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  Edición 619
  Cambio de juego
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  Platicando con Clotaire Rapaille entendí un concepto ilustrativo. Tomó una servilleta, dibujó un punto solitario y me dijo: «esto es un suceso». Luego marcó otro punto y los unió con una recta, «otro suceso igual es una dirección». Finalmente, puso un tercer punto y mientras lo ligaba con el anterior, continuando la recta, sentenció: «un tercer evento ya es una trayectoria». Guardé la anécdota en algún archivo de mi cabeza, donde el olvido no pudiera entrar.

El equipo femenil de futbol soccer de Estados Unidos acaba de ganar su cuarta Copa Mundial, de forma por demás brillante. Sin menoscabo de ese logro, no es la nota deportiva lo que me atrae sino los significados detrás de la hegemonía y lo que ha hecho posible esta contundente trayectoria.

El futbol femenil a nivel mundial tiene una incipiente historia, en gran medida porque el deporte se había considerado exclusivo para hombres. México participó en la primera Copa Mundial en 1970, celebrada en Italia, donde las mexicanas usaron una insignia improvisada que les facilitaron los organizadores: una bandera italiana en cuyo centro plasmaron un calendario azteca. En 1971 recuerdo un campeonato femenil en México que muchos hombres veían con morbo y entre burlas las capacidades técnicas de las jugadoras de aquellos años; comparadas con las actuales, eran muy limitadas.

Pero algo cambió. Y es aquí donde quiero que veamos la historia a modo de ejemplo de lo que podríamos hacer como país, en actividades de cualquier índole, si entendemos el modelo de desarrollo deportivo que aplicó nuestro vecino del norte. ¿Por qué las estadounidenses son tan buenas para el soccer? En 1971 tenían 700 jugadoras de preparatoria en todo el país. Para 2014, el número ascendió a 376 mil. Detrás de esta creciente popularidad hay varias razones, una de ellas es que en 1972 la legislación estadounidense prohibió la discriminación de género en programas deportivos en las escuelas; los planteles educativos encontraron en el soccer —a diferencia de otros deportes donde participan menos jugadores por equipo— la forma de dar cumplimiento a la ley.

Más jugadoras significaron más juegos, más torneos, más entrenadores, mejores técnicas, equipamiento, más fervor y todo esto provocó un círculo virtuoso. Vinieron las victorias mundiales, llegaron los grandes patrocinadores, más niñas empezaron a tener como modelos a las jugadoras campeonas. El partido final de la segunda Copa Mundial que ganaron en 1999 está considerado como el momento más grande en la historia de cualquier deporte femenil del país.

Por el año 2005 yo vivía en California. Cierta vez fui a ver jugar futbol a uno de mis hijos, en un complejo deportivo de varias canchas. Me aproximé a donde creí que jugaba mi hijo y cuando estuve más cerca quedé sorprendido: era un partido de mujeres que a la distancia parecía de hombres —por la velocidad y la técnica individual—. Con el tiempo, una idea creció en mi cabeza sobre esta anécdota. Imaginemos que una niña de 10 años está en el Estadio Azteca en 1971 viendo cómo las mujeres son limitadas —en relación con los hombres— para jugar futbol. Cuando esa niña juegue, tendrá en su cabeza los límites de lo que ve que es posible, será igual de limitada. Pero ahora traigamos a esa pequeña al presente. Pongámosla a ver jugar a las estadounidenses. Cuando la niña juegue tendrá en su cabeza un modelo muy distinto al de 1971. La genética femenina no ha cambiado, lo que ha cambiado es la forma de pensar sobre sus capacidades futbolísticas y, claro, hay un desarrollo tangible en las habilidades.

Mejorar en aspectos clave como país, como sociedad, implica cambiar el modelo de referencia. Necesitamos victorias que inspiren contra la impunidad, la corrupción y la cultura de ilegalidad. Necesitamos más niños mexicanos viendo comportamientos correctos en los adultos para que cuando ellos «salgan a la cancha» de la vida, repliquen lo que vieron de sus modelos o patrones. Hoy, desgraciadamente, tenemos patrones negativos, más niños de los que creemos aspiran a delinquir porque ven que no hay castigo.

Cambiar culturalmente nuestro modelo es complicado, pero no imposible; el camino es más fácil si aceptamos la primera ley del cambio: creer que el cambio es posible.

fuente: Reforma

 
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