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  Edición 616
  El arte: la otra perspectiva
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Hoy, en el mundo contemporáneo, la gran discusión del arte gira en torno a una nueva percepción del concepto y no de la obra de arte en sí; el debate se extiende hasta considerar como parte esencial la socialización del espacio y, sin concluir la polémica, la discusión se refiere al hecho de que todos somos artistas.

No es esto una fantasía, si quiere el lector, revise las propuestas de Joseph Beuys, KrzysztofWodicdzko, OlafurEliasson, James Turrell, entre otros. Todos ellos han llevado hasta sus últimas consecuencias las nuevas concepciones del arte. Hoy se privilegia más el concepto, la socialización del espacio y el imaginario colectivo, que la obra en sí misma.

Todo esto viene a discusión porque, desde hace unos días se ha desatado una pequeña polémica en torno a la obra de la artista Mercedes Aquí, misma que presentó una muestra de una vertiente del performance, interviniendo una serie de petroglifos ubicados en la zona arqueológica de Narihua, en el municipio de General Cepeda, y considerados por el INAH como patrimonio de la cultura de los coahuilenses.

La polémica, a todas luces desproporcionada, irracional y hasta irrelevante, resulta, sin embargo, interesante por lo que se esconde tras esa andanada de opiniones, no siempre fundadas en la mejor línea de argumentación que le permitan sostenerse sin perder la verticalidad ante el primer murmullo de viento.

Lo primero que deja ver este escarceo beligerante, es al ciudadano incompleto, el fragmentado, al que le hicieron pedacitos su conciencia, ese ciudadano que anda por ahí, dispuesto a comercializar su voto a cambio de la humillante membrecía en una tarjeta de vulgar supermercado, de una despensa miserable, de un bulto de cemento inservible, de un tinaco de tercera, de unas cuantas varillas oxidadas, de unos bloques de baja calidad, de unos tacos de barbacoa el día de las elecciones en turno, voto que legitimará el ascenso al poder de un miserable politiquillo con aspiración de sanguinario gánster.

En esta patria mía, donde la cultura de la sensiblería cultivada y reforzada desde la televisión, y ahora también desde las redes sociales, únicos medios por los que opta el mexicano para enterarse de lo que pasa en el país, es cosa corriente que nos desbordemos en llanto inconsolable ante los dramas de escenografía que nos presenta la pantalla chica, que caigamos en delirio extremo ante las banalidades estúpidas del Facebook, o, como ahora, que las pasiones nos desbordan y nos sale lo culto, lo responsable, lo interesados que estamos por las cosas de nuestro patrimonio y otras lindezas.

Hacemos todo eso con enjundioso entusiasmo, quizá porque no nos compromete en nada, pero podemos permanecer indiferentes ante acontecimientos tan contundentes y traumáticos como la matanza de Acteal que nuestra memoria ya borró, las muertas de Juárez que al cabo eran mujeres, los infantes calcinados en la guardería ABC, los migrantes muertos en masa o confinados en campos de concentración, los secuestros, las ejecuciones, la marginación de los indígenas, el olvido de los ixtleros del norte de México, la matanza de Allende, las fosas clandestinas, la complicidad de las autoridades que desataron la violencia, la descarada asociación del crimen organizado con los representantes de la ley, los 43 de Ayotzinapa, o los chicos sin futuro que hoy empiezan a despertar a la vida en un país que no ofrece, precisamente, futuro para la realización de la existencia, o la humillación que el trompas amarillo del otro lado le impuso a México con sus mugrosos aranceles —la humillación está en que este país no pudo decir ni pío— y que, de pasadita, le dio una trapeada a la cuarta transformación que no resistió el zarandeo, y más de cerca con lo que estamos abordando, el olvido, el descuido y la indolencia con que las instituciones —en este caso el INAH— tratan ese patrimonio que ahora quieren defender a capa y espada.

La verdad es que, a partir de cosas como las que menciono, obtenemos la imagen precisa de lo que es este país: desarticulado en cada una de las estructuras que lo sostienen y que a diario representa una obra ajena a sí mismo, en donde cada personaje intercambia rostros, nombres y actitudes, dejándolos sin la esencialidad de la identidad, donde los escenarios tienen como base constructiva el azar, sin la más mínima relación con la obra representada arrojando como resultado una decoración que crea la sensación de estar en otro escenario, ajeno y extraño a lo que este país es en su más dolorosa intimidad.

Millones de mexicanos aislados, acribillados por la propaganda, acotados por la carencia de información, embrutecidos por el adoctrinamiento de los partidos políticos que los ha hecho serviles de la manera más indigna, han llegado a divinizar esta forma de vida y ya no saben que en verdad hay otra, igual de dura pero donde el desafío constituye la piedra angular de la esperanza.

No, no entiendo por qué los mexicanos más preparados, hablo de médicos, abogados, catedráticos, ingenieros, artistas, periodistas, es decir, los que debían ser la cabeza pensante del país, han aceptado ser vejados y humillados por el ejército de zánganos que gobiernan a México con la tranquilidad de quien sabe que su coto de poder no se encuentra amenazado por ningún destello que pudiera poner lumbre en el horizonte.

Normal tendría que ser la respuesta a la reflexión anterior, porque aquí están, en el seno de mi país, los vencidos políticos, los vencidos ciudadanos, los vencidos todos, sometidos por el filo de la espada de la retórica más estrafalaria y vulgar que poder alguno haya utilizado jamás en la historia de este país, ni de ningún otro.

En otra ocasión podremos discutir acerca de los méritos artísticos de Mercedes Aquí. Lo que, en todo caso, resulta cierto es que, una vez más, queda demostrado que el arte nos ofrece las mejores posibilidades para desentrañar el mundo que nos rodea o, si se quiere, mínimamente ofrecernos una perspectiva distinta del mismo objeto.

 
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