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  Edición 620
  Resistencia y el movimiento del 68
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  El movimiento del 68 fue un eslabón importante por la lucha permanente por las libertades democráticas. Fue el momento de irrupción del estudiante como portador del malestar y la insatisfacción con el mundo de la posguerra; específicamente fue una rebeldía en contra del autoritarismo y además una práctica por las esperanzas libertarias de manera multitudinaria. Fue un 26 de Julio de 1968 cuando numerosos universitarios se dirigían a la Plaza de la Constitución para protestar contra las agresiones a estudiantes ocurridas unos días antes. Nunca llegaron. Los estudiantes se habían juntado en el hemiciclo a Juárez tras haber participado en dos manifestaciones paralelas.

El reclamo que alcanzó proporciones insospechadas tenía que ver con la brutal intervención policiaca en un pleito menor en el que se enfrentaron estudiantes de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional, contra alumnos de la preparatoria particular Maestro Isaac Ochoterena. Los granaderos reprimieron con violencia excesiva, usaron gases lacrimógenos, detuvieron a varios y ocuparon las instalaciones de las escuelas. El 26, la represión alcanzó proporciones que México desconocía. Allanaron también las oficinas centrales del Partido Comunista y algunos de sus miembros fueron aprehendidos. A la mañana siguiente, los estudiantes tomaron diversas escuelas de la UNAM. Los granaderos no pudieron contener el movimiento, por lo cual tuvo que intervenir el ejército.

El día 30 de julio de ese año, tropas militares tumbaron la puerta del emblemático San Ildefonso, que databa del siglo XVIII, en donde se llevaron presos a los estudiantes que continuaban ahí. Fue el detonante para que la mayoría de las escuelas de la Universidad y el Politécnico se declararan en huelga. El primero de agosto, el entonces rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, encabezó una huelga; en ella participaron estudiantes de la UNAM y del IPN. Eso no había sucedido nunca antes. Después vinieron las marchas del 13 y 27 de agosto. El 13 de septiembre se realizó una marcha silenciosa, en cuyo desarrollo sólo se oía el eco de las pisadas de los marchistas y el leve rumor de la respiración de todos conteniendo las consignas que serían gritadas hasta el Zócalo. Desde entonces se considera el 26 de julio como el inicio del movimiento de 1968. Durante esos días los estudiantes hicieron suyas las calles de la ciudad, en donde se desafiaba de una manera nunca antes vista, fresca y jovial al autoritarismo y se criticaba por primera vez la figura presidencial.

El 2 de octubre se acabó el sueño, las luces de bengala lanzadas desde un helicóptero fueron la señal de ataque. El ejército avanzó y cumplió su cometido. Como resultado, hubo centenares de muertos y heridos que quedaron tendidos en la plaza, y más de dos mil asistentes llevados a prisión. El sueño y la plaza de las tres culturas terminaron bañados en sangre. El Estado de derecho fue quebrantado, prácticamente desapareció. Carlos Monsiváis escribió sobre el movimiento: «Con el 68 da comienzo, y en forma multitudinaria, la defensa de los derechos humanos en México”. Hoy, nuestro país debe crecer en unidad, conciencia, disciplina, estudio, en sociedad y en convivencia con los sectores más progresistas. El pasado no nos lo arrebata nadie.

Lo anterior surge a consideración también por dos aspectos: el 8 de agosto pasado, se conmemoró la creación formal del Consejo Nacional de Huelga como parte del Movimiento Estudiantil y, por otro lado, porque en un ambiente de transición y de nuevos espacios y forma de gobernar, se amenaza la libertad con la cuestionada «Ley Garrote», aprobada en el congreso de Tabasco, cuyas ideas, con la sospecha a equivocarme, se fraguaron desde el año 2002, cuando AMLO era jefe de Gobierno del Distrito Federal.

 
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