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  Edición 621
  Tiempo de incertidumbre
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Este es el tiempo de las incertidumbres. No lo digo yo. Edgar Morin, entre otros muchos pensadores contemporáneos, consideran que la mayor aportación del conocimiento del siglo XX consiste en haber captado con una enorme lucidez los límites del conocimiento.

Esta incertidumbre, que bien podríamos llamar sin reparos, epistemológica, no es sino el resultado de un larguísimo proceso, porque ha tenido que pasar el pensamiento moderno para llegar a esa conclusión.

Hoy, dice Karl Popper, para corroborar lo anterior, no podemos estar absolutamente seguros de nada. La incertidumbre epistemológica, pues, es una realidad. Pero la ciencia no se echa a llorar sobre ese mar de incertidumbre; la tendencia posmoderna, en opinión de José María Mardones, es aceptar la urgencia de «aprender a navegar en el océano de la incertidumbre, aunque descubramos archipiélagos de certezas».

Pero si incertidumbre epistemológica tenemos, la incertidumbre cultural no le va a la saga. La cultura global de nuestro tiempo marcha en justa correspondencia con la incertidumbre del conocimiento.

Hoy la cultura contemporánea nos plantea como exigencia el reconocimiento de la diversidad y el pluralismo. Así, nuestras visiones particulares del mundo, junto a nuestras creencias y comportamientos, quedan relativizados al ser apenas unas posibles cosas entre muchas otras.

Con todo eso, lo que está a la vuelta de la esquina es la zozobra, pues la atmósfera cultural en la que el individuo, en la que es educado y es socializado, es un universo despojado de toda tradición. El problema, por supuesto, son las consecuencias. Los que saben de esto lo llaman «vivir sin nostalgias»; es decir, al margen de la memoria de todas las grandes cosmovisiones y las explicaciones críticas sobre el sentido de la realidad.

Tanto la incertidumbre epistemológica como la cultural son palabras mayores, en efecto. Sin embargo la incertidumbre de mayores riesgos es la incertidumbre social. Inscrita en el orden de los descubrimientos, surge cuando el hombre de la modernidad contemporánea se da cuenta cabal de que este mundo, construido por el ser humano como su hábitat —con todas las implicaciones que el término tiene—, se ha vuelto sumamente peligroso para el hombre que lo construyó.

Todavía es válido el concepto sociológico para denominar a la sociedad como casa protectora, misma que ha sido históricamente el refugio natural del hombre frente a las amenazas que, generalmente, venía desde el otro lado de la frontera de la sociedad.

Con un sobresalto, casi de pavor, el hombre moderno ha descubierto con un estupor creciente que el mundo social construido por él mismo, incuba todos los peligros que entrañan, incluso, la destrucción total de la estructura social que ha levantado.

Es un hecho consumado, conocido por todos, que la salud, la alimentación, la educación, la recreación, el empleo, el mercado, y otros elementos de la estructura social, se han vuelto peligrosos y difíciles de combatir.

El enemigo está en casa; somos sociedades enfermas, tenemos carencias alimenticias, nos formamos en un sistema educativo hecho trizas, sin visión, sin planes, nuestra recreación está lejos de lo lúdico creativo, el mercado nos devora, amén de otros problemas como la contaminación o la destrucción de la naturaleza.

Vivimos, pues, en una sociedad de riesgo. Y una sociedad de riesgo produce miedo, desconfianza e incertidumbre porque se vislumbra lo peor. Se genera una devastadora conciencia de la contingencia. Todos saben que nadie tiene el control de la economía, de las finanzas, de la ciencia, del militarismo, de las fuerzas productivas descontroladas…

Es decir, el mundo se le va al hombre de las manos porque ya no cree en una sociedad racional y humana.

Este escenario globalizado, aplicado a México, es catastrófico. Yo veo a una sociedad mexicana sumergida en la más profunda de las incertidumbres. Todos los días convivo con cientos de alumnos, es decir, pueblo que me hala de sus carencias; adquiero bienes de consumo en las pequeñas tiendas de barrio, es decir, pueblo porque no me alcanza para ir a los grandes supermercados; me desplazo en el servicio de transporte público, es decir, entre el pueblo porque mi salario no alcanza para adquirir un automóvil; mis hijas se enferman y acudo al Seguro Social o al ISSSTE, es decir, a los hospitales del pueblo donde no hay médico ni medicinas —amén de lidiar con la burocracia infame que los administra—… Y todo eso me produce una enorme incertidumbre en la sociedad de miedo en la que vivo.

Por eso me asusta y me disgusta, la afirmación de fantasía que el presidente de la república hace frente a los medios de comunicación por las mañanas cuando se convierte en dios. No veo que el pueblo sea feliz, feliz.

Y me asusta y me disgusta porque me pregunto ¿qué clase de realidad verá el aprendiz de dios que nos gobierna? Sé que el presidente construye la realidad con los otros datos que siempre tiene al alcance.

Desde esta tribuna quiero extenderle una invitación para que se acerque al verdadero pueblo, no al pueblo que le acarrea su partido; quiero verlo solicitar una consulta en los hospitales y luego esperar a que haya medicamentos; quiero verlo en esas realidades donde yo me muevo.

Mi vecina, doña María, espera con incertidumbre a que pasen los seis meses que le dio de plazo el ISSSTE para programar una cirugía, mientras tanto, muere lentamente; Ernesto, de quince años, dejó la secundaria para insertarse en el mercado de trabajo y llevar algo de dinero a su casa; mi hija perdió su empleo la semana pasada… ¿sigo?

No, señor presidente, no veo a un pueblo feliz, feliz. Yo también tengo otros datos. No tengo ánimo para exigirle al señor presidente nada, pero me sueño con que este gobierno diseñe estrategias para el tiempo de incertidumbre, que empiezan por aceptar la complejidad de nuestro mundo y de la realidad que hoy nos domina.

Desde el gobierno debe entenderse que nos movemos en un ingente espacio social donde la historia marcha sin detener su paso llevándonos directo a un abismo que no tiene fondo. Porque para allá va este país, señor presidente, al abismo.

 
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