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  Edición 617
  Obediencia y docilidad
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En mis ratos de insomnio, pienso y pienso en las tragedias por las que, de manera recurrente, tiene que transitar mi país. Las puedo contar por montones; hoy sólo hablaré de una.

Quizá la obligación primera de un gobierno legítimamente constituido debiera ser, a pesar de todas las consecuencias aparentemente negativas que pudieran desprenderse de ella, el hecho de mantener una actitud de rebeldía y de inconformismo frente a cualquier norma que no surja de su propia condición ética para conducirse frente a una comunidad que, públicamente, ya dio la cara por él. En todo caso, frente a esa postura de fortaleza, se alza la razón para aceptar la crisis que de esa actitud provenga.

Digo esto porque, apenas unos días atrás, nuestro gobierno, ahora nuevo gobierno, ha vuelto a las andadas al quedar seducido ante la presencia omnisciente del dios —así con minúscula, por supuesto— gringo que nos promete las falsas realidades de un capitalismo que para nosotros representa el peor de los escenarios sociales.

La primera misión, además de la obligación primera, ya mencionada líneas arriba, de la ética de un gobierno democrático, como se supone que es el nuestro, debería consistir en la condena y renuncia de esas prácticas absurdas y peligrosas.

Sólo en una actitud teológica cabe que un gobierno, hablando por todos sus ciudadanos, acepte su incapacidad básica para poner sus mejores aspiraciones de alcanzar el bien común, así como la necesidad de una obediencia sin condiciones para que la fe sea la impulsora y la antorcha que ilumine: Dios.

Pero no es el caso.

En el fondo de una postura como la asumida por el gobierno de la Cuarta Transformación frente a la imposición del poder gringo a través del presidente amarillo de la frontera norte, se dibuja una imagen de un gobierno —el del otro lado— henchido de Majestad. Y quizá sea entendible, pues aquel país ha inscrito su curso histórico con un discurso que lo instala como el ser absoluto y soberano de todas las cosas.

Pero su estatus de absolución de cualquier acción, digamos pecadora, de no sujeción a nada en medio de su apabullante y asombrosa libertad para pecar imponiendo su poder, no es razón suficiente para que Estados como el nuestro, encerrado en esquemas morales de profundos abismos, muestre en un solo gesto humillante e indecoroso, todo su envilecimiento para hacerse pequeño, comprensible, asimilable y hasta estúpido, al exponer públicamente sus pobres categorías de gestión, de negociación y de concertación para claudicar sin lucha porque no puede soportar la grandeza y el misterio de un país que se ostenta como el grandulón de la escuela que hace lo que se le antoja con los débiles.

Cuando un gobierno, como el de la Cuarta Transformación, que llegó —dicen algunos que consideran sólo el sufragio como sello distintivo de la democracia— legitimado por el voto, penetra en los misterios del poder y asume su condición de liderazgo frente a la ciudadanía que lo conformó, las posturas de sumisión y docilidad deben quedar suspendidas y hasta suprimidas del vocabulario político del momento para no dejarse seducir por la aparente racionalidad de unos argumentos que quiere imponer el más fuerte.

Eso debió haber hecho la comisión encargada de «negociar» las sanciones económicas a través de aranceles a los productos mexicanos, si éstos no detenían el flujo migratorio centroamericano. Su actitud, aun con consecuencias y todo, debió haber sido la de aceptar como único criterio el absurdo, la contradicción y la inseguridad que parecen llevarnos por caminos desconocidos hacia tierras misteriosas. Su deber primordial debió haber sido renunciar a la ética gringa y sostener sus principios de legalidad y democracia que tanto se presumen internamente.

Ingresar a los misterios de gobernar supone haber destrozado los esquemas de una lógica moral donde el bien y el mal quedan enmarcados en una regla exacta, perfectamente definida de antemano e ingresar a un nuevo escenario de realidades donde los criterios humanos de temor y propaganda política no tienen cabida a fin de abrir los umbrales que conducirán al comienzo de una aventura insospechada en el mundo de lo indecible y paradójico, como es el arte de gobernar, porque en esta categoría ética de gobierno, lo único vigente debe ser el absurdo.

El político —y va esto sin concepciones utópicas ni romanticismos anacrónicos— también debiera ser como un auténtico Quijote, que camina por la vida sin ningún otro apoyo que el de la plena confianza en un poder que le ha otorgado el ciudadano en las urnas, para hacerse presente con su actuación y dejar sentir sus acciones como una llamada singular e irrepetible.

Defender o no las actuaciones públicas de un gobierno, debe tener como base imprescindible y exclusiva la práctica política que atienda los valores universales de justicia y dignidad para sus ciudadanos. El mundo de valores que el ciudadano recibe de esta práctica, será la base constructiva que dará por resultado la formación de una sociedad más justa e igualitaria.

Cuando los valores éticos de un gobierno son vividos hasta el fondo de sus consecuencias, la llamada un bien concreto puede abrirse hacia una dimensión trascendente, hacia el bien definitivo y último del hombre.

Sí, la comisión negociadora fue humillada, ofendida y golpeada; por supuesto el país fue humillado, ofendido y golpeado por la grandeza gringa que desplegó todo su poder, mostrando a la vez su pequeñez moral.

Lo cierto es que el gobierno gringo nos dejó en la ruina. El presidente amarillo se salió con la suya: el muro ya está construido y, en efecto, fue pagado por los mexicanos. Me refiero al muro fronterizo que la guardia nacional ha levantado para impedir la migración centroamericana; de paso derrumbó uno de los grandes valores que México había sostenido en el escenario internacional: dejó de ser tierra de libertad para otros.

No necesitamos gobiernos que se asusten. Podemos sucumbir ante el poder irrefrenable del otro, pero no claudicar. El gobierno de México, en voz de su presidente, claudicó. El gringo amarillo exigió obediencia y docilidad: se le concedió. El «dios de las conferencias mañaneras» dejó ver su verdadera estatura. Ni modo.

 
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