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  Edición 622
  En su mundo…
 
Esther Quintana Salinas
   
  Gianni Vattimo, el último gran filósofo italiano de estos tiempos dice, y dice bien que: «Los políticos han reivindicado el derecho a mentir en nombre del interés general». Verdad, verdad. Por ello, si atendiéramos a nuestra investidura ciudadana estaríamos pendientes de vigilar y controlar desde el ámbito social el funcionamiento de lo público, nos ocuparíamos de estar bien informados y activos, incidiendo en la protección de los intereses públicos y generales que nos afectan de manera positiva o negativa. Nos quejamos y mentamos madres a la corrupción que infesta el sector público, pero no hacemos gran cosa para pararla en seco, si ejerciéramos la sanción social, el señalamiento al respecto, como gobernados que somos, es bien factible que eso hiciera la diferencia en la lucha contra semejante gárgola y entonces sí estaríamos en posibilidades reales de cambiar la historia que nos acongoja.

La corrupción es un lastre que se lleva a la mala, oportunidades de desarrollo, de crecimiento y de prosperidad. La corrupción en lo público se refleja en la economía del país; se engulle la confianza en las instituciones del Estado, gesta y promueve desigualdad entre la población, se ayunta con su hermana la impunidad, y eso vuelve a una sociedad desconfiada y escéptica. Y nosotros estamos fritos, porque particularmente la sociedad mexicana, en lo general, no lee, no se informa, y esto acarrea una vulnerabilidad enorme, porque al no tener conocimientos es presa fácil cuando de «ajustar» verdades se trata.

El desempeño de Andrés Manuel López Obrador desde su llegada a la Presidencia de la República viene caracterizándose por dos elementos que salen a relucir a mañana, tarde y noche: la demagogia y la incompetencia. Lo peor es cuando la incapacidad abrumadora y la manipulación permanente se estrellan con una realidad en la que la complejidad de los problemas demandan tomar decisiones bien informadas, racionales y rápidas, partiendo de que un problema no se solventa por arte de magia, y que con frecuencia hay que limitarse a encauzarlos de la manera menos mala posible. Por otro lado, sus acciones y su discurso dejan de manifiesto su compulsión enfermiza por el electoralismo, ya llegó al poder tan largamente soñado y ahora tiene que mantenerlo tope en lo que tope y cueste lo que cueste, lo gritan sus políticas clientelares aplicadas a raja tabla. Hay una exhibición permanente de la inmoralidad de un Ejecutivo que presume de humanitario, de honesto, pero que en realidad hace negocio electorero, politiquería, bajo el embozo de la solidaridad. Así se vende a un pueblo enfermo de desconfianza y de hartazgo, que necesita creer en un iluminado que ha venido a resolver toda la problemática de un país que ha tolerado perseculaseculorum la corrupción y la impunidad, y que hoy le están cobrando esa dejadez, ese empecinamiento en no asumir su adultez ciudadana.

México es un país lastimado, burlado por la deshonestidad de quienes han ocupado cargos de responsabilidad pública y se han servido de los mismos. De ahí su «necesidad» de creer en «salvadores» mesiánicos que le digan lo que quiere escuchar, que le ofrezcan fórmulas mágicas para la solución de los problemas. Del mismo tamaño suelen ser también las decepciones cuando, tarde que temprano, esos «justicieros» —ahora que tan de moda está el término— se muestran como en realidad son: sinvergüenzas, inconscientes y cínicos. Son más, pero así le dejamos. El gobierno que capitanea López Obrador tiene incompetentes y sinvergüenzas, algunos impresentables, probados vividores, provenientes del régimen que según él, vino a aniquilar. Es la simulación que apuesta a la desmemoria endémica de los mexicanos.

López Obrador ejerce un liderazgo errado, dañino, como todos los de su tipo. Es autoritario, absolutista, soberbio. Está rodeado de una burbuja en la que privan los incondicionales, los que tiemblan solo de pensar en decirle la verdad, y un «no señor, está usted equivocado». Quienes se han atrevido, ya sabemos el destino que han corrido. O corren o los corren. Cuando a Thomas Jefferson, presidente de Estados Unidos, uno de los hombres más brillantes que han ocupado ese cargo, le preguntaban qué opinaba de su gabinete, su respuesta era: «El más tonto soy yo». En un escenario así los vacíos de poder se van cubriendo con lo que sea, sobre todo con improvisación y mentiras. Es cierto que ganó abrumadoramente las elecciones, pero en el país la inseguridad va a la alza, y el populismo, como lo apunta Vargas Llosa, comienza a carcomer la economía. Pero el presidente, su séquito de adláteres y sus fanáticos seguidores, transitan en el mundo a la medida que el «prócer» les ha construido. México tendrá un antes y un después con el advenimiento del caudillo…

Por eso, quienes no moramos en el olimpo pejista, tenemos una gran responsabilidad a cuestas. Don José Ortega y Gasset, el brillante ensayista y filósofo español, apuntaba que una de las grandes diferencias entre un ser humano y un animal era la memoria, particularmente la que se guarda cuando se yerra, para no repetirlos. Decía que por eso los tigres, eran exactamente igual que sus ancestros de 5000 años atrás. Pero el hombre marcó la diferencia porque sus errores lo ayudaron a aprender de ellos para no cometerlos otra vez. Por su lado, los pensadores del racionalismo crítico, aseveraron que además de ilustrarse de los hechos pasados, comenzaron a aprender a planear el futuro, no porque lo adivinaran, sino porque se enseñaron a desechar lo que no servía. Asimismo, gracias al lenguaje, pudieron desarrollar dos instrumentos muy valiosos para su adaptación biológica, la crítica y la aceptación de la crítica. La crítica hacia sí mismos, pero especialmente la recibida de otros, convirtió el error de un desastre en una ventaja, y a partir de ahí, fueron encaminándose, con avances y retrocesos a la era de la razón. Esa racionalidad le permitió al hombre finiquitar las ideas equivocadas en su mente, antes de llevar a cabo una acción, y de esa forma evitar verbigratia, una muerte prematura, o reducir riesgos y peligros.

Los mexicanos seguimos sin aprender de nuestros errores, 30 millones se tragaron la misma dosis de lo mismo. El presidente es mexicano y a todas luces se niega a aprender. Tiene debilidad por sí mismo, se cree lo que dice, nomás porque lo dice él y odia las críticas. Además miente, pero eso no importa, él es el caudillo, el hombre fuerte de México. Ejemplo, en su informe del domingo 1 de septiembre afirmó que hoy — bajo su batuta — el poder político y el poder económico transitan en cuerdas separadas. No hay tal. Es la misma farsa, no hay horizontalidad, él está arriba y los empresarios han aceptado su papel de música y acompañamiento. El domingo 1 de septiembre ahí estaban Slim, Larrea y Harp, aplaudiendo como focas, festinando los acuerdos del «gana, gana». Se repite el sempiterno ritual. «Business son business», al diablo con todos los insultos y las burlas que les recetó cuando se le cuadraban a los anteriores.

Afirma con su tono socarrón todos las mañanas y en donde se le atraviese, el resto del día, que ya no hay corrupción porque se está barriendo de arriba para abajo….Que caradura. ¿No es corrupción pasarse por debajo de las extremidades inferiores la ley, haciendo adjudicaciones directas, cuando se mandatan las licitaciones públicas? El 76% así se han hecho. Hay un listado de promesas incumplidas, igual que las que hacían sus antecesores. ¿Y qué? Al cabo que al respetable no le importa. Los mexicanos no tenemos memoria. En pejelandia, la lucha contra la delincuencia organizada —porque esos sí que lo están— va de gane, aunque la propia información de su gobierno, diga lo contrario. Cancelar Texcoco fue un acierto, por el ahorrote que nos representa, aunque la inversión fuera autofinanciable. Pero la afirmación que no tiene abue… perdón, parangón, es la de que ya se restableció el Estado de Derecho… ¿Cómo? Los legisladores de MORENA, partido de su propiedad, acaban de hacer tiritas la ley en el Congreso, para mantenerse en la directiva.

La inseguridad es lo que más duele en este país, pero no he escuchado al presidente hablar sobre reforzar las tareas de inteligencia, afinar sus sistemas y sus redes, emprender una campaña efectiva que estimule la cooperación de la sociedad para mantenerse alertada y protegernos entre todos, incluyendo garantías a denunciantes, estímulos a cooperantes, fortalecimiento de redes de seguridad ciudadana y enseñanza sobre comportamientos o acciones sospechosas o peligrosas. Él solo repite y repite los temas de su prédica consabida, que su gobierno es austero —ya sabemos en qué radica su austeridad, en crear programas sociales sin reglas de operación y entregándole el dinero sin intermediarios a los beneficiarios y sin llamar a cuentas a los que corrompieron tales beneficios—, a no entrometerse en decisiones de órganos autónomos… qué poca vergüenza… Ah… y con una recesión económica anunciada, que por supuesto también niega.

En fin, hasta hoy lo que veo es el afianzamiento del presidencialismo, más canino que nunca. Y tampoco me extraña, él proviene de ese sistema. Nadie da lo que no tiene. Estamos retornando a un centralismo a ultranza. La democracia para López Obrador es un incordio. El diálogo está erradicado, él adora los monólogos, como todos los dictadores.

¡Que viva México!… pero, ¿cómo?...

 
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