Espacio 4
Ediciones:
  Facebook Twitter
Inicio Migración Reportaje Política Medios Luces y sombras Opinión Firmas El pez en el agua
 
 
  Edición 619
  Pablo Neruda: visión de México
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En 1977 leí por primera vez Confieso que he vivido: memorias, de Pablo Neruda, en la edición de Seix Barral publicada en 1976. El libro me deslumbró. Lo mismo ocurrió con la obra poética de Neruda, cuyo sentido intencional era la solidaridad —sin retórica— con los pobres, con los que sufren toda clase de injusticias por parte de los poderosos, con los obreros de la más baja condición salarial, con esa clase anónima y masiva que sabe que para ganar el pan de cada día hay que partirse el alma.

Hoy traigo a colación el libro antes señalado porque en él encontré la revelación de lo que era mi México en su trama de intimidad más escondida. El capítulo 7 de ese libro resume en su brevedad la percepción más exacta y veraz de unos ojos ajenos y de una conciencia transfronteriza que mira mejor y piensa de manera más aguda la realidad de este país «florido y espinudo», en palabras del poeta.

En efecto, en el ya citado capítulo Pablo Neruda nos ofrece un texto que no tiene desperdicio. Dice: «Me di cuenta de que el mundo mexicano, reprimido, violento y nacionalista, envuelto por su cortesía precolombina, continuaría tal como era sin mi presencia ni mi testimonio. Cuando decidí regresar a mi país comprendía menos la vida mexicana que cuando llegué a México.

«No obstante, México es la piedra de toque de las Américas y no por azar se talló allí el calendario solar de la América antigua, el círculo central de la irradiación, de la sabiduría y del misterio.

«Todo podía pasar, todo pasaba. El único diario de la oposición era subvencionado por el gobierno. Era la democracia más dictatorial que pueda concebirse.

«Recuerdo un acontecimiento trágico que me conmocionó terriblemente. Una huelga se prolongaba en una fábrica sin que se vislumbrara solución. Las mujeres de los huelguistas se reunieron y acordaron visitar al presidente de la república para contarle tal vez sus privaciones y sus angustias. Por supuesto que no llevaban armas. Por el camino adquirieron algunas flores para obsequiárselas al mandatario o a su señora. Las mujeres iban penetrando a palacio cuando un guardia las detuvo. No podían continuar. El señor presidente no las recibiría. Debían dirigirse al ministerio correspondiente. Además, era preciso que desalojaran el sitio. Era una orden terminante.

«Las mujeres alegaron su causa. No ocasionarían la menor molestia. Querían solamente entregar esas flores al presidente y pedirle que solucionara la huelga pronto. Les faltaba alimentación para sus hijos; no podían seguir así. El oficial de guardia se negó a llevar ningún recado. Las mujeres, por su parte, no se retiraron.

«Entonces se oyó una descarga cerrada que provenía de la guardia del palacio. Seis o siete mujeres quedaron muertas en el lugar, y muchas otras heridas.

«Al día siguiente se efectuaron los apresurados funerales. Pensaba yo que un inmenso cortejo acompañaría a aquellas urnas de la mujeres asesinadas. No obstante, escasas personas se reunieron. Eso sí, habló el gran líder sindical. Éste era conocido como un eminente revolucionario. Su discurso en el cementerio fue estilísticamente irreprochable. Lo leí completo al día siguiente en los periódicos. No contenía una sola línea de protesta, no había una palabra de ira, ni ningún requerimiento para que se juzgara a los responsables de un hecho tan atroz. Dos semanas más tarde ya nadie hablaba de la masacre. Y nunca he visto escrito que alguien la recordara después.

«El presidente era un emperador azteca, mil veces más intocable que la familia real de Inglaterra. Ningún periódico, ni en broma ni en serio, podía criticar al excelso funcionario sin recibir de inmediato un golpe mortífero.

«Lo pintoresco envuelve de tal manera los dramas mexicanos que uno vive pasmado ante la alegoría; una alegoría que se aleja más y más de la palpitación intrínseca, del esqueleto sangriento. Los filósofos se han tornado preciosistas, lanzados a disquisiciones existenciales que junto al volcán parecen ridículas. La acción civil es entrecortada y difícil. El sometimiento adopta diversas corrientes que se estratifican alrededor del trono».

Desde hace mucho tiempo he venido sosteniendo que la literatura, que los escritores que han alcanzado jerarquía de artistas verdaderos, prefiguran en sus textos los acontecimientos con que se teje una sociedad. Y estas líneas de Neruda, prefiguran, sin lugar a dudas, lo que hoy ocurre en México.

Sí, baste echarle un ojo a las mañaneras, para darse cuenta que nos cayó del infierno un presidente con tintes de emperador ataviado con una túnica de dios omnipresente, omnipotente y omnitodo: como Dios. Es suficiente con revisar someramente las líneas de decisión que norman sus acciones para darse cuenta de que actúa como el gran tlatoani que despacha desde el hueyteocalli de hace cinco siglos.

Al más puro y viejo estilo priista, el presidente es hoy la figura central que distribuye dones y señala grados de condenación para los «culpables», según estén afiliados o no a sus ideas particulares.

El problema es que en una democracia nadie, ni el presidente, lo sabe todo, lo puede todo, lo debe hacer todo. Una democracia supone no solo la pluralidad de ideas sino de acciones fundadas en una participación común de los que comparten problemas que les atañen.

¿Por qué nadie de sus asesores más cercanos, le dice al presidente que los datos que él tiene enmascaran la realidad mexicana? ¿Por qué nadie se atreve a decirle que no es dios sino un ser humano que puede cometer errores, equivocarse y esforzarse para construir realidades? ¿Por qué nadie se aventura a comentarle que su actuación sí parece una dictadura a pesar de lo que él mismo crea?

El único elemento positivo de la historia es que sirve para comunicarnos el juicio de lo que ya ha pasado. Y en México, el pasado no dice que todos los presidentes que han asumido una postura imperial terminan por llevarnos directamente al abismo.

¿Por qué no aprenden? ¿Por qué no leen? ¿Por qué ignoran a los escritores, a los intelectuales, a los poetas como Pablo Neruda que desde 1940, cuando llegó a México, como cónsul de su país, hizo el retrato de lo que era en ese momento México.

Muchos años después, como diría otro eminente escritor sudamericano, frente al pelotón de fusilamiento, México sigue siendo el mismo.

 
Otras publicaciones
Drama y terror
Asunto humano
Obediencia y docilidad
El arte: la otra perspectiva
El gobierno del mal
Por cuarta vez
Como quería Octavio Paz
¿Y los intelectuales?
¿Clientismo político al estilo romano?
Las penurias del espíritu
Una pregunta más
Del acto político al acto poético
La verdad de este país
Extraña vocación
Utilidad de la política
Privilegiar otro discurso
Corrupción, el mal de México
¿Sí, la democracia?
Jugar con fuego
Nueva sociocracia
   
Publicidad
 
Espacio 4 © 1995-2019. Todos los derechos reservados Espacio Editorial Coahuilense, S.A. de C.V.

De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos.

Ir arriba