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  Edición 617
  ¿Te perdono?
 
Marcos Durán
   
  Hace apenas 40 años en Gran Bretaña, amar a la persona equivocada era considerado un crimen que podía castigarse con prisión. La homosexualidad era ilegal y, durante décadas, cientos de miles de hombres fueron detenidos en bares, cafeterías y baños públicos, y algunas veces hasta en la intimidad de sus hogares. Su «delito» fue buscar la intimidad con otros hombres, amar a personas de su mismo sexo.

Eso provocó que miles de ellos fueran condenados a prisión, otros más debieron, por ley, recibir la ayuda de un psiquiatra que les curara esa «enfermedad» y, además, se ganaron el derecho a ser incluidos en una lista negra de homosexuales y gente «indeseable».

En ella estuvieron Oscar Wilde, el dramaturgo irlandés que fue declarado culpable y condenado a dos años de trabajos forzados en 1895, después de haber sido acusado de sodomía. Por supuesto está el dramático caso de Alan Turing, el genio matemático que fue figura central en el desarrollo de las computadoras y que hizo una importante contribución a su país en la Segunda Guerra Mundial, al hackear a «Enigma», la máquina de codificación de la Alemania nazi y de la que hace apenas unos días fue su aniversario 107. Pues bien, ese mismo genio inglés fue condenado por cargos de homosexualidad en 1952.

Pero después de que Inglaterra sufrió una atmósfera represiva que arruinó vidas y destruyó reputaciones e incluso acabó en la muerte de muchos de los acusados, hace casi 40 años se despenalizó la homosexualidad y, al igual que en muchos países, ha experimentado un giro en sus actitudes hacia la homosexualidad; incluso el matrimonio entre personas del mismo sexo ya es legal desde el 2014.

Pero a pesar de que la sociedad inglesa es considerada «de avanzada», la homofobia sigue siendo vista como natural en ese país y eso ha dado forma a su cultura actual. Por eso, pretendiendo ir más lejos, hace algunos años su gobierno anunció que ¡perdonaría! a miles de hombres homosexuales que fueron condenados en el pasado, en esencia, por sus preferencias sexuales.

La Ley Turing fue la iniciativa que «perdonó» a 65 mil gays convictos por el delito de «indecencia». De todos ellos, se sabe que alrededor de 15 mil aún viven y 50 mil ya fallecieron. Estas personas pueden solicitar al Ministerio del Interior, la destrucción o abolición de sus respectivos antecedentes penales o fichas criminales.

Lo que no ha aclarado el gobierno de ese país es si compensará económicamente a los afectados y llegará a lo que las asociaciones LGBT de Inglaterra dicen —con justa razón— que el gobierno está perdonando y no ofreciendo una disculpa.

Al respecto, George Montague, activista gay de 96 años de edad, padre de tres hijos, abuelo y encarcelado en 1974 por lo que la ley entonces calificaba como «actos indecentes con un hombre», declaró: «Aceptar un perdón significa aceptar que fuiste culpable. No quiero perdón, lo que quiero es una disculpa institucional, porque no soy culpable de nada».

En lo personal, creo que se trata de una rectificación importante de un pasado vergonzoso lo que ofrece la Ley Turing apelando a no detenerse en el pasado. No importa lo doloroso, es un indulto perdonar a quien no tiene que ser perdonado.

Pero siglos de persecución no pueden ser de pronto olvidados. A esa opresión y ese rechazo fueron sometidos en el pasado las más grandes mentes creadoras de la historia: Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, Molière, André Gide, Federico García Lorca, Virginia Woolf, Gabriela Mistral, Arthur C. Clarke, Truman Capote y Jacinto Benavente, y a ellos súmele a cientos de miles de personas «sin rostro», sufriendo una homofobia institucional a la que ahora pretenden dar «vuelta a la página» y decir: Te perdono.

Así que, perdones póstumos, aun con las mejores intenciones, no lograrán borrar el sufrimiento y el escarnio al que miles de homosexuales fueron sometidos en el pasado. Eso fue lo que le sucedió en 1952 a Alan Turing cuando fue declarado culpable de indecencia grave.

¿Qué le pueden ofrecer ahora a Turing, después de todo lo que le hicieron? Quizá le podrían decir: ¿Recuerdas que fuiste acusado de robo, encarcelado y luego castrado químicamente? Bueno, pues qué crees, te perdonamos. Ahh, lo olvidaba, estás muerto, porque te suicidaste por vergüenza.

 
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