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  Edición 617
  Alianza infecta
 
Gerardo Hernández G.
   
  El PRI ha sido siempre apéndice del presidente, pero jamás se había sometido a uno ajeno a sus siglas como ahora lo hace con López Obrador la escuálida panda encabezada por Alfredo del Mazo, gobernador del Estado de México y primo de Peña Nieto, y algunos ex de la talla moral de Rubén Moreira. Carlos Alberto Madrazo y Luis Donaldo Colosio, exlíderes del partido tricolor que intentaron rebelarse contra los mandatarios de turno (Gustavo Díaz Ordaz y Carlos Salinas de Gortari) murieron en circunstancias sospechosas: el primero en un avionazo y el segundo asesinado en Lomas Taurinas al inicio de su campaña por la presidencia.

No extraña el rendimiento de la mafia priista a quien más la ha vilipendiado y acusado de corrupta; lo explica el ADN. La supervivencia de su partido no les importa, sino salvar el pellejo y obtener mayores presupuestos para llenar sus alforjas y las de sus secuaces por los servicios prestados a la patria. Alejandro Moreno y quienes arman el tinglado para cambiar de títere en la presidencia de un partido liquidado en las urnas en 2018 y rematado en las elecciones de junio pasado, buscan impunidad, y AMLO, gustoso, se la concederá a cambio de cuanta humillación le apetezca al mesías. Si perdonó al idiota y frívolo de Peña Nieto, ¿por qué no a sus peones?

Pero si el PRI supone que puede sacar provecho de esa alianza infecta, se equivoca. Basta ver cómo el PAN y su excandidato presidencial, Ricardo Anaya, pagaron su relación indecorosa con Los Pinos, iniciada por Salinas y Fernández de Cevallos. La ciudadanía castigó a Acción Nacional por haberse prestado a los juegos del poder, y a Anaya se le fabricó un delito cuando empezaba a crecer en la carrera presidencial. El PRI-AN devino en PRI-Mor por un pacto —cada vez más evidente— entre Peña Nieto y López Obrador.

La renuncia de José Narro Robles al PRI acaso sea plausible, por la calidad del personaje (moralmente en las antípodas de los Moreira, los Peña y los Duarte), su valor, y las causas esgrimidas para dar por terminada una militancia de 46 años. Sin embargo, como gesto de dignidad, es demasiado tardío, pues la nomenklatura que le dio con la puerta en la cara es a la que sirvió en los últimos sexenios; y el PRI, el mismo antidemocrático, marrullero y falsario de siempre. El partido que, en complicidad con el gobierno y autoridades electorales, le robó la presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 e impidió la alternancia en Coahuila en 2017.

Cinco años mayor que López Obrador, Narro representaba la alternativa del PRI para plantarle cara a un presidente omnímodo, sin preparación ni contrapesos. Era el rostro respetable, sosegado y sin ambiciones futuristas de un partido sinónimo de corrupción, insolencia e impunidad; el único capaz de rescatar lo poco salvable de una institución envilecida y repudiada por casi la totalidad de los mexicanos e incluso por muchos de sus militantes. El servilismo de Alejandro Moreno —clon de Peña Nieto— prefigura la función del tricolor en la Cuarta Transformación

La circunstancia brinda a quienes denuncian la farsa para imponer a Moreno la oportunidad de organizar una fuerza opositora como en su tiempo lo hicieron Cárdenas, Muñoz Ledo y el propio López Obrador. Si ese movimiento marcó el fin de la dictadura perfecta, los afines a Narro pueden sepultar al dinosaurio. Si se acobardan, entonces que no lloren como mujer lo que no sepan defender como hombres. Ese reproche a Boabdil, el Desgraciado, último sultán nazarí de Granada, se lo habría hecho su madre Aixa, después de entregar las llaves de la Alhambra.

 
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