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  Edición 618
  Piedra de escándalo
 
Gerardo Hernández G.
   
  Por la Casa Blanca de siete millones de dólares empezó el declive del presidente Peña Nieto, en el segundo año de su gobierno, y por una residencia de 46 millones de pesos, en Campeche, se ha hecho añicos la escasa credibilidad del candidato a la jefatura del PRI, Alejandro Moreno. La mansión de Peña se adquirió a Grupo Higa, contratista federal, y la del gobernador campechano con licencia se construyó con sus ahorros, donaciones y un crédito hipotecario, según su vocero Paul Ospital.

En este caso es aplicable la pregunta de Elba Esther Gordillo al país, en la sucesión de 2006, sobre Roberto Madrazo. El personaje es otro, pero las aspiraciones presidenciales son las mismas. «¿Tú le crees a Moreno? Yo tampoco». Moreno empezó su campaña con el pie izquierdo desde la elección de su compañera de fórmula Carolina Viggiano, esposa del exgobernador Rubén Moreira, quien amenazó a Ivonne Ortega, la otra aspirante a la presidencia del CEN.

El éxito económico de Moreno confirma que la política, en México, es el medio más efectivo para enriquecerse; y también el más seguro, pues la sustracción de caudales públicos y otros delitos cometidos al amparo del poder raramente se castiga. Pero cuando un político cae en desgracia, pocas veces se levanta. Un ejemplo es Javier Duarte, exgobernador de Veracruz, uno de los rostros nuevos del PRI, de acuerdo con el código moral Peña Nieto. Según confesiones de Duarte, el expresidente le hizo llegar una cantidad de dinero, no especificada —«por un cargo de conciencia»—, para pagar «un soborno a sus propios funcionarios» (Reforma, 09-07-19).

La carrera política de Moreno fue meteórica, como la de Peña Nieto y otros de su generación, cuyo signo más visible es la corrupción. El candidato a la presidencia del PRI empezó como síndico del ayuntamiento de Campeche; ha sido diputado federal dos veces, senador y gobernador. La investigación de Reforma sobre la Casa Blanca del campechano confirma varias cosas: la proclividad de los mandatarios jóvenes por el dinero, sin importar su procedencia, pues lo mismo lo hurtan del erario que lo reciben de la delincuencia organizada; y la resistencia de los partidos, en este caso del PRI, para cambiar y combatir la corrupción.

A la fórmula Moreno-Viggiano Moreira la persiguen los escándalos. Primero fue la renuncia de José Narro Robles, para no participar como comparsa en una elección amañada; después, las insolencias de Rubén Moreira a Ivonne Ortega, a quien amagó —según declaró la exgobernadora de Yucatán a Pedro Ferriz— con «una consulta nacional para averiguar quién es el padre de su hijo» y «echarle a los coahuilenses encima» si visitaba el estado; la denuncia de Ortega contra Moreira por amenazas; y ahora la mansión en Campeche. Moreno no pudo haberla pagado con su sueldo de gobernador (un millón 184 mil pesos anuales).

Algunos gobernadores ingresan a la mafia del poder para inmunizarse. Igual que los Moreira, Moreno buscó el mecenazgo de Carlos Salinas de Gortari. Aquellos lo trajeron a Coahuila y fue padrino de bodas de Humberto. El aspirante a la presidencia del PRI lo invitó a inaugurar su casa de 46 millones de pesos. Pero quienes mejor lo conocen son los campechanos, igual que al clan los coahuilenses. Adalberto Muñoz, expresidente del Consejo Cívico, puso el dedo en la llaga: el dinero de Moreno proviene de los «moches» por las obras.

 
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