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  Edición 620
  Marco se ha marchado
 
Marcos Durán
   
  Una especie de travesía semejante a cruzar el Estigia para al final encontrarse con el infierno es lo que todos los días deben hacer cientos, quizás miles de niños indocumentados que arriesgando su vida, su integridad y su inocencia, intentan cruzar desde Centroamérica para llegar a Estados Unidos, su Hades y su Estigia personal que en todo caso inicia en Honduras, El Salvador y Guatemala concluyendo en el Río Bravo.

Durante todo el trayecto, las condiciones de viaje son francamente infrahumanas, pues van sin alimentos y sometidos a todo tipo de riesgos. La semana pasada nos despertamos con la noticia de que en Saltillo, Marco, un migrante hondureño de 29 años que se encontraba con su hija de ocho años, murió asesinado por un policía de la Agencia Estatal de Investigaciones.

El sueño de Marco y el de su hija era tomar el tren y seguir su camino hacia el norte. Recién habían dejado el refugio seguro de la Casa del Migrante pero, al salir, su sueño se convertía en pesadilla.

Desde un principio, las versiones de los testigos y el gobierno de Coahuila fueron incompatibles: La Fiscalía General del Estado (FGE) primero dijo que el migrante había disparado y que ellos reaccionaron en defensa propia. En el proceso le sembraron un arma al migrante muerto. La segunda versión es que iban en persecución de unos narcomenudistas y que el migrante se atravesó entre los disparos.

Pero la presión mediática empezó a subir y la ONU, CNDH y hasta la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos exigieron una investigación seria del caso. Esa fue la única razón que motivó a que por fin la Fiscalía admitiera la verdad: Era un crimen cometido por un agente del Estado que disparó no sabemos aún por qué.

Al final el resultado es el mismo: Un migrante muerto y su hija de ocho años que se ha quedado huérfana. Pero a esos que llaman a no caer en la provocación del discurso de odio se les olvida que han sido semanas de hostigamiento en contra de los migrantes de parte de la Policía Municipal de Manolo Jiménez y de la temible «Fuerza Coahuila» y otras agencias policiacas del gobierno de Coahuila.

Y mientras esta tragedia ocurría y se volvía tendencia noticiosa nacional, del gobernador Miguel Riquelme no escuchamos una sola palabra. Ni una mención para asegurar que ordenaba una investigación acuciosa o que lamentaba los hechos. Nada de Nada.

Una hora después de conocido el crimen, alcanzó a publicar en sus redes sociales que felicitaba a dos coahuilenses por haber obtenido medalla de oro en los Juegos Panamericanos. Al siguiente día, su post en redes sociales fue el siguiente: «Sumamos esfuerzos por la seguridad pública en la zona noreste del país». Si la paz que desea para Coahuila el gobernador Riquelme es la de los sepulcros, entonces lo está consiguiendo.

Saltillo y Coahuila son ese Caronte al que se describía en la mitología griega como un hombre inmisericorde que se encargaba de cobrar por sus servicios a las ánimas que intentan cruzar el Estigia, el precio era muy alto: sus almas. Y el que no pudiera pagarlo estaba condenado a vagar de un lado a otro sin descanso durante cien años, hasta que Caronte finalmente consentía a cruzarlos.

Pero quienes conseguían navegar el Estigia, debían someterse además al juicio de Radamantis, Minos y Eaco, antiguos reyes griegos quienes no se distinguían por su misericordia. Unos cuantos, los menos, lograban llegar a los Campos Elíseos, el paraíso.

Miles de años después, Dante Alighieri rescató esta leyenda griega, y la utilizó en su Divina Comedia. Con un propósito religioso propio de la época, el florentino se refería a su obra como la posibilidad de «sacar a aquellos que viven en esta vida en estado de miseria y llevarlos al estado de felicidad».

No podemos voltear la cara a esta brutal crisis humanitaria. No podemos permanecer neutrales. En nuestra propia dimensión, todos debemos hacer algo. Marco se ha marchado para siempre, y estamos ante una de esas crisis que mencionaba el escritor florentino cuando dijo que «los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral». Esta es una de ellas ¿Usted ya tomó partido, o se va a mantener neutral?

 
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