos los escritores son Charles Bukowski, cuya relación entre vida y obra resultaba muy estrecha. Al punto de que no faltan los escépticos capaces de poner en duda la calidad de sus textos –novelas y poemas, por igual– amparados tras el argumento de que el alcohol, las drogas y el sexo proclamados en palabras y sustentados en hechos, sirvieron en su momento de excelente impulso publicitario. En honor a la esquiva verdad, se me antoja un argumento endeble frente a la monumental entrega del estadounidense, pero criterios son criterios.

Eso sí, convertirse en un escritor incómodo, la mayoría de las veces, funciona como catapulta para elevar una obra. Aunque, curiosamente, no siempre sucede lo mismo con el escritor. Por ejemplo, pensemos en Jorge Luis Borges. El argentino de prosa inigualable si bien tuvo una vida sosegada, no mantuvo una postura política que le agenciara muchos seguidores. Enemigo del comunismo y partidario de las causas bélicas, no tuvo tapujos para apoyar al dictador Augusto Pinochet, durante una visita a Chile, el 21 de septiembre de 1976, en la que recibió el Doctorado Honoris Causa, de manos del mismísimo general.

«Yo soy una persona muy tímida, pero él se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí –en Chile–, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo», fueron sus palabras en relación con la figura de Pinochet. Tales argumentos influyeron, sin duda alguna, en que jamás se le otorgara el Nobel de Literatura, a pesar de que versiones modernas explican que esto no ocurrió porque el entonces presidente del Comité del premio, Anders Osterling, consideró que el argentino era «demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura».

Y quisiera regresar con Bukowski, a quien señalé, al inicio, como referente de un escritor que vivía tal cual escribía –o viceversa–. Pocos conocen la faceta de padre de Bukowski. El alcohólico, drogadicto y mujeriego, por citar sus tendencias menos irreverentes, se transformaba por completo cuando de su hija se trataba. Devoto y preocupadísimo, les dejo una carta que a ella dedicara y que, de seguro, quien no la haya leído, quedará perplejo a sabiendas de que salió de la misma mano del mejor representante del llamado realismo sucio.

«Hola Marinita: Es tan lindo escuchar tu voz cada vez que me llamas. Tienes la voz más bella del mundo. Muchas gracias por llamarme. Me siento bien durante días y días después de hablar contigo. Y pienso que te voy a ver de nuevo y eso me hace andar. A veces cuando me enfermo pienso en ti y me pongo bien. Por favor, ten mucho cuidado al cruzar la calle. Mira para los dos lados. Pienso en ti todo el tiempo y te amo más que al cielo o a las montañas o al mar o a nada ni nadie. Por favor pórtate bien y sé feliz y no te preocupes por mí.

«Con todo mi amor, mi pequeña,

«Hank».

¿Quién lo diría? Yo no.

 
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