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  Edición 620
  Drama y terror
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Aún el pensamiento filosófico más agudo no coincide —o por lo menos casi nunca lo hace— con la realidad real, la cual se sujeta siempre a las circunstancias que la construyen, a las presiones que la modifican, y a la influencia de acción de los imponderables.

El pensamiento todo, surja de la filosofía, de la ciencia o de la religión, constituye un núcleo de verdad hecho a base de la lógica más incontrovertible, de la razón pura en términos kantianos y de las expectativas de esperanza más profundas que se basan tanto en la ética como en la moral.

Pero la realidad, esa donde cada quien se instale, construye el universo de lo absurdo, de los intereses políticos más obscenos, porque urden la trama de sociedades hechas a la medida; un universo donde el atropello al derecho de terceros es ley.

Esa, y no otra, es la realidad mexicana, que ha elaborado su propia lógica en donde queda muy claro que el capital, además de riqueza, genera poder, impunidad, gracia, perdón, grandeza y santidad.

Si no lo cree, échele un ojo a los grandes ricos del país a los cuales sus pesos les han generado otro tipo de ganancia: poder, que traducido a la práctica deviene siempre en impunidad, aunque hayan agotado el catálogo de crímenes que la más perversa de las mentalidades hubiera concebido jamás. No importa, al cabo con tanto dinero y poder hay gracia para alcanzar el perdón y construir una grandeza que desemboque en la santidad.

Pero también dirija su mirada a los otros, a los muchos que por ser tantos no tienen rostro y permanecen en el anonimato, pero que son los depositarios de todos los males puestos en práctica por los del poder —para usar una frase del protagonista de las mañaneras—.

¿Acaso no asocia esto a la necesidad urgente de un proyecto de una humanidad realizada precisamente en un tipo de experiencia, promovida desde nuestra cuarta transformación, donde la experiencia de inhumanidad y deshumanización han sido, desde aquellos acuerdos de los famosos aranceles, los más atroces que grupos humanos hayan pasado en nuestro país?

En el asunto migrante hay un problema mucho más de fondo que los intereses de frontera, es una cuestión de liberación, es una cuestión humana que exige la dinámica de un proyecto social que considere metas como las siguientes, aunque parezcan una utopía.

Cualquier gobierno debería imponerse como obligación luchar por construir una sociedad donde la libre realización de cada persona sea condición de la libre realización de la comunidad a fin de hacer realidad los valores de justicia y libertad de una sociedad movida por aspiraciones de igualdad.

En el conjunto de acciones de una autoridad gubernamental, impuestas como norma de práctica común, debiera ser, en efecto, la libertad de los ciudadanos, o se corre el riesgo de convertirse en una dictadura burocrática del partido gobernante. Y frente a ello, todo lo que se oponga a sus intereses carece de valor, incluida la libertad, en su sentido más teórico y general hasta su expresión más práctica en la vida cotidiana.

Hay que ser más serios y críticos de la realidad. ¿Por qué nuestras autoridades no reflexionan de otra manera? Porque resulta claro que, si el migrante ha decidido abandonar su lugar de origen, se debe a que, en su experiencia de felicidad, de plenitud y de sentido, han perdido vigencia tanto su presencia práctica como su repercusión en su conciencia humana. Es decir, ya no son nada, por tanto, no hay significación que lo reintegre a la libertad para ser. Es necesario formularse otras metas. Y su formulación, por cierto, impactan en las decisiones de los gobiernos y exigen una atención equilibrada, mesurada y normada por la inteligencia.

Aunque formuladas así, esas metas parecen inaccesibles al ser humano, pero son las únicas que al hombre le merecen el nombre de humanas y de su inaccesibilidad no se desprende su rechazo, sino, en todo caso, permiten decir que todo el esfuerzo hacia la construcción de una sociedad y un hombre nuevos, es el lugar que se merece la historia de la sociedad y del hombre contemporáneo.

A esa meta, aparentemente inaccesible en la historia de la humanidad, es a la que debiera aspirar todo gobierno. Ese impulso creador debiera ser el gran motor que eche a andar las acciones de un gobierno que persigue la cuarta transformación. Y debiera serlo porque le es necesario al hombre y al ser humano. Le es necesario a los pobres, a esos a los que se refiere el presidente todos los días en las mañaneras.

Sin embargo, regodeándose en la autocontemplación y el autohalago, el presidente y su corte de serviles mantienen el espejismo de una realidad sostenida por otros datos, totalmente ajenos a los que tejen la trama de una realidad cotidiana llena de dramas y terrores.

Porque drama y terror es la realidad cotidiana de los migrantes. Por primera vez en su historia el Estado mexicano se convirtió en persecutor implacable. Sus políticas de Estado, para granjearse la simpatía del gobierno gringo, convirtieron a México en un Leviatán, en la concepción de Hobbes, o un ogro filantrópico en la concepción de Octavio Paz.

Por primera vez tenemos campos de concentración en territorio mexicano, por primera vez se creó un cuerpo policial, llamado Guardia Nacional, para perseguir a los migrantes, se ha vuelto a poner en práctica —al más puro y viejo estilo priísta— la mala costumbre de «sembrar» armas a los migrantes para hacerlos pasar como criminales y, de paso, crearles la imagen de peligrosos, como ocurrió recientemente en Saltillo, donde la muerte de un migrante centroamericano puso en evidencia lo anterior, además de la indiferencia de las autoridades de todos los niveles, incluido el presidente mismo quien encabezó la postura de no responsabilizarse de estas acciones.

No, el asunto migrante no es una cuestión de fronteras, de poder político y económico, es una cuestión humana. Si es humana, entonces es sagrada. La liberación humana, en efecto, posee aspectos de salvación divina. Vista así, es posible reformular los argumentos políticos, económicos y poder en torno a los migrantes y verlos como parte de la realización de la comunidad humana en el seno mismo de la comunión divina.

Es cierto. Es una utopía. El gobierno de la cuarta transformación está lejos de pensar en el bienestar para todos, aunque a diario promulgue este discurso que suena ahora tan vacío y falto de humanidad.

 
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