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  Edición 622
  ¡En legítima defensa!
 
Rosa Esther Beltrán
   
  En la última manifestación feminista en la CDMX (16.08.19) en contra de la violencia hacia las mujeres estalló la indignación y la rabia ante la inoperancia de las instituciones de justicia para actuar en su defensa.

La mayoría de la población, de las y de los opinadores condenaron los hechos y llamando a la mesura, a la sensatez y a la prudencia, pero no dieron la vuelta al cerebro para analizar por qué se ha llegado a situaciones extremas en cuanto a la violencia hacia las mujeres.

¿Qué hacen los ministerios públicos? Dilatan, ignoran, archivan los casos de violencia contra féminas; ¿qué hacen los cuerpos policiacos en general? Abusan, violan, golpean a las mujeres que caen en sus garras; nueve feminicidios diarios en el país según Naciones Unidas; de 2015 a la fecha, son tres mil 200, y de enero a junio de este año, 470. ¡Les parece poco, quieren más! No hay justicia contra estos crímenes horrendos de los que la mayoría quedan impunes.

Veracruz es la entidad más peligrosa para las mujeres, este año se registraron ya 104 víctimas, le sigue el Estado de México con 42 casos.

En la protesta citada se vandalizaron el Ángel de la Independencia, una estación de policía y el metrobús. Entramos a un tobogán peligroso, es injusto que las jóvenes, las niñas y aun las adultas mayores tengan miedo de salir a la calle de día y aun más de noche, aun estando acompañadas por temor a ser secuestradas, golpeadas, o violadas y esto se ha generalizado en todo el país y el consejo de las autoridades es «calma, protesten sí, pero de manera pacífica», pero además criminalizan las protestas cuando son absolutamente legales.

Todo el siglo XXI las manifestaciones habían sido pacíficas, imperó la tolerancia, eso no ha dado resultados, las autoridades no actúan; como dijo Alicia Pérez Duarte, exfiscal especializada en delitos violentos contra las mujeres: «la violencia se ve en todo México y las manifestaciones representan una legítima defensa, nos están matando».

Es grave el vandalismo que se presentó en la protesta feminista, pero los monumentos ya fueron restaurados, en cambio para las mujeres violadas, secuestradas, desaparecidas, asesinadas o golpeadas no hay justicia, «aguanten, aguanten», es el consejo.

El vandalismo es una forma de hacer evidente lo que se pretende ignorar, cuando se rebasan los límites es cuando las acciones tienen impacto, no hubo muertos, se transgredieron los límites, sí, pero fue una forma de hacer visible un gran problema. ¿Qué es más feroz, más bárbaro, matar mujeres y niñas o el daño a un monumento? Las reclamantes tienen razón, sus demandas y su indignación son legítimas.

Hace más de 20 años que surgió el grupo de madres de Ciudad Juárez, «Ni una más», después vino el, «Ni una menos» y el «Vivas nos queremos», y no ha pasado nada, vivimos en un país patriarcal, de machos enfermos. ¿Quién ha pensado en hablar con los hombres mexicanos, establecer una política terapéutica para sanar el machismo y ese ADN que llevan en las células y curarlos?

Creen que el machismo es «natural», y los hombres que violan, golpean o embarazan a una mujer y la abandonan siguen siendo considerados, «muy hombres», y viven tan orondos esperando la ocasión de «que venga la siguiente».

Estamos ante una pandemia, vivimos en un país que es mortal para las mujeres, quebrar vidrios, romper puertas también puede ser ocasión para abrirlas, este país ya no puede ser una fosa clandestina feminicida, misógino que odia a las mujeres y a las niñas, es preciso poner un alto y le toca a los gobiernos, porque esto se ha convertido en un problema de Estado y es su responsabilidad establecer soluciones.

Los daños al Ángel o al diablo se reparan… La mujer agredida queda de por vida herida.

La ira contra Plácido

Vivimos en un tiempo en el que ocurren situaciones increíbles, aunque no tanto, creo que exagero porque se trata de seres humanos, simplemente, capaces de lo mejor y de lo peor.

La noticia dio la vuelta al mundo velozmente, Plácido Domingo, de 78 años, uno de los más famosos cantantes de ópera que no para de trabajar, fue acusado por nueve mujeres de hostigarlas y acosarlas sexualmente.

La mezzosoprano Patricia Wulf, artista retirada de 61 años fue la única que se identificó e informó que Plácido la esperaba tras bambalinas y después numerosas ocasiones de acoso aceptó tener relaciones sexuales con él, «me rendí», dice.

Además, según las presuntas víctimas, el tenor las presionó —siendo jóvenes— para que a cambio de trabajo, mantuvieran relaciones sexuales con él y hasta sancionó profesionalmente a las que se atrevieron a negarse, una de ellas dice: «¿Cómo le dices que no a Dios?», en referencia a la fama mundial de Domingo.

La información causó conmoción porque el mundo de la música clásica ha sido considerado como algo lejano a lo popular, aparte, una cultura asociada a la elegancia, al saber, en cierta medida coligada a la virtud, pero detrás de esa mágica visión se asoma un mundo oculto, el de los abusos de poder y de los egos, donde los genios se convierten en Luzbel.

El notable tenor envió una carta en la que expresa que, «es doloroso oír que he podido molestar a alguien», calificó las acusaciones de inexactas y agregó que, «las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado». Sí, ahora, al menos las mujeres podemos hacernos visibles y exigir justicia.

Después de las denuncias de las nueve artistas, otras seis añadieron que los actos de acoso de Plácido eran un secreto a voces y se multiplicaron las denuncias de músicos y tramoyistas de las conductas impropias del tenor que perseguía a las jóvenes impunemente.

Las víctimas exigieron el anonimato aunque también expresaron que el movimiento MeToo las animó a hacer públicos los hechos para terminar con este tipo de conductas son las que apuntan hacia el fin de la impunidad ya que han surgido otras denuncias en el mundo de la música clásica, aunque es un sector opaco en el que impera el machismo y la inestabilidad laboral, subrayan académicas españolas.

Por si fuera poco, Norman Lebrecht, director de orquesta, señala que «la relación entre batuta y pene es más poderosa de lo que muchos maestros estarían dispuestos a admitir» (El País).

La directora de la Sociedad Incorporada de Músicos (ISM, siglas en inglés) Deborah Annetts, declaró que esta cultura tóxica del área de la música clásica debiera ser protegida por un código de conducta para todo el sector, porque con el caso de Plácido se manifestó como el «escondite de depredadores sexuales».

A causa de las acusaciones de acoso sexual en contra de Plácido Domingo, la Asociación de Orquestas de Filadelfia canceló el concierto programado para septiembre y La Ópera de los Ángeles, que él dirige desde 2003, anunció que ha abierto una investigación sobre el caso; también la Ópera de San Francisco canceló el concierto que iba a ofrecer en octubre, y la Ópera Metropolitana de Nueva York ha señalado que mantiene a Domingo en su programa para septiembre, octubre y noviembre, igualmente los teatros europeos Royal Opera House y la Ópera de Viena, sostienen las actuaciones del tenor.

¿Qué sigue en este capítulo tan fuerte para la vida privada y artística de Placido Domingo? El desprestigio ha sido brutal aunque es muy difícil esperar que la justicia ampare a las denunciantes a 30 años de ocurridos los hechos.

 
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