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  Edición 620
  Gringo mata a mexicano… mexicano mata a hondureño
 
Edgar London
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Any mans death diminishes me,

Because I am involved in mankind;

And therefore never send to know

For whom the bell tolls,

It tolls for thee.

John Donne

«For Whom the Bell Tolls»

El mundo aún se estremece tras la matanza perpetrada por Patrick Wood Crusius, un jovencillo de 21 años, quien condujo durante nueve extenuantes horas para llegar a El Paso, Texas, y dejar en claro su desacuerdo con lo que él consideraba una «invasión hispana» a Estados Unidos. Sus argumentaciones no fueron sustentadas por palabras. Dejó hablar, en su lugar, al rifle semiautomático que llevaba consigo. El resultado —que aún puede variar— ha sido de 22 muertos y 24 heridos. Entre las víctimas se contaron ocho mexicanos que no pudieron ponerse a salvo.

En Saltillo no fueron ocho, sino al menos diez, los migrantes que también corrieron para ponerse a salvo, pero no de los disparos de un mocoso desquiciado sino de los balazos de un grupo de policías entrenados. La mayoría de los migrantes, donde no faltaban mujeres y niños, logró encontrar refugio. Sin embargo, el hondureño Marco Tulio Perdomo Guzmán no tuvo tanta suerte. Fue impactado por un proyectil y murió cuando intentaba proteger a su hija, de ocho años, que lo vio caer justo a su lado.

En Estados Unidos, aquellos ocho mexicanos no alcanzarán nunca el sueño americano. En México, son muchos los centroamericanos que ni siquiera sobrepasarán la frontera que los lleve a luchar por ese sueño. El gobierno mexicano continuará realizando, sumiso y con diligencia, la parte sucia del trabajo que le exige Estados Unidos so pena de gravámenes comerciales. Los centroamericanos más afortunados serán repatriados, otros permanecerán en cárceles y, no pocos, como Marco Tulio, encontrarán la muerte en manos de quienes deberían protegerlos.

Allá, el asesino fue un joven con problemas mentales, azuzado por la creencia supremacista blanca. Acá, el asesino fue un hombre, sin problemas mentales, pero también espoleado por otros factores, ¿racistas?, ¿xenófobos? La cadena es palpable y macabra. El gringo mata al mexicano, el mexicano mata al hondureño… ¿Qué prosigue?

Marcelo Ebrard, el pusilánime, pero conveniente secretario de Relaciones Exteriores de México, no emitirá palabra alguna por Marco Tulio. El presidente, Andrés Manuel López Obrador, tampoco nos ayudará a saber dónde está su rutilante Guardia Nacional, preparada como ningún otro cuerpo de seguridad —según sus palabras—, para que estos atropellos no se comentan.

Es más, la propia Fiscalía General de Coahuila, ligada a los hechos, ni siquiera ofrecerá razones que justifiquen el cambio de su postura, cuando primero describió a Marco Tulio como si se tratara de un delincuente común que dispara en contra de los elementos de su corporación y, días después, argumenta, con la cola entre las patas, que no, que en realidad «la víctima de este homicidio es inocente, porque en ningún caso se advierte alguna agresión a los elementos de la Agencia de Investigación Criminal que participaban en un operativo relacionado con la localización de personas dedicadas a la venta de narcóticos». Adviértase, entre líneas, que de antemano protege a sus hombres al ubicarlos en una redada contra narcotraficantes. No hay que ser un genio para percatarse por dónde arremeterán en su defensa: se trató de un lamentable error, dirán… otro más, valdría la pena acotar.

En Estados Unidos, Patrick Wood se encuentra bajo arresto, inculpado de homicidio en primer grado y a punto de enfrentar la solicitud de pena de muerte, según declaraciones de Jaime Esparza, fiscal de Distrito.

En México, el policía Juan Carlos «N», de la Agencia de Investigación Criminal, de la Fiscalía General del Estado, y responsable de la muerte del hondureño, también está bajo arresto, pero acusado de homicidio doloso calificado. Acorde al código penal de Coahuila puede recibir 60 años de prisión… o apenas ocho.

El asesinato de Marco Tulio fue la noche del 31 de julio. La masacre cometida por Patrick Wood fue la mañana del 3 de agosto. No suman ni 72 horas la diferencia entre uno y otro hecho. Pero Saltillo no es El Paso, y Coahuila, ciertamente, tampoco es Texas. Además, numéricamente, 22 es más que uno y, sin duda, para la prensa local, un mexicano vale más que un hondureño.

Por lo tanto, mientras las redes sociales se llenan de señales de solidaridad con los familiares de las víctimas de El Paso, los medios de comunicación arremeten contra el discurso de odio y segregación del presidente Donald Trump, y los políticos, a uno y otro lado de la frontera, juegan a mostrarse públicamente preocupados por el asunto, muy pronto a Marco Tulio casi nadie habrá de recordarlo. Si acaso su hija, marcada para siempre por la impresión de su violento deceso y, seguramente, candidata a seguirle los pasos, esperando tener ella un poco más de suerte en un país que cada día se asemeja más al infierno para los migrantes... hablo de México, claro.

 
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