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  Edición 620
  Los lenguaraces están de moda…
 
Esther Quintana Salinas
   
  También los flemáticos ingleses sucumbieron. Apenas la semana pasada, los tories eligieron a su nuevo líder y, por ende, primer ministro de Gran Bretaña, Boris Johnson, y esto es muy de llamar la atención porque se trata del partido conservador inglés. Es increíble que se hayan inclinado por el discurso vehemente y las promesas vacuas frente a la moderación y el pragmatismo que les es tan suyo. De las filas de ese partido surgieron primeros ministros de la talla de William Pitt, Disraeli, Winston Churchill y la dama de hierro, Margaret Thatcher. Es el partido emblemático de lo más británico que usted guste y mande, el culmen del sentido común y practicidad… ¿por qué decidieron —pregunto azorada— dejar al Reino Unido bajo la batuta de un político que le dice a los electores lo que quieren oír y que jamás, pero jamás, expresa cómo va a hacerle para cumplir lo que promete? Parece que el fenómeno, que no es nuevo por cierto, vuelve por sus fueros. En Estados Unidos los americanos se volcaron por Donald Trump, y en México, 30 millones le dieron su voto a Andrés Manuel López Obrador.

En nuestro país no es de extrañar la victoria de López Obrador, estamos impregnados históricamente —y parece que aún no nos emancipamos de semejante debilidad— de la fascinación por caciques y caudillos, de la cultura del «me das para que te dé», del «callarme para que tú te calles», del «vivir y dejar vivir», y como el pueblo aplaude, aunque miente madres en privado, pues aquí estamos. Hugo Chávez en Venezuela es referente de este estilo de hacer política, la efectividad del discurso que divide en buenos y malos, los buenos son los que comulgan con el mesías y los malos todos los demás. Aquí en México López Obrador dividió en neoliberales y conservadores, o el más populachero, fifís y chairos. Se reciclan el populismo y el clientelismo. No hay nada nuevo bajo el sol, es la burra de siempre, diría mi tía Tinita, que en gloria esté.

¿Cómo vamos a vivir estos seis años —ya van ocho meses— con un gobierno clientelar y populista como el que eligió la mayoría de los mexicanos? En Venezuela han pagado con mucho dolor su experiencia con el chavismo y siguen con la del sucesor. Los dictadores no se van por las buenas, la historia está plagada de ejemplos. México sabe de estos especímenes, el último firmó su renuncia y se fue en el buque de vapor alemán llamado Ypiranga, para siempre. Está enterrado en París, en una tumba austera en el Cementerio de Montparnasse, es la número 31. ¿Dónde quedaron el fausto, la genuflexión, el aplauso, la alabanza…? Como apuntaba Machado: «Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…»

¿Cuánto tiempo va a durar la «adoración» por un hombre al que le faltan muchos conocimientos y que no respeta a quienes sí los tienen y podrían ayudarle a colmar sus deficiencias, para gobernar al México de estos años, no al de los setenta que él trae en la cabeza y del que parte para «transformarlo» por cuarta ocasión, según sus díceres?

Particularmente, a mí me queda claro que el presidente no comulga con la máxima de Thomas Jefferson de que el «gobierno es mejor cuando menos gobierna», él quiere tener injerencia en todas las esferas del poder —típico de los dictadores— , acapara, centraliza, no sabe delegar, él no necesita colaboradores sino sirvientes, ejecutores de cuanto se le ocurra.

Él es pro gobierno estatista, está jugando un rol protagónico en la vida de los ciudadanos, todas las mañanas exhibe su egocentrismo. El resultado como lo expresa Niall Fergusson en su libro The Great Degeneration, es «que las libertades, y especialmente las económicas, se ven cada vez más asfixiadas por un Estado gigantesco que incuba corrupción». Alexis de Tocqueville, el jurista, político y pensador francés del siglo XIX, apuntaba que la acción política debe construirse sobre principios éticos, sobre cimientos sólidos de ideas generosas y, a la vez, realistas. De él surgió por primera vez la advertencia del peligro que ya se cernía sobre el mundo a modo de «cesarismo populista».

En este país nuestro no se ha inculcado una cultura de respeto a las libertades individuales, no nos han educado en el entendido de que libertad individual y responsabilidad van de la mano, que cuando se es libre se es responsable de uno mismo y eso implica respeto por todo el que tengo en frente y el mundo que me rodea, y eso me lleva a cuidarlo, a responder por él, porque los daños que yo provoque o que consienta que otros provoquen —entre esos otros, los gobernantes— nos van a afectar a todos. Lo que ha prevalecido es la enseñanza de la dependencia eterna, de que otros tienen que hacer lo que a mí me toca, y que no importa cómo lo hagan mientras lo hagan.

Al gobierno nos han enseñado a verlo como un dios, a los gobernantes como tlatoanis a quienes nos toca servir, por eso hubo un partido que pudo durante 70 años consecutivos implantar un sistema político a la medida de sus intereses y convertirlo en sistema de vida, que hasta la fecha persiste, López Obrador de ahí proviene, por eso actúa como lo hace; es decir igual que la «mafia» a la que critica, fustiga y culpa de los males ocurridos y que siguen ocurriendo.

El poder tiene que estar acotado en una esfera de competencias específicas, y así está establecido por el Poder Constituyente en la Constitución, pero en México el deporte favorito es violar la ley y que no te pase nada. Y nunca hay consecuencias para quienes desde el poder la violentan, y entre más la burlen, las posiciones que ocupan son más altas, son el premio a sus desvergüenzas y traiciones a su patria.

¿Cómo va a combatir la corrupción y la impunidad este gobierno si el presidente tiene entre sus colaboradores más encumbrados a expertos vividores del sistema que según él va a borrar del mapa, para que nunca jamás exista, o al menos que se les haga más difícil cambiar si Morena no gana la próxima presidencial? Es muy complejo transformar un país en el que está determinado que el Estado debe hacerse cargo de todo y en el que no se han desarrollado instituciones fuertes en sí mismas.

Los mexicanos no confían en sus autoridades, y es que el cochupo, la tranza, la mordida, son el medio para arreglar, desarreglar, apresurar o detener un trámite, un juicio, etc. «Con dinero baila el perro», «el que no tranza no avanza», «de a cómo no…», describen con claridad la oscuridad deleznable en la que opera este país.

Douglas North, premio Nobel de Economía, dice que lo que define el éxito de las naciones son sus instituciones formales e informales. En las formales caben las leyes, la Constitución, todas las que el hombre genera para gobernarse, y las informales son las tradiciones, las creencias, los hábitos, los valores que rigen una sociedad, y que son las segundas las que reflejan la realidad, el ethos de una comunidad. ¿Cómo cambiamos nuestra realidad?, ¿por decreto?, ¿con el «buen ejemplo» como plantea López Obrador?

No sirve de gran cosa ganar una elección si no se logra un cambio en la mentalidad y en la cultura de un país. Mientras esto permanezca, México seguirá siendo presa fácil de populistas de izquierda o de derecha. El populismo no está casado con ninguna ideología, es como las antiguas jeringas de hospital, inyectaban parejo. Es el populista el que tiene características comunes sin importar sus filias.

Mucho se ha escrito sobre estos personajetes, de modo que hay un listado de sus «generales»: el populista no representa a toda la sociedad, ni lo pretende siquiera, solo a una parte, el caudillo de Macuspana, lo denomina «pueblo sabio», es decir, todos los que están con él, el resto son «fifís», «conservadores», «inmorales», «mafia», etc. El populista es un crítico radical de las élites, bueno eso lo exhibe a mañana, tarde y noche, el ínclito de Palacio Nacional, ahí vive… El populista es anti pluralista, nada de homogeneidades, ni pueblo unido, nada de que «todos para uno y uno para todos»… pero nada.

Jan Werner Muller, estudioso del tema, apunta en su obra ¿Qué es el populismo?, que «los populistas no sólo alientan el conflicto y la polarización, también tratan a sus opositores políticos como enemigos del pueblo y buscan excluirlos del todo». ¿Le suena familiar? El presidente López Obrador ha dejado claro el «conmigo o contra mí». Ni me asombran ni me extrañan su conducta y sus actitudes.

Juan José Rodríguez Pratts, paisano suyo lo conoce de hace muchos años, en su columna «Operación Política», se refiere a su actuación, se la comparto: «AMLO, sin necesidad, ha generado serios problemas. Descalifica propuestas, subestima la magnitud de los problemas, ve conspiraciones quizá inexistentes. Además, sus respuestas reflejan viejos rencores, rencillas pendientes. Por otra parte, carece de capacidad para alcanzar consensos y cuando alguien con poder se le enfrenta con determinación, cede en todo. Por ejemplo, con los maestros y con las constructoras del NAIM, a quienes había acusado de corruptos, terminó pagándoles hasta la risa». Yo agrego a Trump, se rindió como un cordero ante el gringo.

Escribe Héctor Aguilar Camín que: «Su mandato democrático no tiene trampas ni fisuras». Y es verdad, fueron votos de verdad, válgase la redundancia. La ironía, como lo destaca él mismo, es que esa elección democrática «…diluyó los contrapesos de la democracia».

Y lo estamos viendo en estos siete meses de gobierno. México no va a cambiar por mandato de ley, ni por decisión de un presidente, por más carismático que éste sea. El cambio de una nación tiene que ver con la formación y la educación de sus habitantes. De tal suerte que la solución no es rápida, ni mucho menos sencilla. Se trata de un cambio de mentalidad, de una nueva manera de ver el mundo y entenderlo.

Echar abajo la reforma educativa que aprobamos en la LXII Legislatura y que era el principio para transitar hacia allá, fue su primer compromiso de campaña cumplido, y lo celebró como una victoria que reivindicaba al magisterio «agredido en sus derechos laborales», tan es así que ya devolvió a las aulas a quienes no aprobaron la evaluación, no obstante que el bien mayor a proteger, son los educandos.

Esto para nada es alentador. En 2021 habrá elecciones intermedias, la renovación de la Cámara de Diputados. Será el momento, si los mexicanos así lo quieren, de generar el contrapeso al Poder Ejecutivo. Por el bien de México espero que así suceda. La oposición tiene una responsabilidad sine qua non, en mucho de ella depende que la ciudadanía se concientice de que se trata de una decisión en la que se está jugando el futuro de las nuevas generaciones.

 
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