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  Edición 618
  Dos venenos redivivos: Fascismo-populismo y fanatismo
 
Esther Quintana Salinas
   
  Cuando se polariza se abre la puerta al caudillismo autocrático, al pensamiento único y al partido único también. La política per se, en nuestros días y en otros tiempos, es caldo de cultivo ad hoc para la polarización, se presta por tratarse de una disciplina tan profundamente humana porque, igual que el vino, saca cosas de adentro, a veces luminosas y otras aterradoramente oscuras. En el medio político polarizado se enardecen votantes, surgen fanáticos que confunden la defensa de sus convicciones con el desprecio a cualquier otro tipo de criterio que no sea el suyo. Y si a esto le suma la ola de populismo que estremece al mundo, un populismo que no es más que la normalización del fascismo en su dimensión sustantiva. Porque si bien el fascismo propone una dictadura, el populismo endereza una democracia autoritaria, que para el caso es lo mismo. Ambas comparten la demonización del adversario, un mesías que todo lo sabe y se convierte en oráculo del pueblo, y el pueblo es uno; bueno, eso propagan, porque el «pueblo» solo son sus seguidores. ¿Qué razones históricas explican el retorno del fascismo en nuestros días? Un fascismo alimentado y legitimado por líderes populistas. Se originan en democracias agobiadas por las mentiras, las simulaciones, la corrupción y la impunidad. El populismo trasmina sin mayor problema este tejido tan gravemente erosionado y se vincula con el fascismo. Como está ocurriendo hoy día en México. Del fascismo ya sabemos, porque lo hemos visto respirar en otras latitudes. En la Europa del siglo pasado, Hitler y Mussolini son ejemplo contundente de cómo se destruye el estado de derecho, la libertad de prensa, de cómo se cierran el diálogo a la diferencia de opiniones y se convierte en enemigo del estado a quien no comulga con el régimen implantado, y por eso había que perseguirlos para deportarlos o eliminarlos. También América tuvo los suyos, verbi gratia, Getulio Vargas en Brasil. De fascistas y dictadores pasaron a populistas. Así llegó el populismo por primera vez en la historia del mundo a Bolivia y Argentina. Hoy el fascismo está de vuelta como compañero de ruta del populismo. Sin que esto quiera decir que los fascistas son los ejecutores de los populistas; es mucho más complejo, deviene de afinidades electivas.

Hoy, México tiene un gobierno populista. Treinta millones de mexicanos le compraron a López Obrador la oferta de acabar con la corrupción. Con esa bandera ganó la presidencia de la república y la mayoría en las dos cámaras de legisladores federales. El hartazgo, la desilusión, la desesperanza, la frustración, por mencionar algunas de las motivaciones, le entregaron el país. El patrón se repite, en Brasil, así ganó Bolsonaro la presidencia. Allá se asquearon de la izquierda y aquí del priato. ¿Resuelto el problema? Yo creo que no ¿Por qué? Porque igual que muchos otros mexicanos estoy viendo la instauración de una transformación que no existe.

Estamos frente a un régimen absolutamente populista, que no conducirá a la tierra prometida que juró el mesías de Macuspana a los electores del 2018 que sufragaron a su favor, el problema es que nos está llevando a todos, hasta quienes no votamos por él, a una debacle, para llamarla con términos civilizados, que va a causar mucho dolor a un país, que hace décadas pagó su cuota de sangre y de guerra fratricida. Los gobiernos de corte populista empiezan por ubicar en la burocracia a simpatizantes que les son leales, sin importar que colmen en perfil para la responsabilidad conferida. López Obrador, dueño de Morena, lo hizo también en la integración de su mayoría legislativa. Ha venido desmantelando la independencia del Poder Judicial y de organismos autónomos concebidos para actuar como contrapesos. En los diferentes consejos o cabezas de estos entes, ha ido colocando, vía su mayoría en San Lázaro o en el Senado, a incondicionales. Todo cuanto salga del control directo de la presidencia, como es el caso de los órganos autónomos, van a acabar borrados por su omnipresente poder. Ha impuesto, por otro lado, una Guardia Nacional, sujeta a su mando directo, integrada por militares y marinos, de los que se les llenaba la boca de insultar y descalificar en sus 18 años de proselitismo, sobre todo en el periodo del presidente Calderón.

Una forma exprés de ir cancelando cuanto se le oponga es reduciendo presupuesto a los multicitados organismos, y también lo está haciendo. Y todo en nombre del pueblo. Igual que las obras como el Tren Maya o la conversión de Santa Lucía en aeropuerto comercial, aunque para el primero se lleve de encuentro un ecosistema entero, y para el segundo no importe que no cumpla con especificaciones sustantivas de la aeronáutica, a más de la pérdida cuantiosa que significa para el bolsillo de los mexicanos el no a la construcción del Aeropuerto de Texcoco. Cuando esto escribo, estoy leyendo la carta renuncia de Carlos Urzúa, como titular de la Secretaría de Hacienda, los motivos son contundentes: «Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento. Estoy convencido de que toda política económica debe realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que ésta pueda tener y libre de todo extremismo, sea éste de derecha o izquierda. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco. Aunado a ello, me resultó inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública. Esto fue motivo por personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés».

Según la IP, el nuevo titular recién nombrado, Arturo Herrera, es alguien que tiene conocimientos y estudios, experiencia y trayectoria. «Se trata de una persona seria, con prestigio y que les inspira mucha confianza». Urzúa también, pero no se plegó a las órdenes de quien lo nombró. El dictador no admite opinión en contrario, su ego no lo permite. El dictador está convencido de que la razón la trae inmersa en su persona. Para estar en el gabinete del presidente López Obrador, y se ve en las conferencias mañaneras, se debe tener espíritu de «música y acompañamiento», bien claro que se es mirón de palo y llevar el «sí señor» a flor de boca. Los pensantes no caben. Otra característica del dictador populista es su desprecio por la ley, y se explica: la ley es él. Este patrón se repite en todos los dictadores que han tenido los diferentes pueblos de la tierra, sin importar tiempos, ni continentes, ni raza. Yo creía que con Porfirio Diaz y la «dictablanda» del PRI habíamos tenido suficiente, pero no es así.

Por otro lado, y esto me preocupa como mexicana, como ciudadana, el ambiente de divisionismo que se está generando en nuestro país. Pareciera que la conformación de dos Méxicos va siendo viable, y esto simple y llanamente es lo peor que puede sucedernos. Caer en el fanatismo es una tragedia, el costo es muy alto cuando las diferencias se exaltan. El predominio de la convicción emocional sobre la racional ofusca la conciencia. Las personas que creen estar en posesión de la verdad y que se permiten cargar su pensamiento con odio para compensar su falta de racionalidad se convierten en fanáticas. Las creencias fanáticas se alimentan en lo más primitivo del ser humano. El fanatismo suele proceder de una incapacidad para pensar y de un sentimiento de inferioridad, que los lleva muchas veces a revestirse de superioridad, apuntan los expertos en el tema. Se trata de personas cuyo pensamiento tiende a reducir información compleja a elementos simples, su adhesión a una idea es inquebrantable, y su visión de la realidad es unilateral. Tienden a hipervalorar lo propio y a despreciar lo ajeno. Hay personas inteligentes y racionales en diversos aspectos de su vida, pero cuando se trata de política o religión, caen en el fanatismo, es como si en ello encontraran una manera de calmar sus ansiedades personales. El fanático necesita siempre un enemigo externo para tener a quien cargarle todas sus frustraciones, desde ahí conforman su identidad y generan una cohesión grupal. Es simple en ese medio que germinen el odio, la violencia y la venganza. Para protegerse de los sentimientos de culpa, es que distorsionan la realidad, y como entonces todo lo que choque con «su mundo» se convierte en obstáculo que imposibilita alcanzar sus ideales, de modo que están en todo su «derecho» de atacar. Así legitiman su conducta destructiva. Estas personas, al aferrarse a una realidad alterna que no existe, se imposibilitan a sí mismas para participar en un proyecto de transformación de un país. Las personas más vulnerables al fanatismo y a la violencia son aquellas que proceden por lo general de un ambiente percibido como hostil, colmado de humillaciones y violencia, de distinto tipo esta última. Son hipersensibles emocionalmente, con muy poca disposición a la crítica, autoestima baja, con impulsividad o dependencia emocional a otras personas a quienes confieren un liderazgo incondicional.

México nos necesita a todos, al margen de nuestras ideas políticas, de nuestra condición socioeconómica, religión, etc., porque todos somos seres humanos y, como tales, tenemos los mismos derechos y obligaciones. México es un país con grandes diferencias en el modo de vida de sus habitantes, porque eso no lo podemos negar. El gobierno debiera centrarse en el combate a la pobreza y a la inseguridad de manera simultánea, porque la primera se abate cercenando a la segunda. E insisto, la marginación no se resuelve con asistencialismo. El Presidente López Obrador tiene que entender que México no va a transformarse por decreto, y que le haría mucho bien al país si hablara menos y aprendiera a escuchar a los demás, esforzándose por ser humilde y tolerante. La gloria y el poder son efímeros. Ojalá que un día fuera al cementerio de Montparnasse en París, le iba a decir mucho una tumba que ahí existe.

 
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