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  Edición 619
  Renovarse o morir, no hay de otra
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hoy día, y tenemos el deber de reconocerlo, renovarse es obligatorio, porque de aceptar esa realidad depende en mucho iniciar el camino de la recuperación con plena conciencia de que no tenemos otra alternativa. No atrevernos a dar este primer paso significaría que no nos interesa que la crisis siga in crescendo; es decir, el debilitamiento de la de por sí enteca democracia y el aumento de las sensaciones ciudadanas de frustración, impotencia, sumadas a la repulsa hacia un partido político al que un día se vislumbró como digno de confianza para remontar a México a una dimensión distinta en el ejercicio del poder público. La devaluación de la política no es asunto nuevo, como tampoco lo es la erosión de la credibilidad en los partidos políticos, percibidos actualmente, por muchos mexicanos, como ineficaces y poco operativos en el desempeño de sus funciones de representación democrática y de vías ad hoc por los que transita la voluntad soberana de la ciudadanía. Desde la óptica de la población, los partidos políticos no sirven para la formación de la voluntad popular, ni para ofrecer alternativas de solución a las problemáticas de este siglo, ni para seleccionar responsables cualificados para la gestión pública, y menos pero mucho menos, son ejemplo a seguir para construir patria. Hoy parecen más un club de fans en torno a un individuo con aspiraciones de figura pública, «plataformas de proyección personal» en las que las propuestas políticas solo se conciben como estrategias de ocupación del poder. Los que privan son sus intereses personales y los de los adláteres que le acompañan en el asalto. El sentido patriótico y desinteresado de otros ayeres solo es historia. Están a años luz de ser instrumento fundamental para la participación política, como reza nuestra Constitución. ¿Cómo puede haber confianza en estos términos?

Los partidos políticos, además, constituyen un mecanismo de comunicación entre la sociedad y el Estado; a lo largo del siglo XX se generó una especie de exclusividad en ese sentido, de tal suerte que no se reconocieron otras y la sociedad civil de suyo indiferente lo «aceptó» con su inacción, fortaleciendo el erróneo concepto de que la «política es asunto de los políticos». Esto sin duda muy a favor del sistema hegemónico, 70 años de PRI con cero contrapesos. Somos un pueblo con desarrollo tardío de la democracia, de ahí que hoy sea esencial la renovación democrática y por ende la de los partidos políticos. En este escenario resulta impostergable la reforma tanto en las funciones como en la organización interna de los partidos políticos; y está por verse si las dirigencias estarían dispuestas a implementar cambios, que por principio les van a significar pérdida de poder.

¿Qué hacer para superar la desconfianza y la crisis de legitimidad de los partidos políticos en México? ¿Cómo pueden innovarse y recuperar el apoyo de los ciudadanos? Su crisis de legitimidad y representación está asociada con su desempeño, desde los espacios en que han llegado a ser gobierno y lo que se vive hacia el interior. No obstante, hay ciertos elementos de orden intrínseco a su propia naturaleza que deben necesariamente modificarse:

¿Cómo cuáles? En primer lugar, necesitan rescatar la relevancia de las ideas en el quehacer político. Me explico. Llevados por la vorágine de crear una estructura electoral eficaz, dándole prioridad a esto, unos más otros menos, se les olvidó que no basta para incidir de manera sustantiva en la realidad del país. El PRI, verbi gratia, se centró en ello, y ni así pudo evitar la debacle del año pasado. Al PAN, mi partido, cuando llegó al poder se le olvidaron sus principios, precisamente los que le daban identidad y lo hacían distinto y distinguible. Y mire usted como nos ha ido.

Para ser verdaderamente influyente en el destino de una nación, un partido debe tener un proyecto que resuma las aspiraciones y sueños de un vasto conglomerado de su población con respecto a una convivencia armónica, en la que el bien común tenga sitial de privilegio. Este proyecto debe traducirse en una ideología que contenga a la vez todo un sistema de valores que se convierta en marco de referencia de los diferentes aspectos de la economía, de la política, de la sociedad misma, de su cultura y por supuesto de la ética, porque es todo este embalaje, por llamarlo de alguna manera, lo que consolida la democracia y promueve su desarrollo. Es esto lo que rescata elementos tan profundos como el patriotismo, el sentido de pertenencia, de identidad nacional, aun en un mundo globalizado y lo que inspira a dar lo mejor de sí mismo a cada habitante en aras de alcanzar el bien común. Y estoy clara de que esto no es fácil de alcanzar, y no únicamente porque los partidos políticos se nieguen a asumirlo, sino en mucho por la grave crisis de ideologías que se está viviendo en el mundo actual.

En este esquema, sin duda que el gran desafío que tienen frente a sí los partidos políticos es el de la creatividad, que estriba en cómo lograr la implementación de sus proyectos con la comunidad, dejando atrás las lacras del clientelismo, el populismo, el autoritarismo, la manipulación y la simulación. El resto es más práctico, lo que demanda es la generación de una base programática de carácter integral que arrope y contenga todos los elementos esenciales del tejido social y los exprese a través de una visión estratégica de futuro. Esto se escribe fácil pero infortunadamente a la hora de cristalizarlo resulta que los partidos oferentes ni siquiera tienen un programa claro de gobierno que establezca los «cómos» van a implementar cuanto prometieron en campaña. Porque es muy fácil decir: «Prometo acabar con la corrupción» Y… ¿cómo vas a hacerlo? De ahí las grandes decepciones.

Otros aspectos importantes que conllevan a la recuperación de la confianza de la ciudadanía son aquellos que se vinculan con la creación de lazos solidarios entre los partidos y la gente, y el rescate de la mística como medio para despertar conciencias y mover su ánimo. Y es que la sociedad está hasta la coronilla de ser tratada como «objeto electoral», es decir, como medio para llegar al cargo público y después, «si te vi, ni me acuerdo», por eso es tan importante que la actividad política se dignifique y represente auténticamente lo que la comunidad participante reclama cuando decide confiar en el candidato o la candidata postulados por el partido. Es una trapacería prometer acciones y cambios en la colectividad que luego no se cumplen, de ahí la deleznable opinión de la actividad política. Por eso es tan importante que la política se ejerza con mística, con pleno conocimiento de que se trata de una actividad tan profundamente humana que demanda ser abrazada con extrema responsabilidad.

A los partidos políticos les debe quedar claro que no se puede avanzar en este siglo XXI con estructuras del siglo XX. La desconfianza y la desilusión de la ciudadanía no aparecieron de la nada, son resultado del hartazgo de océanos de corrupción e impunidad exhibidas sin el menor prurito en gestiones públicas ciertamente deleznables. Los partidos políticos tienen que entender que es un acto de irresponsabilidad no postular a los cargos públicos a personas preparadas y calificadas para el puesto al que se aspira. No basta que no sean sinvergüenzas los que llegan, sin son incapaces también es corrupción. Y a estas alturas, en un mundo globalizado, del que nuestro país es integrante, no se vale no cuidar estos aspectos que repercuten en la sanidad financiera y económica de México, y por ende en el bienestar de los mexicanos. Hoy más que nunca los partidos tienen que aprender a ser mejores gestores, apegarse a la transparencia y, sobre todo, tener bien claro que están al servicio de los ciudadanos. La honestidad tiene que convertirse en el sello distintivo de los partidos políticos de esta centuria, aparejada con personas altamente cualificadas y eficientes. Quienes se dediquen a la política tienen que aprender y meterse en la cabeza a pie juntillas que una cosa es vivir para la política y otra, vivir de la política.

Hoy día los procesos electorales internos para designar candidatos deben ser transparentes, y exigirle a quienes se postulen, que el mérito, la capacidad, los conocimientos, la experiencia, son indispensables para registrarse a una contienda interna. El partido tiene la obligación de darle garantías al ciudadano de que a quienes va a avalar en su candidatura, colman el perfil, porque son gente idónea para el cargo y honesta. Precisamos de cambios de fondo en los partidos políticos o no vamos a ningún lado. México seguirá corriendo el riesgo de seguir gobernado por mediocres, por incapaces o por sinvergüenzas. Es menester que la sociedad participe en política, es requisito sine qua non, para que verdaderamente haya una transformación. Para ser presidente, gobernador, legislador local o federal, alcalde, regidor o síndico, no basta ser mexicano, ni mayor de edad. A ver si lo entendemos todo de una vez por todas.

El futuro depende de cada uno de nosotros, de asumir nuestra investidura ciudadana como integrantes de la sociedad civil y no permitir nunca más que sean unos cuantos los que determinen lo que queremos para nuestro país. Ya es hora de abandonar la mezquindad y volvernos generosos con una tierra tan noble y tan rica como la que nos ha tocado en fortuna como patria. México tiene todo para ser grande, aunque haya muchos que siguen sin querer enterarse.

 
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