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  Edición 618
  Asunto humano
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En un libro de rigurosa reflexión filosófica y teológica llamado Resistencia y sumisión, su autor, el filósofo alemán D. Bonhoeffer, deja constancia de una frase que debe, a la luz de muchos acontecimientos recientes, su celebridad. La frase en cuestión dice: «vivir como si Dios no existiera».

La celebridad de la frase está en su vigencia. En su etapa maniquea, a San Agustín le parecía imposible que Dios hubiese creado animales inútiles o dañinos, o insignificantes como una mosca y eso lo llevó a postular otro principio último diverso para explicar la existencia de ese minúsculo e insignificante ser. Lo interesante de él es que con su postulación ni lograba salir de su maniqueísmo, o parcialmente salía pero negando la maldad de lo malo y llamando bueno a lo que no lo es.

La alusión a la frase de Bonhoeffer y a San Agustín se justifica en este artículo porque, después de la desafortunada actuación de México frente al poder maligno de Estados Unidos en la «negociación» en torno a los aranceles que impondrían los gringos a nuestro país en caso de no detener la migración centroamericana hacia el país del mal, se impone una reflexión que tome en cuenta el componente de más valía en este asunto: el ser humano.

En efecto, ante esos acontecimientos se impone una humanización del asunto migratorio; es decir, poner en el centro lo humano antes que los intereses, el miedo y el poder. «Dominad la tierra», dice el Génesis 1:28. Pero, en la noción bíblica, este dominio no tiene nada que ver con el despotismo arbitrario que los gringos han asociado siempre con aquello que creen dominar: las riquezas, el sojuzgamiento del otro, el atropello.

El verbo hebreo cabash (para seguir con la noción bíblica) significa poner los pies sobre la tierra, pero no para aplastarla sino para vivir en ella y en armonía con todo lo que esté allí. En todo caso, pues, dominio aquí significa en realidad responsabilidad. Y no se trata de una responsabilidad cualquiera, sino de una que esté encaminada a humanizarla.

Los gringos han sostenido históricamente una noción de dominio de la tierra como una noción de productividad. Esto los ha llevado a una concepción del trabajo típica de la cosmovisión capitalista, que mira al mundo como presa y desemboca directamente en una experiencia del trabajo como maldición.

En su grado máximo de perversión ha llevado a una falta de respeto a los ritmos de esa compañera que es la naturaleza. Hoy, los frutos del capitalismo son, entre otros, una concupiscencia del hombre y de la que el propio hombre es su primera víctima.

En el caso de México, sus gobiernos han definido desde hace muchos sexenios su modo de relación con los gobiernos norteamericanos. Su decisión se inclinó hacia la sumisión más degradante donde la humillación en su punto culminante ha alcanzado un estatus de patetismo imposible de verbalizar.

Frente al coloso, esta nación ha declinado sus atribuciones de Estado a favor de un país que se ha enseñoreado en su poder y con el cual nuestras autoridades se han mostrado ineptas e incapaces de lidiar para defender —así fuera sólo en la mesa de discusión— las siempre urgentes necesidades que debe enfrentar el mexicano promedio.

El ideal de una relación entre seres humanos, como entre países, es que debiera darse en términos de diálogo en una existencia dialogal permanente porque de ello se desprenden algunas consecuencias antropológicas importantes de subrayar.

San Agustín —sí, otra vez—, señaló que «el amor es la verdad del hombre» porque es lo que decide sobre su humanidad o inhumanidad. Cada cual es lo que sea su amor, vuelve a decir el filósofo. A eso debe añadírsele otro atributo del hombre: la razón.

En la concepción agustiniana, la razón es un instrumento maravilloso porque presta un servicio aquilatador y crítico y, por ello, debe estar al servicio de la solidaridad. Cuando existen estas carencias, amor y solidaridad terminan al servicio, no del hombre, sino de un extraño que se enseñorea en ellas.

La única forma de que el hombre se mueva por sí mismo, dice San Agustín, es que sea movido por el amor fundado en la razón de manera espontánea.

Bueno, basta ya. ¿Por qué todo este alegato? No es gratuito, por cierto. Hace algunos días, apareció en la prensa nacional, de Estados Unidos y muchos otros países, una fotografía aterradora porque muestra todos los abismos que acechan al pobre, al que no tiene —y que tanto defiende AMLO en sus discursos—, al migrante —no defendido por nadie, ni por AMLO—.

La gráfica en cuestión muestra a un adulto y su pequeño ahogados en el río en su intento por cruzar la frontera que separa a México y Estados Unidos. La fotografía es un clamor de justicia, es un testimonio acusatorio y nos interpela desde muchos ángulos de lo humano.

La respuesta del gobernador amarillo del otro lado de la frontera es decir que si hubiera muro de por medio, eso no habría ocurrido. La respuesta desde su pequeñez intelectual de nuestro presidente es decir que hoy su gobierno se dedica a rescatar migrantes.

¡Caramba!

La migración es, ciertamente, un asunto de fronteras, de seguridad nacional, de sobrepoblación, pero en el fondo es algo mucho más que eso, es un asunto humano, de liberación. Y siéndolo podemos entender sin problema de por medio que tiene una historia larga donde el diálogo es la base, un diálogo lento en el que a veces la experiencia inmediata no percibe progresos, incluso se presentan retrocesos o batallas perdidas, pero donde la consideración de lo humano debe actuar en la perseverancia de nuevos diálogos para alcanzar el equilibrio deseado para superar problemas.

Ante la situación de los migrantes centroamericanos, ambos países decidieron mostrarse como lo que son: cínicos y mentirosos. A toda costa sostienen, como en la reflexión agustiniana, la negación de la maldad de lo malo llamando bueno a lo que no lo es: sus discursos vacuos.

Dicho en otras palabras, uno por expresión de su poder y el otro por la medida de su miedo y sumisión, viven como si Dios no existiera, ignorando adrede que la cuestión migratoria es, en primerísimo orden, un asunto humano.

 
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