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  Edición 618
  La apuesta de un remake
 
Sergio Arévalo
   
  La fábrica de los sueños, Hollywood, parece ser que se ha quedado sin ideas. Uno quiere pensar positivo y que no es que no haya ideas, sino que están todas guardadas en un cajón mientras se invierte dinero en proyectos que algunos consideran seguros. Es cierto que los remakes, secuelas y adaptaciones son los reinas de los grandes estudios en la actualidad. Eso conlleva que historias con muchos fans lleguen, ligeramente modificadas, o no tan ligeramente, dependiendo del caso, a la gran pantalla.

Don Disney (Don porque tiene mucho dinero) acaba de hacer pública su última apuesta por la acción real: el remake de La Sirenita. Es una verdad absoluta que el marketing de la nostalgia se consolida con la conversión de clásicos de animación en películas protagonizadas por personas de carnita y huesito. Peeeeero lo que volvió loco a los fanáticos de la sirena pelirroja fue el anuncio de que la actriz que dará vida a Ariel sería Halle Bailey.

¿Qué tiene eso de malo? Nada, la actriz y vocalista del dúo musical Chloe x Halle, amadrinado dentro del sello discográfico de Beyoncé, estuvo nominada junto a su hermana Chloe al Grammy por artista revelación el año pasado. Pero su currículum y aptitudes han pasado a un último plano porque es negra y no pelirroja. Así de cruel.

No es la primera vez que nos ponemos intensos por el cambio racial en personajes. Por un lado pensemos, ¿en qué época se escribieron las primeras aventuras de la mayoría de los superhéroes? Superman, Batman, Spiderman, Ironman. Todos o todas (por inclusivos) son representaciones de sus circunstancias históricas. Parece ser que por eso, apenas hay personajes de color. No digo que esté bien, pero es parte de la historia, de la evolución como sociedad. Es una realidad que, en la mayoría de los casos, las «minorías» raciales cumplen el rol de «el amigo», o un villano. No hay protagonistas negros. Ni chinos o de India.

¿Ya hemos cambiado? Más o menos. La igualdad y la discriminación son y serán tema. En el 2018, por ejemplo, una serie de carteles publicitarios de películas sufrieron algunos cambios en Londres: ahora estaban protagonizados por actores negros en lugar de blancos. La idea fue de un grupo de jóvenes activistas llamado «Legally Black» para una campaña en contra del racismo. Lo que pretendía esta campaña es una mejor representación de los negros en el cine y el resto de medios audiovisuales. Fue aplaudida por algunos, bulleada por otros tantos haciendo comentarios como que si los protagonistas de Harry Potter hubieran sido afroamericanos no hubieran llegado a tener el éxito que tuvieron. ¿Cruel realidad?

Los creadores de historias, ya sea en series, telenovelas, comics, películas, suelen hacer que los espectadores puedan empatizar hasta un punto con el protagonista. Incluso que su imaginario colectivo sea semejante al entorno real al que estamos acostumbrados. Normalmente siempre hay algún personaje con el que sentirse identificado o querer ser como él o ella. Y la mayoría de las veces es el protagonista, porque, claro, todos queremos ser protagonistas en algún momento de la vida.

Recapitulando. Debido al momento en el que fueron diseñados, la mayoría de personajes protagonistas cumplen los cánones del modelo americano. Y los personajes de color quedaron relegados a un segundo término. ¿Qué ocurre entonces cuando quieren renovar los personajes a los tiempos que hoy vivimos? Drama, haters y memes, ¡muchos memes!

En la última década, la casa del ratón Mickey ha ido poco a poco cambiando la imagen de sus princesas eliminándoles el filtro «dama en apuros», aportándoles más acción y peso en la trama. Mérida, Moana o Elsa y el éxito de las películas que protagonizan reafirman que la estrategia funciona. No es casualidad que Frozen sea la película más vista de la historia de la animación, y que Disney trate de repetir esa fórmula.

Del lado de las súper heroínas podemos mencionar Capitana Marvel, Wonder Woman o, hablando de personas de color, Black Panther, buscan precisamente contar historias a través de voces que durante años han estado relegadas, calladas y hasta olvidadas. Y les funciona por dos razones: por un lado porque la audiencia está cansada de ver siempre la misma historia y, por el otro, porque al igual que hay un grupo que aplaude este tipo de decisiones hay otro que las rechaza.

Volviendo al caso de la nueva película de Disney. Realmente no tiene por qué variar nada en concreto. Que Ariel sea negra solo modifica en parte la puesta en escena y el diseño de los elementos promocionales donde no veremos a una mujer blanca y de pelo rojizo. Narrativamente tampoco deberíamos notar ninguna diferencia en el desarrollo de las tramas. Si los guionistas siguen la historia al pie de la letra, Ariel se quedará muda por amor tanto si es negra como si es blanca.

Claro, Disney se enfrentará al odio aparente de las personas que crecieron con la sirenita blanca, inocente y pelirroja y también la intolerancia de aquellos fanáticos de hueso colorado de los clásicos de Walt Disney que aborrecen cambios tan drásticos. Esperemos que este cambio sirva como ellos lo venden: una forma de concientizar y disminuir el odio racial. ¿No?

El hecho de cambiar la etnia de un personaje sigue siendo comprometedor. Y en mi opinión sólo resulta un problema cuando va en contra de lo que hace característico al personaje. Muchos fueron los que en el caso de La Sirena recordaron lo icónico de su melena roja, allí tenían un fuerte punto. Creo que, en esta ocasión, más que ser un motivo de unión de razas y no discriminación, muchos mostramos la intolerancia que llevamos dentro. No olvidemos que por más bonito o cursi que nos den los mensajes en los productos audiovisuales, los valores se aprenden en casa. ¿O no?

 
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