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  Edición 619
  Con Dios al borde del camino
 
Edgar London
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  Dicen que el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprarla. Hilaridades a un lado, la frase no está exenta de veracidad. Alguien puede, corazón en mano, afirmar que le tienen sin cuidado las riquezas materiales para cumplimentar satisfactoriamente su vida. No obstante, con los pies bien plantados en la tierra, tomaríamos al sujeto (en el mejor de los casos) como una sana excepción, la misma que valida esa regla a la que nos sometemos la inmensidad de los humanos en el siglo XXI: el dinero manda.

No se trata de vivir acuciados por la constante necesidad de aumentar nuestras finanzas, pero un saludable estado de cuenta ayuda a resolver lo básico. Es decir, comida, techo, agua, calor, por citar los más sencillos y concurridos. Si partimos de un axioma elemental: «todos queremos ser felices», ¿por qué no suponer, asimismo, que también todos ambicionamos ese factor común capaz de auxiliarnos? Tal derivación, por su naturaleza lógica, luce correcta. El detalle, empero, subyace en las múltiples interpretaciones que apareja el término «felicidad». Y no me refiero al significado, en ese punto el diccionario —en su vigésima segunda edición— es claro: «estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien», sino a las infinitas interpretaciones que podemos adjudicarle, por ejemplo, al citado «bien».

Cuando leemos que un millonario que se suicida, inmediatamente se estremece nuestro raciocinio. ¿Cómo es posible que eso ocurra? Se nos antoja contradictorio. Después, no faltará quien arguya ciertos rasgos de esquizofrenia pues es harto conocida la vieja costumbre de explicar los fenómenos que desconocemos con causas que tampoco entendemos. Olvidamos que, en ocasiones, más peligrosa que la angustiosa faena de ir tras el dinero lo es alcanzarlo para siempre. Empiezan entonces los excesos, los desvaríos, la mutación de valores morales, los cambios de personalidad y desaparece, para muchos, su razón de ser, cegados como estaban en dedicar cada minuto de su existencia a una empresa que, de pronto, dejó de existir. No en vano, el filósofo chino Lao Tse, propone en el Tao Te King erradicar de nuestro espíritu todo indicio de deseo para alcanzar la plenitud: «Sin deseos es posible la paz y el mundo se ordena por sí mismo».

A diferencia del universo material, la felicidad resulta amorfa, abstracta y difícilmente podemos acorralarla. Se necesita de un cúmulo bien equilibrado de sensaciones placenteras y duraderas para asumir que somos felices. Un estado que bien puede recordar a algunos la promesa del nirvana o el paraíso, pero que, ineluctablemente, empieza con la paz interior. Ya resulta un lugar común recordarnos a cada paso que no podemos estar bien con el mundo si antes no lo estamos con nosotros mismos. No por repetida, la sentencia ha de sufrir el desgaste de su exactitud.

La promesa de esa dicha infinita, de ese sosiego espiritual, suele constituir la base de todas las religiones. En esencia, el trato es simple. A cambio de cumplir normas de conducta que la deidad en primera persona o mediante un representante terrenal —profetas, santos, vírgenes— nos hace llegar, recibiremos la buenaventura de una existencia más diáfana. Así pues, seguimos el camino que imponen las ofrendas, los rituales, las leyendas, el verbo sagrado, incluso a los hombres de carne y hueso que supieron valerse de la religión para empujar al prójimo hacia quimeras riesgosas, desde la conquista de un pueblo en nombre de Dios hasta la emancipación de otro en idéntico nombre.

Mas no son estos antiguos conquistadores de tierras y libertades los únicos que buscaron legitimar sus actos con la presencia indirecta del Omnipotente. El expresidente de Cuba, Fidel Castro, permitió el arribo del papa Juan Pablo II a La Habana, en enero de 1998, para presumir el pretendido carácter democrático de su revolución y, en México, Vicente Fox se vio en aprietos durante la visita del mismo papa, en julio de 2002, pues al besar su anillo se generó de inmediato un escándalo por lo que algunos consideraron una violación de la Constitución Política respecto al estado laico. Exageración o no, 10 años después, con la presencia en México de Benedicto XVI, Felipe Calderón prefirió, al momento de las salutaciones, sostener un simple apretón de manos.

Los conflictos que promueve el libre albedrío, sin embargo, no tardan en hacerse latentes incluso entre las ovejas más obedientes. No sólo por las dificultades que a veces conlleva respetar tales normas —a fin de cuentas, el sacrificio simboliza un condimento perpetuo en nuestra escalada hacia el triunfo— sino porque empezamos a sospechar que esas reglas retardan indefinidamente el ansiado premio. Eso, si antes no evidenciamos el caso de nuestro vecino que se considera muy feliz y vive al margen de cualquier precepto celestial.

Por supuesto, en este caso específico sobrarán manos que se levanten airadas para reclamar causas y señalar la posible concurrencia de percepciones erradas pues, así lo afirma la sabiduría popular, no todo lo que brilla es oro y, además, ¿quiénes somos nosotros para entender los designios de la Providencia? Otra vez, tratamos de explicar los fenómenos que desconocemos con causas que tampoco entendemos.

Es frecuente escuchar en voz de un sacerdote que no sólo de pan vive el hombre... pero, ciertamente, sin pan muere. La Iglesia Católica bien lo entiende. Quizás, por ello, durante 2009, subastó 199 facsímiles de la Causa anglica (fechada en 1530), por la exorbitante suma de 50 mil euros cada uno. Las utilidades de esta operación habrían de invertirse en el mantenimiento de otros documentos históricos —esperemos ese haya sido su último acomodo—, pero resulta obvio que el diezmo ya no es suficiente para llenar las arcas del Vaticano, a pesar de que el reclamo por nuestras ofrendas se repite aeternum en programas de televisión, radio, vallas, revistas y hasta paradas de autobús.

Es un hecho. Sea una entidad o una persona cualquiera, todos usamos las herramientas disponibles para alcanzar nuestras metas. En la valía de éstas y los procederes para rebasarlas reside la estatura moral del individuo. El dinero, per se, no garantiza la felicidad; ni la ha de certificar divinidad alguna. Forma parte indeleble de nuestra responsabilidad construirnos una existencia mejor a partir de la realización de nuestros propios anhelos, con Dios al borde del camino, observándonos quizás, o ignorándonos. Y es que, como bien escribiera Alejo Carpentier, «la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo».

 
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