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  Edición 618
  ¡No al maltrato a los animales!
 
Gerardo Moscoso
   
  No me cabe la menor duda de que pertenecemos a un pueblo incontrolado y cruel, que se desquita de sus desgracias con quienes están más próximos a él y a su servicio. Un pueblo, por lo general, inculto, intolerante, que desprecia a los vegetales y animales improductivos, que es despectivo de lo bello y de cuanto pueda pulir su vida, ya de por sí vacía y falta de afecto.

Los niños aquí les parten a trozos las colas a las lagartijas y ardillas, le tiran piedras con la resortera a los chanates, tortolitas y cuanto animalito se cruza por su camino. Cazan mariposas para quitarles las alas, despanzurran libélulas y apachurran insectos. Traemos un largo entrenamiento en apedrear gatos y perros, en apalear burros, mulas y caballos. Podemos testificar cotidianamente esta crueldad.

La «fiesta brava», herencia de otro pueblo inhumano y atroz con los animales, el español, ha servido para exhibir parte de lo que comento. Al toro, el animal totémico, se le tortura en las corridas hasta el límite de sus fuerzas, desde el banderillero que le clava los aguijones de acero, pasando por el rejoneador que a base de puyazos castiga a la bestia hasta hacerla sangrar y ceder ante semejante persecución y suplicio; y para terminar con el espeluznante espectáculo salvaje, si el animal tiene suerte, el matador le atraviesa con una espada su maltratado cuerpo. Es la cultura de la violencia. Ni caso tiene comentar las peleas de gallos, de perros y de «humanos».

La violencia eleva el nivel de audiencia en los medios, da dinero. La ética en este sentido es relegada a letra impresa en algún libro de texto de los viejos planes educativos de mi adolescencia, cuando las disciplinas filosóficas solían ser parte de las herramientas que una escuela aportaba a sus alumnos.

Hace días, presencié cómo el chofer de un coche no hizo nada por esquivar o frenar su automóvil para evitar atropellar a un perrito que sabía que iba a cruzar la calle, al contrario, se fue contra él separándole la cabeza de un fregadazo dejándolo tirado con convulsiones y moribundo en una de las calles de la ciudad.

Coahuila nos ha puesto el ejemplo, ha sido pionera en abolir las corridas de toros, las peleas de gallos, de perros y en sancionar el maltrato animal. Para ello hay que denunciar y no ser cómplices con nuestro silencio.

 
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