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  Edición 621
  ¡Pobre Granada!
 
Marcos Durán
   
  Al estallar la Guerra Civil española y luego de la caída de la Segunda República, España era un país dividido en dos bandos: fascistas y comunistas. Al triunfo del generalísimo Franco, el régimen inicia la persecución del bando opositor; en especial, quienes habían combatido no con armas de fuego sino con otras más poderosas, esas a las que hizo alguna vez referencia el escritor inglés Edward Bulwer-Lytton cuando dijo: «La pluma es más poderosa que la espada».

Sensible a la crítica, intolerante e irascible, al generalísimo le incomodaba cualquier persona o crítica que llegaba a disentir de su gobierno. Fue así que los falangistas convirtieron en objetivos a varios poetas e intelectuales españoles. Algunos alcanzaron a huir y llegaron a Francia y México destacando León Felipe, Luis Cernuda y Luis Buñuel. Otros no tuvieron esa suerte y fueron muertos, entre ellos Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca.

Miguel de Unamuno, que al inicio de la guerra apoyaba a Franco pues creía podía ordenar al país; pronto se arrepintió al darse cuenta del giro represor e intolerante que había tomado su régimen. Unamuno fue encarcelado y llegó a decir: «Venceréis, porque tenéis fuerza bruta, pero no convenceréis, porque os falta razón y derecho».

El poeta sevillano Antonio Machado vivió y combatió la brutalidad de la guerra civil española en donde republicanos y conservadores se enfrentaban hasta la muerte. Laicos y católicos, hermanos peleando por un mismo país dividido por creencias políticas y religiosas. Ante la persecución que amenazaba su vida, Machado hubo de exiliarse y huir de su amada España. Murió en Collioure, donde le cubre el polvo de un país vecino. Machado fue el autor de Campos de Castilla con obras como La Saeta, Españolito y Cantares poema que popularizó el soñador de pelo largo.

Miguel Hernández fue encarcelado, donde murió de tifus. Su delito fue criticar al franquismo y componer que «Para la libertad se sangra, lucha y pervive». En prisión recibe una carta de su esposa, quien le cuenta que ella y su hijo apenas de brazos, solo tienen cebollas para comer. En respuesta escribe Las nanas de la cebolla que dice: «En la cuna del hambre mi niño estaba, con sangre de cebolla se amamantaba. Tu risa me hace libre, me pone alas, soledades me quitan, cárcel me arranca».

Pero quizás el más famoso de los poetas españoles fue Federico García Lorca, cuyo talento literario estaba comprometido con la democracia que construía la República. Autor de Verde que te quiero verde, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y tantos otros versos tan populares que lo mantienen vivo. Los romances del poeta fueron escandalosos entre ellos con Salvador Dalí.

García Lorca de quien el pasado domingo 18 se celebró un aniversario más de su muerte, tenía una inteligencia y prosa sobresaliente, pero era sobre todo un hombre atormentado que sufría de una tragedia existencial; un poeta y dramaturgo con demonios interiores, pasiones y caídas.

Asesinado cobardemente en 1936, desde entonces sus restos se encuentran desaparecidos, pero hace algunos años, fueron revelados documentos que arrojaron al fin luz sobre la verdad de lo sucedido: García Lorca fue fusilado por su condición de comunista, homosexual y masón. Eso quedó asentado en un documento oficial que fue descubierto y que aclara, después de más de 80 años, la verdad de la desaparición y destino final del poeta granadino, víctima de la represión franquista.

El poeta jamás fue ajeno a los problemas sociales y escribió: «El día que el hambre desaparezca va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad», y en sus cuadernos de Nueva York sentenció: «Yo denuncio a toda la gente que ignora a la otra mitad».

Tiempo antes de morir, Antonio Machado escribió el más famoso poema sobre el granadino: «Se le vio, caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. Mataron a Federico cuando la luz asomaba. El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto cayó Federico, sangre en la frente y plomo en las entrañas. Que fue en Granada el crimen sabed ¡pobre Granada!, en su Granada».

 
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