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  Edición 622
  Aconteceres de la historia y del día a día
 
Carlos Manuel Valdés
   
  Para poder calificar una etapa temporal con cierta seguridad se requiere del paso del tiempo: al menos 30 años. Es una distancia suficiente como para dejar de lado la subjetividad o los intereses particulares, que son normales en cualquier ser humano.

Eso es lo que el oficio de historiador considera. El de periodista es inverso, pues lo que se espera de él es la información del momento, de lo que sucede, no de lo que sucedió. Si escribe en un «diario» está obligado a pensar en lo cotidiano, que a la vez es lo efímero. En efecto, un periódico normalmente va a la basura después de leerlo. Nadie tendría lugar para acumular tantos papeles cuyos temas perecen con rapidez. Es la oportunidad de hacer felices a los papeleros.

Informo que en Saltillo tenemos una de las mejores hemerotecas del norte de México, que no sólo guarda periódicos de la localidad: los hay de España, Francia, Italia, Estados Unidos… o Monterrey, Puebla, Guanajuato. También periódicos de Coahuila desde 1841. Cuando Carlos Monsiváis visitó el Archivo Municipal se asombró de ver revistas de la Ciudad de México que nada más había conocido en colecciones particulares, sobre todo algunas de los primeros años del siglo 20. ¿Me estoy contradiciendo al afirmar que los periódicos son efímeros, pero que hay que guardarlos?, de ninguna manera: en el Archivo están para ser consultados por la población. Ejemplifico: en una «Gaceta de México» de 1782 —si no me engaña mi memoria — apareció la noticia de que los tobosos atacaron Parras. Para eso sirve una hemeroteca.

Entonces, ¿podemos creer en las interpretaciones periodísticas del momento? Sí y no. Noticias que escuchamos en un canal televisivo se contradicen en otro. Son tan discordantes que no puede uno creer que hablan del mismo hecho, el que sucedió ese día o el anterior. Lo referente a Emilio Lozoya es inteligible porque todos sabemos que recibió dinero de Odebrecht. Lo contrario sería ilógico porque esta empresa brasileña corrompió a funcionarios de al menos 11 países. En casi todos se ha castigado a quienes recibieron sus sobornos, menos en Venezuela y México. ¿Será que ahí no hubo corrupción? La hubo y hay pruebas. Leí a alguien que se quejaba de haber inculpado a la madre de Lozoya, «una viejecita linda». Es que la ley no es para varones, es para ciudadanos.

Me asombra que se acuse a Andrés Manuel López Obrador de estar llevando al país a la debacle. Toda la información que se está apenas conociendo conduce a la certeza de que este mandatario recibió un país en ruinas. Y quien lo llevó a la orilla del abismo se llama Enrique Peña Nieto.

Dije antes que se requiere de una sana distancia para opinar, pero ahora los hechos se nos han echado encima y ni siquiera nos permiten volver la vista atrás. Lo digo al recordar que Rosario Robles Berlanga, a la que se apodó con orgullo «paisana» porque sus ancestros eran de Arteaga, nos obligó a repensar el dictamen. Rosario era diferente de Peña, Videgaray, Osorio Chong y los demás. Fue maoísta desde jovencita y coincidió en esa orientación con Raúl y Carlos Salinas de Gortari. Y los tres, al tener acceso al poder político, que conduce al económico, se corrompieron. Sus ideales socialistas se fueron a la basura, ¿o son ellos los que están en el basurero de la historia?

De manera que el periodista tiene un papel difícil. Primero ser serio y segundo ser claro y bien informado. ¿Cuántos historiadores han sido asesinados?, no recuerdo ninguno. ¿Cuántos periodistas?, hasta el día de ayer 150. ¡Vamos, ni siquiera Afganistán o Siria nos ganan el primer lugar mundial!

Las noticias son efímeras, pero se acumulan y convierten en datos que crean un acervo que se transforma en algo sólido, amplio, de larga duración. Las pillerías de Peña Nieto transformaron el país. Nos dejó en ruinas. Todos deseamos que López Obrador tenga algo más que ocurrencias. Al parecer lleva un buen ritmo, al menos en la persecución de los corruptos. Estaremos listos para aplaudir el encarcelamiento de Deschamps, Robles, Lozoya, Videgaray. Tal vez Ancira sea el más chiquito de todos y es el único detenido. Queda el chihuahuense, el nayarita y no pocos coahuilenses. Hay tela de donde cortar y todavía quedan celdas vacías.

 
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