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  Edición 618
  Entre la protesta y el festejo
 
Juan Antonio García Villa
   
  En días consecutivos y notorio contraste, el último domingo de junio y el primer lunes de julio, días consecutivos que por serlo se prestan a la comparación, se llevaron a cabo sendos actos políticos, a los que quizá nos tenemos que ir acostumbrando. Los del domingo fueron simultáneamente en numerosas plazas de la República y el del lunes sólo en la capital del país. Los primeros fueron para protestar y el del lunes de festejo. Los de protesta en contra del gobierno de López Obrador. Y el de fiesta con motivo de haberse cumplido un año del triunfo, arrollador como se sabe, del actual presidente de la República.

El domingo 30 de junio, en tal vez una veintena de ciudades, se congregaron y marcharon en son de protesta quizá entre 50 y 60 mil ciudadanos. El lunes fueron llevados al Zócalo de la Ciudad de México alrededor de 120 mil personas. A bote pronto se encontrarán varias y notables diferencias. De entrada parece de mejor respuesta el acto único del lunes. Porque no es lo mismo venir el doble de personas en un solo acto que la mitad de ese número en una veintena de ciudades. Si bien se ven las cosas, no se trata de encontrar diferencias sutiles o triviales. Y menos aún bobas.

En términos generales se puede afirmar que el costo en metálico de llevar a cabo los veinte actos públicos en otras tantas poblaciones del país prácticamente fue de cero pesos. No así, ni remotamente, el del Zócalo. El humillante acarreo de personas, como en los momentos estelares del priismo, literalmente estuvo a todo lo que dio. Y eso, vaya qué cuesta.

Los organizadores de ese acto multitudinario en la Capital ofrecieron dar a conocer —y muy probablemente no lo harán— a cuánto ascendió el gasto realizado. Transporte, tortas, refrescos y hasta paga en efectivo de a tanto por persona, según alguien documentó, de seguro elevará la cifra a un monto muy respetable. Y la siguiente pregunta será: ¿de dónde salió ese dinero? Y a este punto vale más no llegar. Por eso es que lo más seguro es que el tema se olvide y todo quede para la anécdota y finalmente en nada.

A pie juntillas se puede afirmar que las cincuenta mil personas que el domingo fueron a marchar y protestar al mismo tiempo, todas acudieron por su libre voluntad y ni una sola recibió paga alguna. No se puede decir lo mismo, sino todo lo contrario, de las que un día después fueron llevadas al Zócalo capitalino.

En general, los actos multitudinarios de orden político son en México de dos tipos: los que dignifican y los que humillan. En su orden: de quienes van porque quieren y de los que son acarreados.

Poco mérito, se dirá, tiene sumar 50 mil personas de tantos puntos frente a más de 100 mil de uno solo. No, no fue así, porque los del Zócalo no únicamente asistieron de la Ciudad de México. Llegaron procedentes de Veracruz, de Puebla, de Tlaxcala, de Estado de México y hasta de Chiapas. Más mérito tiene pues el primer caso.

En fin, hay sin embargo un par de diferencias importantes. Los congregados en multipuntos fueron sin liderazgos, no así los del Zócalo. La diferencia no es menor. Como tampoco lo es que en un caso quien dirige sabe bien hacia dónde va y quiere ir, y lamentablemente no es así en el otro. Entre tanto la sociedad mexicana se polariza, tendencia que parece irreversible.

 
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