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  Edición 620
  Verdad absoluta
 
Francisco Aguirre Perales
Twitter: @aguirreperalesf
   
  Algunos políticos, casi todos, sobre todo los que son cabeza de un nivel de gobierno, cuando acceden a los puestos ejecutivos se despojan de la bondad y humildad adoptadas en sus campañas. Ya en funciones se conducen con prepotencia y arrogancia, y confunden lo que es mandar con gobernar.

Ya pontificando desde la cúspide del triángulo de mando, enfrentan la cotidianidad tomando una postura como propietarios de la verdad, y a quienes los contradicen los opacan espetando respuestas con sello de veracidad axiomática, es decir, no se necesitan explicaciones, ya que las respuestas no dan lugar a dudas.

Las relaciones entre el gobierno federal y algunos medios de comunicación han tocado las lindes de engendrar conflictos que concluyen en posiciones de riesgo, pues se encuentran en dinámica de choque y se pueden dar resultados nada deseables, por la postura oficial alejada de la tolerancia, pues se ve que es por falta de posibilidades reales de demostrar el desempeño de un trabajo bien estructurado, y que en muchas ocasiones fallan por carecer de herramientas debido a escasos conocimientos sobre los asuntos sustantivos que inciden en la marcha del país.

La imparcialidad y veracidad, se supone, son características que deben acoger los medios por más comprometedoras que sean las noticias que divulguen; pero se trasluce en forma subyacente que este sector se divide en dos partes: los que aprueban los dictados oficiales por más que suenen descabellados, y los que trasmiten las noticias como se producen por más cáusticas que sean.

Los medios constituyen otro frente que se ha abierto, como el sector intelectual, el industrial, el de la construcción, el de la cultura, en fin, de todos los gajos del abanico del que está constituida la actividad que impulsa nuestra nación.

El poder público nos envuelve en una dinámica que nos empuja a vivir en el pasado, pues las referencias sobre el anterior régimen son inacabables, argumentado que dejaron vacías las arcas nacionales, y aun así no proceden contra los que dicen fueron unos saqueadores, cayendo en omisión, lo que confirma el pacto de no agresión que se dice se convino, o cuál es la razón de no actuar si aseguran que se cometió una serie interminable de delitos.

El país está envuelto en innumerables problemas por una conducción que se empeña en no delegar, en donde las decisiones se toman en forma unilateral como si fuera patente de corso sin que nadie tenga derecho a contribuir con sus opiniones, sobre todo los miembros del equipo de primera línea que con toda seguridad saben más de las diferentes áreas del quehacer público.

Estamos en el noveno mes de administración federal y los datos reales, no los otros datos, hablan de un crecimiento raquítico del 0.1 % publicado por el INEGI —del que dudaba de la certeza cuando informaba un crecimiento negativo y ahora lo celebra— lo que nos sigue llevando a niveles de suma preocupación que se traducen en desaceleración económica que amaga a las clases más desheredadas, y en la que la clase media está en riesgo de contribuir a engrosar las filas de los desposeídos.

El avance de los países es empujado por verdaderos líderes que luchan por sus pueblos, los que gobiernan, no que mandan, pues mandar es una forma de ejercer el poder mediante imposición sin considerar opiniones. Gobernar es consensuar con el pueblo e incluso con la oposición, sin llegar a arrogarse un sitio delirante, o de lo contrario seremos espectadores de un fracaso.

De igual forma necesitamos líderes políticos que por sus cualidades sean bien vistos y aceptados por la ciudadanía de manera que encuadren en lo que dijo Churchill al pronunciar que «un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable».

Se lo digo en serio.

 
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