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  Edición 617
  Maciel, Naasón… el diablo sigue de fiesta
 
Edgar London
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  No importa si son católicos o cristianos. No importa si son sacerdotes o pastores. Ni siquiera importa la ideología o doctrina que representan, más allá de su evidente dogma sagrado. Lo único realmente importante es que cada vez que un alto representante de la Iglesia comete una atrocidad contra un ser humano, ésta afecta sensiblemente no sólo a la víctima directa sino a cientos de miles, sino a millones de personas que siguen —la mayoría de las veces sin otro fundamento que la fe más ciega— a su líder y, de pronto, se descubren a sí mismos perdidos, cuando no traicionados y sin la guía que siempre añoran los más necesitados.

Ese será el mayor pecado cometido por Naasón Joaquín García, si se logra demostrar su culpabilidad en los juzgados del condado de Los Ángeles. Él personifica para muchos no sólo al director de una orden religiosa o al líder espiritual de la organización Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad «La Luz del Mundo». Más que eso, lo consideran el apóstol de Jesucristo. Una distinción que pesa demasiado y que caerá, a pedazos, sobre la conciencia de cientos de miles de seguidores el día que la justicia lo haga pagar por su lista de presuntos crímenes.

Lista que, a propósito, es bastante extensa y no menos seria. Joaquín García debe responder por 26 cargos; entre ellos, los delitos de pornografía infantil, trata de personas, violación forzada de un menor, asalto sexual agravado, abuso sexual y extorsión, cometidos todos estos en el condado de Los Ángeles en el cortísimo periodo de 2015 a 2018.

La agravante, en esta situación, es que no podemos limitar el problema a las malas acciones de una única oveja negra, ni aunque esa oveja sea, a su vez, la pastora del rebaño. No. Junto al polémico apóstol, quien ya cumplió los 50 años de edad y apenas lleva cuatro a la cabeza de La Luz del Mundo, se encuentran detenidas dos de sus más consagradas servidoras, Alondra Ocampo (de 36 años) y Susana Medina Oaxaca (de 24 años), que en espeluznante triunvirato con Azalea Rangel Meléndez, actualmente buscada por las autoridades, convencieron a varios menores para que accedieran a los caprichos sexuales de su líder espiritual.

El escándalo ya está servido, y si bien muchos acólitos de Joaquín García confían en su inocencia y rezan a Dios por que sea absuelto de toda imputación penal, el resto de la comunidad evangélica ya marca una raya que los separe de la manzana podrida. Así lo dejó en claro Carlos Gordillo, presidente del Parlamento Nacional Evangélico Latinoamericano, cuando expresó que «si un líder no da fruto de una vida decente y correcta quiere decir que su fe es vana. Nosotros no tenemos nada que ver con aquellos que son mentirosos, hipócritas y que en vez de representar a Cristo y sus valores se representan a sí mismos y al diablo». En pocas palabras, Joaquín García no tiene, ni tendrá, el apoyo del resto de las congregaciones evangélicas. El problema es suyo.

Pero, ¿realmente es sólo suyo? Por la flexibilidad en la estructuración de las iglesias cristianas, las mismas no están obligadas a rendirse constantemente. A pesar de que existen mecanismos como la Conferencia General donde, cada cuatro años, se definen condiciones, poderes y otros atributos de los miembros de la Iglesia. Sin embargo, ¿cuán probable es que secretos de tanta envergadura permanezcan en el más absoluto anonimato?

El caso recuerda a Marcial Maciel y su Legión de Cristo en el seno de la Iglesia católica. Por 63 años el Vaticano supo de las barbaries cometidas por el fundador de los legionarios y siempre volteó hacia otro lado. A pesar de su doble vida, haber violado a menores, mujeres y seminaristas, contar con media docena de hijos y vivir entre lujos, muy lejos de la vida de corrección que pregonaba, hubo que esperar hasta 2006 para que el papa Benedicto XVI lo separara definitivamente de la Iglesia mediante un convite a «la penitencia y la oración». Castigo nunca hubo. Maciel todavía habitó este mundo otros dos años y, al decirle adiós, jamás pidió perdón por el daño que hizo. Dato curioso, así como Naasón, Maciel también fue presentado como apóstol (de la juventud) y esa presentación la hizo, nada más y nada menos que el papa Juan Pablo II.

Como era de esperar, el líder de La Luz del Mundo se declaró inocente de los cargos el 21 de junio, y habrá que esperar hasta el 15 de julio por la próxima audiencia. Su fianza sigue en los 50 millones de dólares; cifra exorbitante, pero que puede cubrir la Iglesia en caso de emergencia. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), La Luz del Mundo contaba en 2010 con 188 mil 326 miembros en México, muy lejos de los millones que asegura tener, pero esa cifra pudo haber crecido ostensiblemente hasta la fecha y, de cualquier manera, sigue siendo la segunda iglesia más seguida en el país —al margen de su presencia en otras naciones— sólo superada por la católica.

El problema de fondo está en el golpe mortal a la fe, en especial de quienes pasan por el quiebre emocional de conflictos familiares, sentimentales, económicos o sociales, y al tender la mano por ayuda, de pronto, se las cercenan.

Desde Marcial Maciel hasta Naasón Joaquín el mensaje es claro y contundente: no se puede confiar en líderes eclesiásticos, o políticos, o dirigentes empresariales, ni incluso en los miembros de nuestra familia sin riesgo de aprender, a las malas, que el religioso viola, el político asesina, el empresario roba, y papá o mamá son capaces de maltratar a sus hijos. No se puede confiar en nadie, justo hoy, cuando más lo necesitamos. Que algunos buenos quedan por ahí… claro que sí, ¿pero dónde?

La Iglesia no es Dios. Mucho menos se trata de una entidad abstracta a salvo de las miserias humanas tras las piedras con que se erigen sus majestuosas edificaciones. La Iglesia —católica, cristiana… la que sea— se conforma de piel, hueso, sangre, virtudes y pecados. La Iglesia es la gente que asiste a misa. Pero, sobre todo, su imagen va de la mano de la imagen de sus dirigentes. Si el pastor viola, si el sacerdote veja, si el obispo miente, si el papa encubre, entonces la Iglesia peca porque no se vale aplicar a la Iglesia las virtudes de los hombres y, luego, absolverla de los horrores cometidos por esos mismos hombres. Usemos adecuadamente las palabras de Jesús: «Den al César lo que es del César…», y no sólo al César o a Dios, la Iglesia también merece lo suyo, aunque no sea bueno.

 
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